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La foto de las Azores (foto fluzo) Los hombres del Estado, siempre prestos a legitimar el recurso al máximo desorden que supone la beligerancia, son inmunes a la barbarie e insensatez de toda guerra que no sea de resistencia o legítima defensa. Ya lo confesaba en sus memorias el príncipe de Metternich, aquel eximio garante del orden internacional: "He vertido sangre. Tuve que hacerlo", porque "la sangre entra en las prescripciones de la medicina política". Bajo esta conciencia incivilizada del Poder, se decide remitir hombres para la muerte con la irresponsabilidad con la que se despachan expedientes administrativos.   El ex presidente Aznar, atento a la oportunidad que se abría con la guerra de Irak de "establecer una alianza muy estrecha y sólida con amigos poderosos", pudo ver respaldada por la primera potencia militar su ridícula pretensión de actuar en el mundo como los grandes. Sin derecho internacional público que sea coactivo, este auxiliar castellano de la policía global estadounidense, se arroga un deber de liberación universal: "Actuábamos en beneficio de mucha gente". Para entrar en esa guerra innecesaria tuvieron que salir de la razón, o adoptar el Destino Manifiesto, un instrumento de dominación universal revestido de trascendentalismo, que concibió el brutal Andrew Jackson para liberar a Norteamérica de los "íncubos españoles" que violaban el descanso sabático.   Los motivos de guerra que esgrimieron aquellos providenciales estadistas de las Azores no se redujeron a los que señala la ancestral filosofía china: el deseo de adquirir, la perversión, el amor, la gloria y la desesperanza. El dilema no era guerra o paz, sino guerra inminente, de efectos controlados, o guerra futura, de carácter no convencional. La destrucción de Irak obedece a la tesis clásica de la guerra preventiva.   El Sr. Aznar intenta conciliar guerra y moral, como Tomás de Aquino: "La decisión correcta fue invadir Irak; ahora "hay libertad en el país". Sin embargo para Vitoria, la extensión del imperio no es causa de guerra justa. En uno de los países europeos con menor índice de belicismo, con una sociedad civil incapaz de encajar los horrores de la guerra, pero con un poder incontrolable y poseído por un extraño "espíritu misionero" el líder de la derecha estatal emprendió la conquista de "El Dorado" iraquí.

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