Ergía y energía

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Diario Español de la República Constitucional

Lechuza (foto: Kayte Allen y Andrew Hurley)   Ergía y energía   Los decires se construyen en la mente como caótica colisión de mundos heterogéneos y luego al decirlos los formamos o deformamos, que al cabo es lo mismo, para alumbrar esa espora continente y contenido que el viento debe trasladar a los pistilos del escuchar. Y, dicen, que es entonces cuando hay comunicación. De modo que estaba yo haciendo lo que hacía, cuando escuché a alguien que se quejaba de que estaba harto ya de estar harto de preguntar al mundo por qué y por qué… era el gran poeta Joan Manuel Serrat del que siempre he sido amigo sin que él lo haya sabido nunca. Por otro lado, el artículo de Juan Seoane ‘Cioran 2011’, publicado en este mismo blanco de inexistencia con una dulce aura clarificadora, me trajo al filósofo de la vacuidad, también en ese justo momento en que hacía lo que estaba haciendo.   Se produjo la colisión de la que les hablaba, pero a tres bandas como en el buen billar, ya que llevo sucediendo mis días combinando estupores y aconteceres por estas tierras de España, sin entender lo que no se entiende. Pareciera que mientras más luz se arroja sobre la iniquidad, más se incrementa la indolencia y sinrazón de los que la sufren. Algo parecido me pasó varias veces en esas madrugadas de las carreteras de las cumbres: la lechuza, quieta sobre el asfalto, más inmóvil se volvía cuanto más las luces del coche se acercaban a sus ojos. Era el negro de la noche su necesidad para la vida salvar del negro de los neumáticos. Y yo cegaba el vehículo y ella encontraba la luz. Y volaba.   Por lo que he leído, sé que no era todo trigo limpio en el Olimpo, pese a que había un Dios Pan – no me explicó por qué era medio humano, medio cabra y medio dinosaurio – que debió haberse encargado de ello, en vez de largarse a la Arcadia a vivir en plan Kerouac. Pero en ello no voy a entrar puesto que aún no me han amenazado con bajarme el sueldo si no me meto cada mes contra un número determinado de dioses, semidioses, héroes, amazonas y hasta bufones cursis como Cupido, al que sin embargo Zeus nunca quiso meter en un expediente de regulación de empleo (ERE), dada su archisabida pasión por el fornicio de alto standing.   Allí en el Olimpo, el zángano, el pobre zángano que muere castrado tras ejercer de Porfirio, no era el macho de la abeja sino Ergia, un dáimon haragán que dicen estaba todo el día durmiendo rodeado de telarañas. Y como el lenguaje también tiene cosas que parecen surgidas de la mente de Pascal. Ya saben lo de las razones … pues resulta que la energeia del griego, energía en español, hace que una simple preposición separe a dos opuestos: Ergia y Energía, luego, indolencia y entusiasmo. Pues bien, añadido a los criminales índices socioeconómicos, la corrupción política y la dictadura de partidos, pareciera que hubiese emigrado del país la energeia y Zeus le hubiera otorgado a Ergia las españas como su ínsula Barataria. Al fin y al cabo, al Dios de los Dioses no se le iba a escapar una hembra, humana o diosa, por darle el pasaporte a una preposición. Y eso que antes había que hacer cola.   Este tal Ergia se ha dedicado con tanto esmero a imbuir de sus ideas a los españoles, que la cosa es tan grave que el fatalismo, la desesperanza y lo que es muchísimo peor, la indolencia social contemplada desde el punto de vista psicológico: la indiferencia ante el sufrimiento de los demás, son las características esenciales de un pueblo que más que pueblo es rebaño, con sus correspondientes machos cabríos. A esas características tan desalentadoras se ha unido el miedo que paraliza y permite la humillación como norma de convivencia. Decía Cioran que padecía ‘cafard’ (absoluto desánimo) y que nada puede hacerse contra ello. Así, una propuesta que me parecería pertinente y oportuna sería cambiar en la Constitución de 1978 aquello de que “España es una Monarquía Constitucional” por “España es una Monarquía Cafardiana y lo que te rondaré morena”.    … continúa …   Hubo una época, una larga época, en que cuerpo y espíritu, cuerpo y pensamiento, cuerpo y mente, eran elementos rotundamente disociados, pero yo establecería en Darwin, en la Teoría de la Evolución, y también en el convencimiento personal de que quedan muchos primates poco avanzados con corbata, el momento en que el hombre comienza a darse cuenta de que en su cuerpo hay gato encerrado. Y como ya llevaba encerrado en la habitación mucho tiempo decidí salir y hacer nada, que es lo más difícil de hacer. Aún así tuve mucha suerte y me encontré con una interesante entrevista con el cirujano Mario Alonso Puig que, como presentación, me obsequió con la siguiente frase:“Son nuestros pensamientos los que en gran medida han creado y crean continuamente nuestro mundo”. Rápidamente reduje nuestro mundo a España y un frío espantoso me recorrió desde el bulbo raquídeo hasta los calcetines. Visto el mundo, vade retro los pensamientos generadores.   Metido ya en la Psiconeuroinmunobiología, la ciencia que estudia la conexión que existe entre el pensamiento, la palabra, la mentalidad y la fisiología del ser humano, una conexión que desafía el paradigma tradicional, “el pensamiento y la palabra son una forma de energía vital que tiene la capacidad (y ha sido demostrado de forma sostenible) de interactuar con el organismo y producir cambios físicos muy profundos”, dice Alonso Puig, pensé, y digo pensé, que el problema del tedio de los españoles entra dentro de la evolución de la especie. Y como asimismo siempre he considerado lenguaje y pensamiento dos sinónimos, miré a ver si este nuevo amigo cirujano me decía algo acerca de las palabras. Y lo dijo: “La palabra es una forma de energía vital. Se ha podido fotografiar con tomografía de emisión de positrones cómo las personas que decidieron hablarse a sí mismas de una manera más positiva, específicamente personas con trastornos psiquiátricos, consiguieron remodelar físicamente su estructura cerebral, precisamente los circuitos que les generaban estas enfermedades.”   La indolencia y vacuidad de la gran mayoría de los españoles es una enfermedad, está claro, agravada a mi juicio por una característica también fundamental de esta nación, y de todo Occidente: lo más importante en la vida es tener el último modelo de teléfono móvil. ¿Cómo va a hablar uno consigo mismo si siempre está hablando con los demás del móvil con el que está hablando? Por mi no hubiera puesto ni una letra, pero encontrar a Mario Alonso Puig en la defensa de la palabra me procuró dejar de estar harto ya de estar harto por un momento … Ojalá la palabra mueva a los ciudadanos y elimine también de paso los trastornos psiquiátricos de nuestros insoportables oligarcas. Y la lechuza vuele.

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