Razón del poder

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Rajoy y la cadena perpetua, Rodríguez y los etarras detenidos, la ciudadanía teñida con las alertas meteorológicas de infinitos colores y Aguirre en Telemadrid una vez, ciento, un millón. Los medios de comunicación emiten su letanía. ¿Es esta la gloria del Poder? Si Agamben está en lo cierto, sí. La gloria es alabanza y la alabanza es, a efectos políticos, aclamación. El gobierno se nutre de la aclamación como Dios lo hace de la oración; pero la oración es resignación institucionalizada, ¿debe serlo también la aclamación moderna? Aunque funcionó en poblaciones pequeñas, en la sociedad de masas la aclamación coherente es materialmente imposible, así que sigue alimentando al gobierno transformada en opinión pública (Carl Schmidt) que los medios de comunicación, con gusto, encarnan. Los telediarios crean el Gobierno en la sociedad del espectáculo. Desgraciadamente el pensador italiano deja en una imprecisa dialéctica anárquica (brillantísimamente inspirada en el dogma de la Santísima Trinidad) el funcionamiento intrínseco de “la máquina del gobierno”: poder Legislativo (Ser divino, Dios Padre, ordinatio) y Ejecutivo (Economía divina, El Cristo, executio).   Pero ¿qué dialéctica circular puede existir si la potencia (el poder) reside en la naturaleza, de cuyo seno surge viva con el movimiento y, ya entre los humanos, aquella encaminada a la organización -una vez “estatalizada” para hacerse coherente- se racionaliza a través del arte de la Política para que todo continúe de la mejor forma posible? Aunque el poder siempre fuera tan inestable, dialéctico y espectacular como un juego de malabares, ¿no seguiría dependiendo del movimiento propio del malabarista? ¿Existiría el Estado sin la sociedad humana?; entonces, ¿en virtud de qué podría existir el Poder sin la sociedad civil? El Poder es tan potencial como cualquier categoría abstracta que podamos tomar, pero presenta una diferencia respecto del resto de abstracciones: la potencialidad del poder expresa su esencia, el poder es poder hacer, la potencia de la acción. El poder es “accionidad”. Y el Estado no es potencia de sí mismo, sino cauce instrumental de la acción social, a la cual articula políticamente; en él todas las pasiones que intervienen a la hora de la organización se agolpan y confunden en una sola entidad como las reses ante un paso estrecho. Hablando en términos históricos, sociológicos y, si se desea, antropológicos, pero no biológicos, el Estado apareció en el cuerpo social como la mente lo hizo en el cuerpo individual, inexorable pero laxo, tan necesitado de forma como la mente lo está de educación.   ¿Y qué es el Gobierno sin Estado? Resulta insoportable para la voluntad natural la idea teológica de un poder autogenético, autonómico y autosuficiente. La fuerza política del Gobierno proviene del Estado.  Su lugar,  el del gobierno, está entre el Estado y la sociedad civil, en sentido descendente -acción proveniente del Estado. Pero en sentido ascendente -acción de la sociedad civil- no existe imperativo instrumental que obligue a mantener este intermediario. A la hora de modelar el Estado el Gobierno no le es necesario, sino molesto, a la sociedad civil. En todo caso, domada la insurrección, será el turno del poder legislativo, de la representación, de la voz transmitida. Y es aquí donde los medios de comunicación deberían ser herramientas para facilitar la racionalización del Estado y no, como ahora ocurre, pantallas en las que el gobierno fabrica su propia acclamatio. A partir de entonces el Estado debería glorificar a la sociedad civil, como cualquier obra del arte humano habla no sólo de su autor sino del país, la época y la naturaleza misma que la vieron nacer.   Mientras el Estado fue ocupado por Dios o los Reyes divinos (para “reinar sin gobernar”) sólo hubo etérea voluntad interpretable por mundanales privilegiados y la acción de los hombres nada pudo allí. Pero el Renacimiento y la Revolución Francesa cambiaron la situación: desde entonces la sociedad civil es dueña de constituir el Estado, para reconocer en él el ideal de su voluntad. ¿Qué sino la libertad política puede alentar esa tarea? ¿No es la acción libre aquello que permite cualquier arte en la vida social? El arte de modelar el Estado y determinar la forma de gobierno es la Política: ya nada impide que cada generación sea responsable del cuidado de su propia libertad.

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