Claro

Oscuro

El lenguaje esotérico es un residuo de aquellos grupos profesionales cuyo prestigio social se cimentó en la posesión de cierto secreto técnico. La jerga forense y médica, la jerigonza de los economistas, las abstrusas explicaciones de los críticos de arte contemporáneo, serían ridículas o no tendrían sentido fuera de esos oficios. Sin embargo, la clase política extiende su idiotismo a toda la sociedad.   El dialecto partidocrático ha resultado devastador para la precisión comunicativa y la belleza expresiva del idioma, desplazándolas del mercado gramatical, como en el financiero la mala a la buena moneda. Esta degradación de la lengua es un fenómeno histórico cuya naturaleza obedece a la confusión y desmoralización establecidas desde la transición.   Dentro de la atrocidad cultural del régimen, el elevado índice de analfabetismo gramatical que se da en el partido socialista ha de tener una causa propia. Que se hable mal en las pequeñas poblaciones de idéntica extracción social o vecinal es un fenómeno natural, que en la heterogénea composición de un partido político no debería producirse. Sin embargo, la condición estatal de un PSOE hegemónico, con una ideología que se desliza por la demagogia al no encontrar cauces democráticos, necesita palabras ininteligibles para esconder la verdad.   Bibiana Aído (foto: sagabardon) Tras dar la bienvenida a los “miembros y miembras” de la Comisión de Igualdad del Congreso, la ministra de Igualdad ha mantenido el mismo nivel cultural en el Senado, donde ha dicho que las mujeres están “inferiorizadas”. Ante la oposición que su capacidad de innovación verbal ha provocado, doña Bibiana Aído sospecha que “puede haber una cuestión de machismo de fondo”, ya que “palabras como guay y fistro no tuvieron tanta dificultad para ser incorporadas al diccionario”. Si la ministra admira la elocuencia de Felipe González y cree que es un sabio entre los sabios, no es de extrañar que tenga a Chiquito de la Calzada por un reputado académico de la lengua.   Si el pedante era el maestro que enseñaba a los niños la gramática yendo a las casas, los jóvenes y “jóvenas” (inolvidable aportación de Carmen Romero al feminismo lingüístico) como Bibiana, han asimilado, sin salir de sus hogares, a través de las pantallas televisivas, las lecciones de idiotismo del lenguaje felipista.

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