La buena y la mala vida

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Diario Español de la República Constitucional

Aristóteles (foto: montse) El espíritu agonal griego suponía un esfuerzo incesante para ser siempre el mejor. El fulgurante enriquecimiento sin causa productiva de estos últimos años no ha tenido lugar en una competición que premia la constancia y pericia de los corredores financieros. Apostados tras la línea de meta, los “triunfadores” del mercado cautivo, ya han recibido sus fabulosos dividendos. Si dejamos a un lado la tierra que promete la mistificada libertad de comercio y no miramos a través de una cortina de fanatismo ideológico, apreciaremos que las grandes fortunas, que subieron como la espuma especulativa, y que ahora se evaporan con el viento de la recesión, se formaron en un ambiente contaminado de privilegios y falta de controles institucionales. En la maraña de ilusiones de revalorización infinita han quedado atrapados millones de pequeños inversores. Las necesidades de la vida continúan ejerciendo su coacción sobre los hombres, y los que tienen un dominio económico no regulado políticamente, pueden maniatar a los consumidores de productos y servicios básicos. En la polis los esclavos aliviaban a los hombres libres de ser apremiados por la necesidad. Entonces, cada individuo, además de su vida privada, poseía una especie de segunda vida, donde desarrollaba su personalidad: la vida política a la que Aristóteles llamó “vida buena”. Ahora, sin esclavitud pero con servidumbre voluntaria, los que están amarrados a la hipoteca como galeotes, después de contribuir a la “buena vida” de la oligarquía financiera y de la corrupta partidocracia, tienen que seguir remando hasta hundirse en medio de la crisis, sin ningún salvavidas o plan de rescate a la vista. El Estagirita define la polis como “una comunidad de iguales en busca de una vida que es potencialmente la mejor”. En España, sin potestad de la sociedad civil española para definir y controlar la política, ésta ha devenido puro mantenimiento del statu quo transitivo. Cuando la decencia e inteligencia caractericen los asuntos públicos, es decir con una vida colectiva asociada a la libertad política, ahuyentaremos la maldita resignación y estaremos en disposición de impedir la mala vida que nos dan al unísono oligarcas y plutócratas.

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