Vicios privados

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José Bono (foto: Chesi – Fotos CC) Vicios privados Un régimen político oligárquico, que descansa sobre una propaganda democrática, un régimen fundado por un club cerrado integrado por los llamados “padres de la Constitución”, un régimen al cual la ciudadanía ha sido invitada para la miserable función meramente especular de refrendar una decisión previamente pactada por los socios fundadores, no puede más que convertir en simulacro toda escenificación de vida pública. Si la democracia, como conjunto de reglas para el establecimiento, deposición y sustitución de gobernantes y representantes políticos necesita la transparencia como axioma de su funcionamiento, la oligocracia depende, para su subsistencia, de las oscuras transacciones del consenso entre facciones que comparten un poder indiviso que deben disfrutar en régimen de mancomunidad. La inevitable torpeza de toda construcción propagandística hace imposible encontrar lucidez alguna en los propagadores de la ideología legitimadora de un régimen que vive de la mentira; más frecuente es encontrar la más barata demagogia. Pero no es habitual que conspicuos prohombres de Estado prescindan de todo disimulo: o bien se debe a un extraño arrebato de sinceridad o bien a una indisimulada falta de inteligencia. El contenido del torpe elogio que José Bono dedica al juez Baltasar Garzón (EL PAÍS, 16 de mayo, “Garzón, un hombre decente”) hace sospechar lo segundo. Para terminar de disipar cualquier duda acerca de la evidencia de que lo público ha sido invadido sin recato por lo privado, que usurpatoriamente se ha puesto en su lugar, sirvan estas candorosas expresiones de quien firma como Presidente del Congreso de los Diputados:   Al acabar llamé a Felipe González y le conté la cena. Me impulsó a que te tantease: "¿Vendría a las elecciones con nosotros?" Acabamos en los Quintos de Mora y a los pocos días el Comité Federal del PSOE -por unanimidad, que algunos olvidan- te propusieron como número dos de nuestras candidaturas por Madrid, justo detrás de Felipe. Asumimos que la llegada de un juez prestigioso a nuestras filas obraría el milagro. Así fue. Ganamos las elecciones y algo debiste influir en ello. (…) Luego te incomodaste. Razones tenías, pero la verdad es que eres un poco enfadica. Recuerdo las llamadas a deshora de Felipe: "¡Ve a ver a Garzón!". Ya no había remedio: tu personalidad indómita había chocado con un modo de hacer política muy de Felipe. Nos peleamos bien peleados y, desde luego, yo me quedé con Felipe y con el PSOE. Tú te fuiste con un sonoro portazo que hizo felices a bastantes de los que hoy te quieren meter preso. Lo que hiciste con nosotros fue muy duro. (…) Te fuiste al Juzgado y empezaste a darnos cera. No sé hasta qué punto el cambio de escenario pudo perjudicarte. Tu fugaz paso por la política sin duda te ha marcado. Después vendría el Gal… y el PSOE en la diana.   Nótese bien la magnitud y el calibre del dislate: se empieza por reconocer que la inclusión de Garzón en las listas del Partido Socialista se debe a una decisión personal de Felipe González, se prosigue encareciendo la unanimidad con la que su presencia en la lista electoral fue refrendada por el órgano competente del Partido (¿cómo podría ser de otra manera para una decisión urdida exclusivamente con fines electoralistas y propagandísticos?), se termina interpretando un asunto sumamente grave como la investigación de la utilización de una banda de mercenarios en la lucha antiterrorista como una desavenencia personal entre antiguos compañeros, sin decir una palabra sobre el propio asunto objeto de la investigación, y coronando tal brutalidad nada tiene que decir José Bono acerca de la anomalía que supone el paso sucesivo de un hombre por la judicatura, la política y nuevamente la judicatura. Nada de eso importa porque todo se reduce a una amistad personal salpicada de desencuentros y reconciliaciones: el escenario de fondo es el delito en el ejercicio del poder y la inclusión de un juez en una lista que será refrendada por los electores conforme al sistema proporcional de reparto de escaños que convierte a los diputados en fieles ejecutores de las decisiones de sus jefes. Ese escenario de fondo es lo secundario en un análisis como el transcrito. Es cierto, probablemente el “indómito” carácter del juez no podía aceptar tales servidumbres, pero su rebelión se debió al incumplimiento de un contrato verbal entre particulares o tal vez a un exceso de ambición por su parte. Pero nada de eso importa para un juicio de valor que tome como criterio el respeto a las reglas de juego democráticas. No así para el juicio de valor de José Bono, fiel a las reglas en las que se inspira un régimen que permite la secuencia de acontecimientos que, con la sinceridad de quien cree que en lo que dice nada puede haber mínimamente reprochable, nos describe José Bono. Su lenguaje vulgar y ridículamente campechano (“Te fuiste al juzgado y empezaste a darnos cera”) está en estrecha vinculación con la brutalidad de los acontecimientos que, con absoluta tranquilidad, describe. Nadie mejor que los propios protagonistas para describir con precisión la monstruosa realidad.

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