Depravación editorial

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El señor Ramírez comenzaba su penúltima pastoral -pues mayoral de opiniones es- con un símil cinematográfico comparativo de la situación gubernamental española y el cúmulo de circunstancias meteorológicas y éticas que conducen a naufragar en mitad de una descomunal tormenta a la embarcación de un patrón obstinado. Y ahí deja la cosa, en aventura necia. Pero cabe observar que si el símil fuera acertado y continuara adelante, la solución que el gran similador propone sería la siguiente: los marineros deberían ser convocados a un plebiscito. En esta consulta habría de decidirse si el gobierno de la nave permanecería en manos del patrón inepto o si el suplente tomaría el mando . Todo a condición de que el armador siguiera nombrando a los dos únicos candidatos a capitán y de que el rumbo de la nave no variara. Así pues, plural y elocuentísimamente, el director de El Mundo nos insta a seguir navegando hacia la borrasca y, con cinismo teológico, llama a este bogar a ciegas de sus compatriotas, “mal menor”.   Don Pedro J. sólo es una de las muchas voces que de nuevo claman por la regeneración de la vida pública merced a un cambio en el ejecutivo. Pero después de treinta años de razón de Estado y mentira de gobierno, ¿quién puede seguir prefiriendo un mal menor teniendo ante sí la posibilidad de un bien mayor? Sólo aquellos que desean que las elecciones anticipadas signifiquen, una vez más, lecciones postergadas. Las elecciones pseudo-políticas, pues la política se haya reducida al capricho de unos pocos individuos, ocultan tras el cambio de gestores la inercia autoperpetuadora de intereses concretos y suponen una nueva renuncia a profundizar en la materia social de la que estamos hechos.   Acción francesa, la agrupación de intelectuales defensora de la colaboración con el invasor nazi, clamaba por una inteligencia que no excediera las barreras del orden. Pero, como decía Benda, el orden -ese concepto tan manoseado, y por tantos- no tiene estatua porque quizá no sea tan deseable recordarlo. Es muy difícil que un estadio político utópico -ese “orden” no es otra cosa- que sólo puede ser un efecto efímero (musical) de la inteligencia institucional -no su meta-, y que está históricamente asociado a la represión cruenta de la población, sea sinceramente admirado por sí mismo. En España, tantos años de orden metafísico y sufrimiento material han hecho innecesario más jarabe de palo. Además, el moderno catecismo ideológico -que si se lee de izquierda a derecha convierte al liberalismo y si se lee de derecha a izquierda convierte al progresismo- no lo recomienda para tiempos de mansedumbre. La represión de moda es de otra índole. Ahora el orden no es público, sino editorial. Se puede decir y hacer lo que se quiera mientras no se rebasen las fronteras intelectuales  del  régimen.   Y  los  medios  de comunicación, prácticamente todos, ejercen de canes Cerbero. La corrupción no terminó con el gobierno de González, así que mejor el mal menor del belicoso Aznar; la impunidad no cesó con la guerra mentirosa de don José María y sus desastrosas consecuencias, así que intentemos con Zapatero; la ineptitud no se agotará con los proyectos naif del actual presidente, así que ¿por qué no probar con Rajoy?   Quienes en forma de posición social han obtenido el privilegio del poder durante este régimen de ejecutivo oscilante pretenden que todo siga igual. Han decidido que la libertad política de nuestro país puede esperar y reducen conscientemente la opinión pública a un grotesco balanceo mental. Algo verdaderamente depravado y, sin embargo, comprensible. Lo que de verdad sorprende es la actitud de los otros, los súbditos del poder y de la información, aquellos que nada tienen que decir y nada pueden hacer sino degenerar poco a poco en su impotencia política. ¿Qué privilegio les es tan necesario proteger como para tener que llegar a este grado de servidumbre descabalada? ¿Acaso agradecen la muerte de su propia ciudadanía?, ¿velan por el olvido de sí mismos?   Ante el sonoro desprecio de quienes pretenden que nunca contemos para la vida pública y de quienes lo aceptan, nuestro consuelo de tontos es saber que si lo naturalmente repugnante termina por ignorarse, jamás habrá una estatua para los prohombres de este apestoso pantano editorial ni para sus idiotizados clientes.

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