Claro

Oscuro

Montaña enterrada en hielo y nieve (foto: Giant Ginkgo) Moby Dick Llaman con su mente a la ballena. Después buscan un lomo fantasmagórico en la superficie de lo público y viven intentando hacer presa en él. Quienes, navegando, no han aprendido que la realidad debe ser un deseo de belleza sin fin además de todo lo que ella misma impone, la convierten en sino y terminan unidos al cetáceo que creían ver. Mueren entre cabos, sangre y arpones; ahogados en las profundidades de su propia obsesión. La belleza en las relaciones humanas no surge de lo espontáneo de su génesis o la naturalidad en su mantenimiento. Nace de la aceptación de su esencia comunal, del reconocimiento del lugar que ocupa la mirada del otro, de su moralización. La obsesión en el carácter que no es patológica –si de alguna manera puede no serlo-, contiene el veneno de la mentira porque acredita la desaparición de la otrosidad. Al amanecer del día siguiente nunca existe aquello que desquició el ánimo, pero sí la chaladura de cumplir con el ego embocado en sí mismo, que no puede, por muy vestido de destino que esté, disimular su salvaje condición de apetito preponderado. La monarquía española es un animal blanco que estuvo en todos lo mares y tenemos la obligación alcanzar, el inmenso privilegio de servir sin elección.  .hmmessage P { margin:0px; padding:0px } body.hmmessage { FONT-SIZE: 10pt; FONT-FAMILY:Tahoma } Durante su monstruoso devenir se erige en objeto único del pensamiento, lo cual nos convierte en mercancía de una nave sin gobierno; y esto, en Política, significa ser reos del peor de los gobiernos posibles.. La dulce ingenuidad que muestran los obsesos enamorados no esconde que el sentimiento que exalta su ingenio y ahonda su sensibilidad, sirve al viejo instinto del sexo; pero la ausencia de malicia y la entrega absoluta, así como su absoluta exigencia del otro, alejan de todo egotismo al amante. Cuando el egoísmo convierte al hombre en apolítico, ocurre lo más parecido a un final, aunque la locura de la servidumbre no termine con la muerte de quien incitó a padecerla, sino de quienes de hecho la padecen.

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