Mangahumos

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Desaparezco entre mi humo (foto: Hamed Masoumi) Mangahumos   Consciente de que atravieso camino ya muchas veces hollado, me ha parecido que el famoso pasaje de La Ciencia Jovial de Nietzsche en que un loco grita que Dios ha muerto es todavía aplicable, aunque necesitado de actualización, a la situación española presente. Es llamativo que en tal pasaje lo novedoso no es la misma muerte de Dios, algo que los transeúntes hacia los que se dirige el loco dan por hecho, bromeando sobre ello como si fuese un suceso sin la menor importancia, sino la conciencia de que “hemos sido nosotros los que le hemos matado”. Sin necesidad de entrar en cábalas heideggerianas, lo que aquí se dibuja es el papel activo de tal muerte. No se trata de algo caído del cielo. España no se cae en pedazos por razones metafísicas del tipo que sea, sino porque carece de verdadera ciudadanía.   Pero si España está muerta o moribunda –no ya en el sentido nostálgico, típico de la generación del noventa y ocho–, ¿habrá ganado, al fin y al cabo, alguien con ello? No desde luego la clase pudiente, que ve la situación con gran preocupación. Pero tampoco los menos o poco pudientes (como ha demostrado por ejemplo el extraordinario opúsculo de Sanchidrián Pequeño ensayo sobre   el    empobrecimiento   de   las   clases   asalariadas españolas bajo el posfranquismo juancarlista), cuyo nivel y calidad de vida ha disminuido drásticamente en aspectos esenciales. ¿Quién ha ganado, pues?   Muy sencillo: los mangahumos, por utilizar la lúcida y exactísima expresión de un cabrero con quien conversaba ayer por la noche. La definición de “mangahumos” es casi tan buena como el propio término: «uno que no sirve ni pa’ estar escondío». O sea, los caraduras, los chorizos, los banqueros, los horteras, los trepas y los pelotas, la clase política de la partidocracia… y sobre todo los que callan o ignoran por interés. Esos son los que han matado –matan a diario– a España. Mangahumos, birladores de lo insustancial y por eso mismo, por el espacio que ocupan, viles desplazadores de lo que importa.   No hace falta ser ningún lince ni tener conocimientos extraordinarios para acertar a verlo. Cualquiera con ojos lo sabe. “Nos han estafado”, decía el cabrero con retrospectiva. Y con toda razón, porque en España no han ganado más que los mangahumos. Una expresión que, por cierto, confluye sin querer con aquellos “hombres grises”, comerciantes de tiempo y usurpadores de vida, en el relato Momo.

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