Vapores apolíticos

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El gato Chesire de Tim Burton (foto: onlypencil) Vapores apolíticos Se cuenta que en un paseo con un amigo, discutiendo la teoría idealista de Berkeley sobre la percepción, ante la pregunta de cómo la refutaría, Samuel Johnson exclamó: “¡La refuto así! («I refute it thus!»)”, y dio con su cabeza contra una farola. (La misma anécdota se ha contado aludiendo a un simple puntapié a una piedra). La idea de que sólo la realidad de la mente tenía sentido quería ser contrastada por Johnson mediante la obviedad de que la mente (subjetividad) podrá pensar como quiera, pero los hechos objetivos son los hechos.   Lejos de la sobriedad e inteligencia del idealismo del obispo inglés, que sigue siendo una referencia indispensable en teoría del conocimiento, tenemos la desgracia de ser gobernados por un presidente que vive de puras excreciones mentales sin el mínimo fundamento real y objetivo. Sus valoraciones, por ejemplo, de la crisis económica, que alcanzan un grado de oportunismo casi sin igual, por no hablar de las medidas tomadas al respecto, lo prueban con suficiente claridad. No obstante, caeríamos en un error, típico de la prensa más allegada al sector liberal del PP, si creyésemos que este característico y desfasado “pensamiento Alicia” (como lo ha llamado Gustavo Bueno) del presidente es una cuestión de ineptitud meramente personal o ideológica. La mentira y la falsificación de los hechos es consanguínea a la partidocracia; los derroteros de esta ilusión esencial estarán marcados por condiciones más o menos tangenciales y causales, pero la distorsión como forma de vida es consustancial al régimen de partidos que padecemos.   Seamos realistas y afrontemos las cosas de cara: ningún cambio de partido logrará que habite en el Estado el espíritu de la honestidad y una mínima apreciación de los datos objetivos. Mentirán unos y otros no porque sean malos sino porque se les deja: porque no existe una instancia de control en pie de igualdad de poder que permita una crítica efectiva. La partidocracia será un régimen que sólo tapándose la nariz los historiadores del futuro querrán estudiar. La ilusión de este régimen, ya no mentalista sino fantástica, apolítica, carente de sustancia y desintegradora de todo lo público no da para más. Pasemos la página.

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