Claro

Oscuro

A un sujeto colectivo, como el “pueblo”, no se le pueden atribuir facultades humanas, como la memoria, sin caer en la retórica poética y literaria o, en el peor de los casos, sin incurrir en el más estrepitoso sinsentido. El concepto de “memoria histórica” es, por ello, de problemática definición, y su aplicación no puede dejar de verse afectada por ello. La memoria humana es, por definición, selectiva y olvidadiza; el grado de implicación del sujeto en una situación es, con frecuencia, inversamente proporcional al grado de percepción de la misma: los toros se observan bien desde la barrera, el torero se encuentra tan embargado por la situación, la mediación de la subjetividad es tan determinante, que difícilmente el recuerdo de lo acontecido puede dejar de verse distorsionado por ello.   Por el contrario, la honestidad intelectual del estudioso, del historiador, le obliga a adoptar con respecto al objeto de estudio la fría y desapasionada mirada del científico: es éste el que debe acudir al encuentro de la cosa, no esta la que acudirá a él; menos aun puede hallarse dentro de él antes siquiera de empezar. En caso contrario no hay investigación histórica propiamente dicha, sino memorias, autobiografía, hagiografía o novela histórica. Dicho sea sin menoscabo de la dignidad de tales disciplinas. La confusión que inevitablemente surge de la unión, en un mismo semantema, de las nociones de “memoria” e “historia” viene dada, precisamente, por la heterogeneidad descrita. Por eso el concepto de “memoria histórica” se arrima inevitablemente al de “historia oficial”, o a los mitos fundadores de pueblos, patrias y naciones, que solo la escritura hace fehacientes.   A esta confusión se añade un segundo problema: la tentación de redimir a las víctimas del avance prepotente y destructor de la razón histórica. Así es como precisamente en nombre de la “memoria histórica” se tiende a plantear la historia que debería haber sido y no la que ha sido, soslayando la evidencia de que lo que ha pasado no puede dejar de haber pasado. De este tenor es la reciente propuesta del poeta Benjamín Prado de traer a España los restos de Machado y Azaña: al parecer la España “democrática” puede hoy corregir a la España que ha sido, el pasado “injusto” debe hoy ser enmendado, aunque se haga saltando sobre la evidencia de que el daño supremo, la muerte, no admite enmienda posible: más aun, el genuino respeto a los muertos pasa por subrayar la evidencia de que su dolor no admite reparación, conmutación ni sentido alguno.   Un profesor tan honesto como Reyes Mate incurre, literalmente, en la estrepitosa contradicción aquí descrita: “Hacer justicia a las víctimas es reparar lo irreparable en ellas”. (EL PAÍS, “Un difícil encaje”, 2 de abril de 2006). ¿No debería haberle llevado esta contradicción a constatar lo imposible de toda reparación? No, cuando las exigencias de la “memoria histórica” pretenden prevalecer sobre la historia en si.

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