Duerme, rayo de guerra

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Diario Español de la República Constitucional

"Judith decapitando a Holofernes", Artemisa Gentileschi (*) Artemisa Gentileschi nació durante las primeras horas del barroco, cuando las mujeres no podían aprender técnica pictórica en las escuelas. Por eso su padre contrató los servicios de Agustín Tassi, quien se encargaría de adiestrar a la joven en el noble arte. Pasado algún tiempo, el maestro violó a su alumna.   El juicio fue un suplicio interminable para la muchacha. Meses y meses de humillaciones públicas que se saldaron con un castigo leve para quien fuera el admirado profesor: “…Y le arañé la cara y le tiré de los pelos y antes de que pusiera dentro de mi el miembro, se lo agarré y le arranqué un trozo de carne”. Ella, después de esto, aun siendo una artista menor, pintó la muerte de Holofernes más brutal que se conozca y recreó su propio rostro en el de Judith. Cabe pensar que la sangre que salpica la escena fue la de Tassi en la imaginación de la pintora; la mujer ultrajada quiso que durante un instante sin fin el general asirio transmitiera todo su terror incrédulo, el pánico de su fortaleza impotente, a quien le hizo tanto daño.   Pero no fue la venganza artística lo que redimió aquella bellaquería, sino la belleza. Sucedió años después, cuando Alejandro Scarlatti compuso un oratorio referido a los mismos sucesos bíblicos, de una hermosura tan descomunal que el alma de la Gentileschi quedó inmediatamente inmersa en la más plácida de las serenidades. Envuelta en la grandeza del arte. La pieza celestial quedó consagrada con el nombre de Dormi, o fulmine di guerra (*).   La feminidad de Artemisa fue suficiente pretexto para su escarnio. Ahora la condición de español, merced a un retorcido ingenio del Ministro de Justicia, será suficiente para que cualquiera termine incluido en una nueva categoría de la infamia: El maldito presunto inocente, la catalogación de un ciudadano libre de sospecha. Este Holofernes moderno, como hoy y aquí descubre con el rigor habitual de su inteligencia Pedro M. González, ha puesto sitio a la condición de ciudadano. Pero podemos estar tranquilos. No hará falta dormir su progresista virilidad en vino, ni será necesario abrir el gaznate de este generalito de la partidocracia para que su ser vuelva a la sociedad civil, de donde nunca debió salir. Tampoco será en esta ocasión el arte aquello que consiga que la opresión sobre el espíritu de los hombres mancillados cese. Nuestra Giuditta será la libertad.

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