El consenso como la izquierda absoluta

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Diario Español de la República Constitucional

La reforma del partido popular para participar en la apokatástasis del consenso ha concluido tal como se esperaba. El Sr. Gallardón, que algo debe saber de lo que pasa, ha dicho que este partido no es de derechas y los Sres. Blanco y Llamazares se congratulan del cambio de dirección habido en sus filas. Como dato significativo, la nueva secretaria general, la Sra. Cospedal ha afirmado que se acabará el trasvase Tajo-Segura, que tanto beneficia a Murcia sin perjudicar a nadie pero no le gusta al consenso; María San Gil, enemiga del nacionalismo, simplemente ha desaparecido de la escena; Esperaza Aguirre murmura pero otorga. Etc. En adelante, la oposición del partido popular será “constructiva”, tan colaboracionista como se lo permita su papel de mantener la apariencia de que existe una oposición dentro del consenso. Quien quiera entender que entienda.   El régimen ha culminado uno de sus propósitos: sólo la agitación imprescindible dentro del consenso, porque la gente puede caer en la cuenta. Pues, el caer en la cuenta, decía Ortega, es el principio del pensamiento. Y, por cierto,  como esto es muy peligroso, al mismo tiempo se ha dado un aviso general a través del Sr. Gallardón castigando al más belicoso de los periodistas. El consenso es lo sagrado y los políticos sus dioses: cualquier crítica a su divinidad ha de ser “constructiva”. Todos sumisos, aunque la verdad es que escasean los periodistas librepensadores. Tener atados y bien atados –uncidos- a todos los ciudadanos-contribuyentes-administrados- votantes al carro de la izquierda. De la izquierda como hubiera podido ser la derecha, pues la clase política española, obediente y beneficiaria del consenso, carece de convicciones. Lo de la izquierda es porque Europa podría alarmarse ante lo escandaloso de la situación; pero en la Europa socialdemócrata proclamarse de izquierdas es una especie de salvoconducto.   El partido popular, con todos sus gravísimos errores, simbolizaba vagamente una especie de resistencia a los designios objetivos de la Instauración, cuyo ariete es desde el principio el partido socialista: la parcelación de la nación en reinos de taifas más o menos nacionalistas y rivales entre los cuáles mediaría la Monarquía según la acreditada fórmula “hablando se entiende la gente”; así, todos la necesitarían.   La falsedad constituyente y constitutiva del régimen es evidente. La “transición” no ha sido para beneficiar a la Nación sino a la nueva oligarquía formada a su socaire. La alternativa es meridianamente clara: o los “afrancesados” o la Nación; o sea, la oligarquía del consenso o la Nación ¿Servirá la anécdota para que se entere de una vez la “derecha” votante y purgante de que no tiene partido que la represente? ¿Servirá para que la izquierda, no menos votante y purgante, se entere de que es cómplice de un juego entre oligarquías que la desprecian? Quosque tandem, Catilina -es decir Consensus-, abutere patientia nostra?

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