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Jacques Derrida (foto: erasmus) El nihilismo europeo Sonará acaso algo agorero, pero yo diría que lo que Nietzsche entendió como nihilismo europeo está tocando a su fin. Abunda aún la incomprensión de esta idea brillante, cuyo dominio no es el político, aunque lo toque, sino el psicológico. Nietzsche se limitó a constatar un hecho que otros antes habían percibido, y que tan sólo década y media tras su muerte comenzó a desplegarse en todo su potencial, hasta los acontecimientos paradigmáticos, marcados ya por siempre en la faz de la Tierra, de Hiroshima/Nagasaki, Auschwitz y el Gulag. El nihilismo europeo ha seguido calando hondo, aún después de tocar los epicentros de los huracanes colectivos susodichos, en la cultura y filosofía de las cinco últimas décadas denominada postmoderna. Pero como moda que es, a pesar de sus atractivos iniciales, pasará pronto a la historia de las reacciones, no del todo injustificadas en cuanto que todo tiene su razón de ser. La expresión más notable de este último nihilismo, la obra superinfluyente del autor argelino-francés Jacques Derrida, no es en sus rasgos esenciales, desconocida de la filosofía clásica. Ésta está acostumbrada, aunque se nos olvide con facilidad precisamente por la lógica deglución histórica de estos movimientos apopléjicos del pensamiento, a lidiar con propuestas que niegan casi por sistema todo lo que firma su oponente, y que para defenderse de la contracrítica afirman no poseer ellos presuposición o prejuicio ninguno. Así, sin nada que defender, pero siendo todo ataque de través, nunca de frente, la postmodernidad se ha agotado a sí misma. Una crítica a la realidad que, de referirse a ella sin oblicuidades y sin absurdas pretensiones de originalidad, puede todavía ser sumamente valiosa. Algunos hemos crecido en esta atmósfera de continua sospecha sobre todo lo derecho, que gusta de cuestionar, como en un juego de chiquillos, lo fundamental, desbaratándolo… aunque nunca a sí misma. Sus pestíferos vapores no se esfumarán hasta pasado un tiempo prudencial de intencionada renovación de la salud. Pero nosotros dejamos que los muertos entierren a sus muertos. Y, entretanto, vamos atando fuerte cielo y tierra con lo inmejorable como horizonte último, inalcanzable quizá, pero qué importa.

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