Licencias de un escritor (El Independiente, febrero de 1990)

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El novelista Rafael Sánchez Ferlosio publica (“El País”, 18 de febrero) un artículo*, titulado “Rayado como una cebra”, con el doble propósito de definir conceptualmente el escándalo de la corrupción y de poner su concepto psicológico de este importante fenómeno social al servicio político del Gobierno. Toma por pretexto de sus legítimos propósitos una crítica literaria a dos frases entresacadas de mi artículo “De la inmoralidad política a la corrupción económica” (“El Independiente”, 10 de febrero).   Antes de contestar al fondo de su escrito, que comienza con la corrección de una inocua errata, es imprescindible afeitarlo con la navaja de Ockam para eliminar los materiales impuros que lo enmarañan con licencias y manipulaciones de mis palabras.   Maestros de la ficción, monopolizadores de la licencia literaria, peritos navegantes en los complejos y contradictorios meandros psicológicos de su mundo interior, los artistas no tienen en su expresión creadora las cortapisas ordinarias que la lógica y la realidad exterior imponen al juicio del sentido común.   Entablar un debate racional con un escritor de ficciones es siempre una empresa arriesgada. Pero puede acometerse cuando el artista se deja guiar, en la polémica, por un propósito ajeno a la intención estética. La unidad de criterio exigida por tal propósito inutiliza, en ese caso, los recursos extraordinarios a que tiene derecho como artista. La necesidad de coherencia, entre el medio literario empleado y el propósito político perseguido, pone de relieve la anarquía de sus intuiciones y el carácter contradictorio de sus sentimientos. La razón toma la revancha sobre el talento literario cada vez que éste, abandonando su auténtica vocación, se pone al servicio del poder constituido o pretende constituirse en paradigma ético.   Las dos frases que el señor Sánchez Ferlosio entresaca de mi artículo dicen: “La sensibilidad moral de la sociedad española, demasiado tiempo anestesiada por varias circunstancias nacionales e internacionales, está cambiando en la medida (en) que dichas circunstancias comienzan a desaparecer o modificarse. El escándalo público ante las mentiras del poder es síntoma indefectible de libertad y de sanidad moral”. Y estas son las principales licencias y ficciones que el novelista se permite introducir en este breve y claro texto.   Primera. Fingir que donde digo “sensibilidad moral” he querido decir sensibilidad política, a pesar de que esa expresión la utilizo tras describir el fenómeno al que la aplico: “la extrañeza (vicepresidencial) de que el cinismo y la mentira puedan ser motivos de dimisión ha provocado una reacción de sinceridad, fuera y dentro del Parlamento”.   Es evidente que esta reacción de sinceridad denota sensibilidad moral, pero no necesariamente conciencia política. Toda mi argumentación posterior, basada en la diferencia entre moralidad natural y moralidad política, pretende facilitar, en la opinión pública, el paso de de su innegable sensibilidad moral a su dudosa sensibilidad política. Trato de impedir que la conciencia moral se quede satisfecha, interpretando el escándalo como un caso de abuso particular del poder, y pueda convertirse en conciencia política, viéndolo como uso general del poder por un grupo reducido de personas que llegó a él con inmoralidad política y que lo conserva convirtiendo esta inmoralidad en factor de gobierno.   El novelista comete esta primera licencia para oponer a mi pensamiento (supuesto) su concepción de la moralidad como sustitutivo (Ersatz) de la política. También yo estaba hablando de la moral natural como sustitutiva de la conciencia política. Pero con una diferencia esencial. Mientras el señor Sánchez Ferlosio considera a este tipo de sensibilidad moral como obstáculo para el nacimiento del interés por los negocios públicos, porque “funciona justamente como un opio que les permite conformarse, sin saberlo, con su privacidad”, yo la estimo como etapa imprescindible, cuando los conflictos de clase están mitigados, en el proceso de formación de la conciencia política. El carácter público y político del sobresalto de la opinión impide, por definición, que se produzcan los fenómenos de autocomplacencia y conformismo, propios de la psicología individual y de la moralidad privada.   Segunda. Fingir que mi reflexión, exclusiva y expresamente basada en los materiales proporcionados por el debate parlamentario y las encuestas posteriores, tiene por objeto de referencia las noticias o rumores previos al debate. Esta ficción le permite “sospechar” que he “convalidado sin más como criterio de medida del aumento de sensibilidad moral de la población la dimensión que a tal asunto han dado los periódicos”, tachados por él de amarillismo, pese a que tiene bajo sus ojos la prueba textual de lo contrario.   Tercera. Fingir que no he tenido demasiado cuidado en usar la voz “escándalo” al decir “el escándalo público ante las mentiras del poder”. A esta expresión él contrapone y prefiere “la clarividencia frente a la mentira congénita (sic) del poder como presunto (sic) gestor de los intereses colectivos”. No se trata de una cuestión de gusto literario. Esta licencia le permite sostener que no es admisible el concepto de escándalo para definir el sobresalto de la opinión pública ante las mentiras del poder.   Cuarta. Fingir que donde digo “mentiras del poder” debería haber dicho “mentiras de los poderosos”, y que “no vacilo” en llamar sensibilidad moral “a la receptividad del público para los chismes y trapisondas más o menos (sic) particulares de los dirigentes, por no hablar de los personajones y personajonas de la jet”. Con esta manipulación licenciosa utiliza el capricho literario y la hermenéutica de lo absurdo para evitar que la expresión “sanidad moral” pueda ser referida al poder político, al que maquiavélicamente aísla de toda connotación moral, reservándola, como expresión maloliente, a las vidas privadas de los potentados. En su lugar propone la expresión “vitalidad política”. Si eligiera su fragante lenguaje me vería en el apuro terminológico de no poder condenar los cuarenta años de dictadura a causa de su excesiva vitalidad política. La Historia ya sabe a dónde conduce el vitalismo político.   Quinta. Fingir que donde he dicho “escándalo” he querido decir “propensión al escándalo”, y que cuando hablo de sensibilidad moral debo referirme a “la que se manifiesta en forma de receptividad para el escándalo”. Estas gratuitas interpretaciones le dan pretexto a presentar su tesis central sobre el carácter farisaico del escándalo, y su conclusión de que en lugar de ser síntoma de libertad lo es de falta de ella, como si fueran argumentaciones contra el carácter sociológico del escándalo público que mi artículo, a diferencia del suyo, nunca desconoce.   Con la finalidad de que el ciudadano adquiera conciencia administrativa, etapa burocrática o degradada de la conciencia política, el señor Sánchez Ferlosio saca cinco trapos rojos, llamativos del público hacia terrenos tecnocráticos, y un capote amarillo para hacer el quite y cambiar de suerte al propio escándalo: “no es más que un puesto de pipas” comparado con el “gigantesco despilfarro publicitario con una estética monumentalista de signo fascistoide” realizado por “la prensa, los políticos y el público”.   He aquí la propensión y la receptividad para el escándalo que se desprende del único pasaje de mi artículo referente al hecho económico que lo motiva: “Es psicológicamente congruente que, sin estar personalmente interesado en incrementar su fortuna, el vicepresidente no sienta repugnancia, por corrupción colectiva, de que otro miembro de su entorno, su familia o su propio partido se valgan de su influencia para obtener un lucro ilícito”. Pero si existiera conciencia política, añado en la segunda parte de mi artículo, tampoco esto “debería ser motivo de extrañeza ni de desilusión”, es decir, de escándalo, porque sería visto como algo previsto, como desarrollo normal de un proceso conocido, de “una implacable historia de subordinación de los intereses generales a la supremacía personal de su jefe y al disfrute prebendario de sus fieles asistentes”. Y porque además “las hazañas carismáticas no pueden lograrse sin flagrantes violaciones de la moralidad natural”.   El relato-ficción de un texto que yo no he escrito, y que otro ha novelado con el propósito político de desactivar la energía social encerrada en el escándalo por tráfico de influencias, está basado en el incoherente guión, en la fantástica contradicción de comenzar negando la utilidad política del escándalo, la existencia misma de un hecho escandaloso, y terminar reclamando la constitución de una comisión de investigación parlamentaria y condenando al vicepresidente con los adjetivos más duros que nadie hasta ahora había empleado.   Aunque no me corresponda tirar de la manta amarilla con la que sofoca a la prensa, debo recordar al señor Sánchez Ferlosio que las razones de rentabilidad económica también están políticamente a favor del escándalo. Los centenares de miles de millones que la huelga del 14 de diciembre no arrancó al Gobierno los ha conseguido, benditamente para las clases débiles, su maldito escándalo.   Finalmente, he de advertir al señor Sánchez Ferlosio que lo único que a estas alturas podría escandalizarme, y no lo consigue, sería el hecho de que todavía continúe el juego de los intelectuales presuntos. El juego de aparentar que se oponen a este Gobierno de poder personal sin control, criticando “más allá del que más lejos vaya”, con ferocidad de lenguaje vicepresidencial, asuntos tecnocráticos, administrativos o folclóricos para obtener un crédito democrático con el que apuntalar a ese mismo Gobierno, en los asuntos políticos y momentos críticos de oposición general de la conciencia democrática. Como el asunto y momento de actualidad.   Sólo ahora, una vez restaurada la integridad semántica de mi texto, podré hacer con el artículo del señor Sánchez Ferlosio lo que él no ha hecho con el mío. Contestar al fondo de su asunto. A su concepción religiosa del escándalo. A su noción administrativa de la conciencia política. Al trasfondo ideológico y moral, profundamente conservador y autoritario, que sustenta y da sentido, casi reaccionario, a las caóticas intuiciones políticas de un buen novelista.

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