Cuando lo vemos negro

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Con su enorme capacidad de asimilación, el cine, aparte de alimentarse vorazmente del resto de manifestaciones artísticas (novela, teatro, pintura, escultura, danza, música, arquitectura), es capaz de engullir materiales tan baratos como la pulpa con que estaban impresas las revistas donde escribían sus relatos llenos de diálogos y de acción, y sin la menor pizca de retórica o sin apenas adjetivos y adverbios, Hammet, Cain o W. R. Burnett, entre otros, durante los años veinte y treinta. Y es que antes de que la radio y la televisión irrumpieran en todos los hogares, la lectura de la pulp fiction era uno de los entretenimientos más populares. De esas páginas amarillentas proceden los estilemas y arquetipos propios del género literario en el que se inspiraría el cine negro del Hollywood clásico.   El autor de la seminal “El halcón maltés” (1941) y de la configuración icónica de Bogart nos ofreció también en “Fat city” uno de los más acabados retratos del “loser”: ese mítico personaje de la cultura norteamericana. Frente al idealismo triunfante que desprendían James Stewart, Gary Cooper o Katharine Hepburn, actores como James Cagney, Dana Andrews, Gloria Grahame o Edward G, Robinson fueron los rostros de los parados, los ex combatientes o simplemente de la gente sin suerte que representaba la decepción o la otra cara de la moneda del sueño americano.   Por su descarnada descripción de los cambios sociales que se estaban produciendo en las grandes ciudades de EEUU, el cine negro tiene algo de neorrealismo italiano, aunque aquel incide en las sombras (con un estilo que lo acerca al expresionismo alemán) que proyecta el crimen organizado que se ha hecho cargo de los negocios prohibidos por la ley pero amparados por ciertos “servidores públicos”.   Además de los gángsters y los detectives privados, las femmes fatales llenan las pantallas del cine negro, con sus sonrisas irónicas y sus besos mortales. Denis de Rougemont, un historiador que ha estudiado la evolución del concepto y la imagen del amor desde Tristán e Isolda, mantiene la tesis de la “agonía romántica” o del deseo de muerte que late en el impulso amoroso. El moderno pesimismo de la novela y el cine negros (con cierto aire a desencanto existencialista) hace que veamos la plenitud sentimental como un proyecto sin esperanza. Pavese decía que “el amor es la más barata de las religiones”, pero los personajes de Fuller, Hawks, Dassin, Huston, Lang, Preminger, Siodmak, Tourneur o Nicholas Ray, con su escepticismo a cuestas, siguen creyendo en el milagro amoroso, y como en el célebre lienzo de Edward Hopper, “Nighthawks”, son aves nocturnas que se citan en  un  local vacío para intentar mitigar su irremediable soledad.   En un panorama cinematográfico de intrascendencia lúdica donde la mayoría de los espectadores son incapaces de aceptar cualquier cosa que no se ajuste a su medida de las cosas, el erotismo, aventura, humor y suspense de un género que se renueva constantemente, también puede servir, con su visión transgresora del orden social y su denuncia de la corrupción política, la podredumbre mediática y la mafia financiera, para despertar la conciencia crítica del público.

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