Parlamentos, ¿para qué?

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Congreso de los Diputados (foto: Jaime de Urgell) Para los comentaristas que se hallan atrapados en las servidumbres de la lucha partidista, el reciente gesto del Partido Socialista, su proclamada intención de apoyar, antes de que se suscite cualquier debate, los presupuestos de aquellas comunidades autónomas gobernadas por el Partido Popular y aliados, es una demostración de patriotismo y “ética de la responsabilidad” ante los negros nubarrones que se ciernen sobre el horizonte. Para aquellos que pretenden sustraerse a tal clase de servidumbres, pero se niegan a ahondar en la naturaleza íntima de un sistema que ha vuelto ocioso el debate en las instituciones e inviable el control del poder, se trata simplemente de más oportunismo, tan frecuente en la lucha partidista. A este tipo de análisis responde el editorial de ABC del 20 de octubre, con un alarde de voluntarismo muy notable: "En la medida en que los populares no interioricen el complejo de culpa que el Gobierno quiere inocularles y respondan como exige una democracia parlamentaria -con control político, oposición constructiva y exigencia de responsabilidades-, la táctica socialista estará abocada al fracaso.".   No es verdad. Ni la "oposición constructiva", suponiendo que sepamos lo que es tal cosa, forma parte de los presupuestos teóricos del parlamentarismo ni el control del Gobierno se ha demostrado viable en la práctica de los regímenes parlamentarios. Cuando el Poder Ejecutivo emana del Poder Legislativo, el segundo queda irremisiblemente sometido al primero y la separación de poderes se ve conculcada: sólo una institución representativa de los electores podría frenar esta sumisión. Cuando a todo ello se añade un sistema electoral proporcional de listas, en el cual los candidatos deben su puesto a su partido y no a un electorado al que no representan, la consustancial disciplina de voto de sus señorías termina por cerrar el círculo del descontrol del poder. La práctica institucional que este sistema impone permite a un partido prometer apoyos parlamentarios previamente a cualquier debate que se suscite, sin que ello cause mayor conmoción: confesión involuntaria de la propia nulidad del parlamento como foro de control. Tal es el modus operandi de una “democracia parlamentaria” que ABC sienta como dato incontestable. Ni es democracia ni es parlamentaria.

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