Triunfo de la vulgaridad

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Sumergido en una ola de parabienes, al rey del kitsch cinematográfico le molesta la insolencia que despliega Carlos Boyero en las páginas del periódico que más ha ensalzado el arte postizo de un Almodóvar, que ha llamado al director de “El País” para reclamar la cabeza del crítico. Aunque en general la ramplonería y la cursilería están asociadas a ese término que se gesta en Alemania, el artífice de “Mujeres al borde de un ataque de nervios” ejemplifica lo que entendemos por “kitsch”: manifestación pseudoartística, artificiosa, melodramática, carente de toda autenticidad.   (fuente: MyCine) Hermann Broch analizó con gran tino un fenómeno que no es minoritario, sino cuya aparición histórica va unida a un declive espiritual que se enseñorea de la vida: hábitos sociales, música (estridente), preferencias gastronómicas, prendas de moda (el mal vestir como emblema de originalidad), relaciones familiares y de trabajo.   En este ambiente donde el infantilismo (si en el pasado el niño era vestido como un adulto, hoy sucede justo lo contrario) la afectación, el mimetismo y el mal gusto dictan las normas estéticas y emocionales, se produce un desleimiento de todo poso cultural, una merma de conocimientos generales acerca de lo que es el mundo y lo que es uno mismo, por lo que resulta cada vez más difícil considerar con una mínima coherencia crítica la realidad circundante.   Los que manejan los hilos de la publicidad y de los medios de desinformación y deformación cultural son los agentes de la pandemia que convierte lo verdadero en falso, la belleza en fealdad y la búsqueda de la felicidad en aturdimiento consumista y automatismo vital. Marginando la calidad y el buen gusto, a esta industria de la impostura le interesa que la demanda sea amplia y homogénea: prevalece lo más extendido, es decir, lo más vulgar.   En el ámbito de la política, no sólo el grotesco Berlusconi personifica el “kitsch”. Con la verbena de tres al cuarto que montan los tramoyistas electorales, un torrente de histrionismo, garrulería, chabacanería e idiotismo inunda los espacios públicos. Es una indignidad comprar una entrada (o votar) para asistir al espectáculo de esta sociedad política de embaucadores.

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