Conciencia acrítica

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Diario Español de la República Constitucional

Chej (foto: Óscar) Conciencia acrítica Al decir conciencia crítica saltamos por encima de la razón, que es el estadio superior de esa conciencia de la misma forma que ésta es el momento superior de la evolución psicológica. La elipsis lingüística que supone unir las dos palabras, expresa en realidad una crítica de la conciencia misma.   La conciencia admira espontáneamente el mundo que ve reflejado en ella (Santayana) y cuando encuentra el camino, que llamamos ciencia, entre sus anhelos convulsos y la realidad, rápida e ingenuamente aspira a efectuar cambios en las figuras que descubre en el espejo. Requiere del continuo estímulo que suponen las sensaciones provenientes de la Naturaleza para hacerse útil, para que el juego de la razón tome su mejor aspecto, el de la adaptación. Si la conciencia no discurre con los acontecimientos del mundo, si se ve obligada a identificarse con una falacia, pierde su propia estructura, la raigambre natural de su ser. Cuando la percepción es sustituida por prejuicios ilusorios o de conveniencia, como ocurre con el fanatismo y la opresión, la conciencia se empeña en acallar la razón, tan molesta en su desasosegado deambular, y se convierte en acrítica por mandato. Entonces está obligada a volver a la situación animal en la que tan cómoda se encuentra, sin ir jamás más allá de la contemplación. En esa situación, la inteligencia sólo puede servir para medrar en el universo simulado.   La represión del Estado de Partidos afecta no sólo a la capacidad de crítica, sino a la propia conciencia. Anula de igual manera su ser tontamente convencido de que consigue un conocimiento divino del mundo, que sus arrebatos animales, los torbellinos pasionales que la dominan, tanto o más humanos que la propia capacidad analítica. Sin pasado contrastable y sin presente palpable, la conciencia se agota y la razón se desbarata. Todos los esclavos están locos. Locos en sí mismos, locos en la irrealidad o locos en sus obras. La conciencia natural es ansiosamente inquieta, una mirada que no se agota. Pero puede ser cegada. Y, parafraseando el proverbio árabe, nadie podrá entender explicación alguna donde no hay siquiera mirada.  

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