El orden histórico y el Estado democrático

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Repúblicas (foto: historika)   El orden histórico y el Estado democrático   El orden social premoderno se fundamentaba en un más general orden cósmico. Este orden constituía algo ya dado, estaba dado (o creado) desde la eternidad. En él encontramos nuestro lugar no por elección personal sino por nacimiento. Otro aspecto característico del orden cósmico es que está anclado en un motivo transcendental (Dios a partir de la entrada del cristianismo, pero, salvo el caso de Demócrito y el epicureísmo, igualmente transcendente en el mundo pagano de los griegos –Platón y Aristóteles–).   Por su parte, el orden moderno, una de cuyas catapultas principales, además de la ciencia, fue el liberalismo económico, parte del individualismo y su libertad. De acuerdo con uno de los grandes estudiosos del secularismo, Charles Taylor, la progresiva relevancia del individualismo y del humanismo, así como la correspondiente retracción del transcendentalismo, hay que ir a buscarla a amplios movimientos de reforma provenientes de la propia Iglesia allá por los siglos XII y XIII, que culminaron con la Reforma protestante. Tales movimientos tenían como objetivo “subir el listón”, es decir, demandar más a la persona común. Lentamente, esta subida fue dando lugar a profundos cambios sociales, políticos y económicos: preponderancia del individuo (ejemplos paradigmáticos son el subiectum cartesiano o el hombre mercantil smithiano), igualdad de oportunidades y derechos, y pretensión de objetividad en el discurso.   La facilidad con que hoy a menudo se condena el primer orden y aprueba el segundo como definitivo oculta las tremendas sombras que se ciernen sobre la concepción moderna del hombre y la sociedad, así como cuánto cabe aprovecharse aún de la(s) concepción(es) antiguas. El discurso nacionalista, por ejemplo, no puede separarse de la concepción moderno-liberal de la auto-determinación. Mi propio análisis parte del axioma establecido por Leibniz para toda empresa filosófica: las corrientes de pensamiento “tienen razón en lo que afirman pero no tanto en lo que niegan” (Carta a Remond, 10 de enero de 1714). Podría decirse, así, que la modernidad ha sido decisiva en la extensión de los dominios de la libertad, pero también, en tanto que fue reduciéndose a un orden inmanente protagonizado por el sujeto individual cada vez más objetivado y cerrado sobre sí, en una falta de salidas tristemente evidenciada en las dos grandes guerras europeas.   No pretendo en estos pocos párrafos lograr el acuerdo   del   lector   con   respecto  a  lo  que constituye una larguísima y complicadísima historia, aún demasiado viva y problemática. Baste decir que, a mi juicio, ambos órdenes tienen algo que aportar a nuestro mundo. Incluso distintas corrientes dentro de un mismo orden (por ejemplo el liberalismo y el marxismo dentro del orden moderno, antropocéntrico) pueden ser valiosas en algunos de sus rasgos. Si la locura del marxismo consiste en cortar la libertad individual para conquistar un Estado necesariamente totalitario, así también la deconstrucción del concepto “sociedad” llevada a cabo por prominentes liberales, como Murray Rothbard, sin tocarle un pelo siquiera al también deconstruible “sujeto individual”, resulta, cuanto menos, chocante.   En lo que resta de artículo me gustaría tan solo apuntar que la disyuntiva entre la visión cosmológica antigua (orden jerárquico-vertical, ya dado, y holístico) y la moderna (orden horizontal, mecánico, y atomístico) no es ya para nosotros solvente. Una alternativa tiene que ser creada allende estas dos, aunque partiendo, por así decir, de una recolección de aquellos elementos valiosos de cada una. Sugiero, a falta de una ocurrencia mejor por mi parte en estos momentos, llamar a este orden histórico.   ¿Por qué histórico? Porque cualquier concepción actual del mundo ha de tener presente la dimensión histórica de todo lo dado. Contrapuesto al orden cósmico dado desde la eternidad y al orden mecánico moderno, cada vez más independiente de un Creador, que eran en un sentido esencial a-históricos, nuestro mundo ya no puede pasarse sin tener en cuenta su propia dimensión histórica. Es decir, sin estar obligados a considerar (pero tampoco a excluir) el saecula saeculorum (la era de las eras, o el ‘tiempo’ más allá del tiempo), el orden histórico mira simultáneamente hacia lo futuro, lo ideal (y en este sentido lo transcendente), así como por supuesto a todo lo precedente. Y lo hace además críticamente, a saber, sin caer en los extremos de lo dado ya para siempre (orden cósmico), o de lo arbitrario, como si todo fuese transformable a la medida del sujeto individual (orden moderno). Aunque desarrollar esta idea sería cuestión de muchas páginas, me gustaría señalar que, en el campo político, la estructura correspondiente al orden histórico es el Estado democrático, rigurosamente dibujada por Antonio García-Trevijano.   Quisiera resaltar la importancia de uno de los lados imprescindibles de la dialéctica, el de la transcendencia,    porque   las   teorías   de   la modernidad, casi siempre de corte exclusivamente inmanentista, han causado la impresión de que la transcendencia es del todo prescindible. Por otro lado, por si no ha quedado claro, no pienso que el orden moderno esté en las antípodas del histórico. Por el contrario, ninguna de sus conquistas en términos de derechos y libertades puede ser desechada. Existe desde luego una gran diferencia entre el orden social de la antigüedad, eternamente dado, y el históricamente dado, pero también existen similitudes entre ambos, al menos en tanto que ambos se oponen a esa compleja combinación de subjetivismo y objetividad del orden moderno (el inexpugnable átomo-individuo, o el átomo-nación) y en tanto que ambos conciben como central un elemento transcendente. El orden histórico propone, pues, una crítica tanto al orden cósmico como al moderno, y en diferentes sentidos. Y, por lo mismo, incorpora elementos todavía válidos de ambas macro-concepciones.   Retomando el caso del nacionalismo, como decimos un producto típico moderno, se diría que uno de los escollos principales consiste en sacar a sus abogados de la sombría (no totalmente falsa) noción de la auto-determinación. Esto sólo puede hacerse mediante un examen ecuánime de la historia, en tanto que determinante de lo realmente existente en el presente. Históricamente hablando, Cataluña no sólo nunca fue un Estado, sino que además no puede comprenderse cabalmente sin el Estado español. En el orden histórico, las instituciones políticas (el Estado) se imponen no por una autoridad externa a la materia histórica (a la cual apelan tanto los españolistas como los catalanistas) sino por ser fruto de una relación de fuerzas históricamente determinada, y todavía efectiva. De este modo, esquivamos la aporía de los unos y de los otros, dando por sentado que, por un lado, la transformación de lo dado es posible (simplemente porque sucede en la historia), pero no la transformación arbitraria de lo que se le antoje al soñador romántico de turno.   En otras palabras, de las que no puedo ocuparme aquí con el detalle que merecen, el orden histórico pasa de la peculiar –no la única posible– relación subjetividad-objetividad moderna a la intersubjetividad, que es un proceso arraigado en la historia de las interacciones entre sujetos. El Estado es el paradigma de lo común por antonomasia, y ni la romántica libertad del sin Estado ni la absolutización del mismo (extremos ambos en los que, por cierto, cae un rato sí otro no el sentimiento nacionalista) pueden ser las vías de nuestro futuro.

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