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Napoleón I Cambios de Sofía y metamorfosis del Estado El Estado-Nación fue el Gran Trampero impersonal engendrado por la abortiva Revolución Francesa para contener, con nuevos jerarcas del poder, a la nueva sociedad de ciudadanos-átomos anárquicos consitucionalizados. Los secretarios de los secretos, razones y favores personales del Rey se hicieron Secretarios de la razón impersonal del Estado coronado, ocultando las mismas vergüenzas a la suplicante nación, nación suplicante de favores interesados engendrados por el Estado. En Francia se inauguró el republicanismo estadolátrico europeo. Napoleón fue su primer pontífice nacional-imperialista y el fundador del estatalismo reglamentista.   Por su parte, la filo-Sofía alemana (tan celosa como asombrada ante una Revolución de philosophes que no fue germana), en su dislocada obsesión egotista por la comprensión totalizante de un ser humano abstracto (disuelto a su vez en el fluido de la Humanidad, otro espectro metafísico), hizo de la sociedad un concepto universal para usarla como espejo y, desde lejos, mirarla con el catalejo de su salvífico pensamiento especular. Sofía, a los XVIII siglos como años y algunos más, se creyó madura y, por deseo de su joven madre, Dña. Ilustrada Razón, y de su padre novel, Don Revolución, se nacionalizó franco-alemana para entrar en sociedad. Seducida y abrazada por el totipotente mundo social, quedó embarazada: la inexperta Sofía se hizo paracientífica y filo-social, haciendo ciencia sin experiencia. El futuro universal y perfecto (el Futuro de Verdad)  que Sofía quería para  su  hijo,  como nuevo hombre-átomo social, estaba ya escrito en los recónditos entresijos de su fértil mente racional. Bastaba con entretejer sus deseos, como ideas-sueño, con hilo racional de acero y lógica: Sofía se hizo filo-ideológica (¿para qué la libertad?).   Pero, sin esperarlo Sofía aunque era de esperar, tanta potencia social y tanta fertilidad racional, en tantos días de ensueño y de visiones, originaron múltiples alumbramientos de visionarias ideologías, como ensoñaciones ávidas de realidad. Cansada de la incansable sociedad, Sofía abandonó ese mundo y, en busca de realidad y sustento para su descendencia, se consagró al dios Estado, un Demiurgo con cabeza de león y cuerpo de gusano, en negociaciones con Mercurio volador, dios del Mercado y de ladrones (y, entre esos dioses, dos más: la Banca y escuadras de escuadrones al compás). Al Estado Demiurgo, pletórico de poder creador de futuro, seguridad, igualdad, saber, riqueza, moneda, trabajo, edificios, milicia y realidades, le confió Sofía su prole de hijastras oligarcas: “Encárgate de su manutención, ellas justificarán tu poder y te enseñarán la mejor forma de dominar a todo esclavo espartaquista”. Sofía se hizo religionaria filo-estatista, poseída por dioses materialistas. Y el Estado, Gran Patriarca, Gran Hacedor de hechos como hechizos, Gran Hechicero. Prolífico redactor de leyes y reglamentos para el regimiento social. Tanto reglamentaba Demiurgo, divino redactor, que comenzó a dictar. Devino Licurgo dictador.   Al final del siglo XIX, segundo año de su nueva vida, tras tanta ideología alumbrada, Sofía, descreída del futuro y de la sociedad, apagó su mortecina luz y se quedó a dos velas. Una vela al Estado-Poder-Dinero, otra al Dinero-Poder-Mercado (pero Sofía, tú que eras tan lista y tan lógica, ¿cómo pones dos velas a dos diablos metidos en un mismo establo repleto de paja ideológica?). Pero Sofía, sin querer saber nada, a existir se dedicaba; la adivina futurista, infértil y vacía, se tumbó en el diván de un psicólogo existencialista.   El racional filo-estatismo de Sofía caló en las masas de átomos sociales de Europa continental: enfermaron de estadolatría mientras se fragmentaban en tantas tribus como oligarcas ideologías apadrinaba el Estado-Padrino. El Estado alemán, como Gran Locomotora, abrió el camino, primero, al Socialismo de Estado del autoritario Bismarck (“Cuando yo muera, el socialismo de Estado perdurará”); posteriormente, a la weimariana República irresoluta del fragmentario Estado de Partidos con su cuota proporcional (a cada tribu su tributo); y después, lógicamente, al pletórico y totalitario Estado-Nación-Sociedad (Estado nacional-socialista o, más propiamente, régimen estatal-socialista). El Estado como Solución Final y Destino Universal en que disolver definitivamente a la sociedad integrada en él; el Estado-fuerza de un fiero führer (=líder o guía del partido-sociedad) como producto y consumación de la Revolución Francesa (Adolf Hitler: “Después de la nuestra no habrá más revolución”; Adolf= “lobo noble”). Aquella Revolución francesa en cuyo nombre se coronó Napoleón como nuevo César. Dos mil años de historia para volver desde las Tullerías de París al Coliseo protofascista de Roma, pasando bajo la cuádriga romana de la Puerta de Brandeburgo, en Berlín.   La sociedad, una gaseosa entelequia, puro plasma mental, se había convertido en el más preciado juguete del Estado ideológico, un puro ente nacionalista impersonal. Un Hermes invisible, ávido de gas social al que encapsular en sus templos nacionales de divino e irresistible poder (templos como cuevas, como cuevas de ladrones); un poder absoluto con que dar cualquier forma a lo informe, para uniformarlo. El plasma social hecho protoplasma del Estado unicelular. Un Estado armado que viste a la sociedad con hermética armadura mientras le susurra al oído aduladores cuentos sobre la nueva coraza que fabrica para defenderla de los demonios siderales, en desuso por usados, que su propio poder ha ido fomentando: mercantilismo, liberalismo, capitalismo brutal, capitalismo estatal, fisiologismo social, racionalismo inefable, racionalismo infalible, determinismo histórico, socialismo utópico, marxismo, socialismo científico, nacionalismo, imperialismo, racismo; Guerras civiles, nacionalistas e imperialistas; anarquismo, socialdemocracia.1, centrismo equilibrista, I Guerra Mundial, Estado totalitario soviético marxista-leninista, socialdemocracia.2, socialdemocracia.3, fascismo, nazismo, Estado Totalitario nazi-fascista, II Guerra Mundial, Estado de Bienestar Totalizante, partidocracia paneuropea; social-burocracia.com europeizante; monetarismo paneuropeo; locomotorismo franco-alemán; caótica crisis financiera; deuda estatal hiperbólica; crisis euro-planetaria…¿Merece la pena seguir? No.   El Estado, noble lobo alado, que iba a proteger al hombre-lobo de sí mismo, convertido en jefe de la manada mientras la sobrevuela, arrojando sobre ella sus excrementos alimenticios: reglas uniformadoras, uniformes de guerra, subsidios, subvenciones, burocracia, tributos, deudas. Estado híbrido de Frankenstein y Bacterio esperando el fracaso del modismo presente para experimentar con el siguiente, incorporando sólo un pedazo del anterior. La sociedad, como gaseosa, hecha carne de experimentos pagados con impuestos y préstamos del Banco donde toman asiento los depósitos sociales; sociedad como utensilio, como implemento. La sociología, en manos de Bacterio, convertida en bacteriología social. Las personas, como sumisas bacterias oportunistas, mendigando a los síndicos de partido y a sus sindicatos un nuevo cambio de sustrato: cambio indiferente entre partidos estatales intercambiables, igualmente pertinentes. ¿Qué es un cambio de partido? Es el recambio de una rueda gastada pendiente de recauchutar por otra ya recauchutada.   Europa estadolátrica, entérate bien: el Estado Totalitario a que dio paso tu antidemocrático e ideológico Estado de Partidos, no fue el apocalipsis ni la esclerosis de ese Estado, fue, para su vergüenza, su apoteosis. Tal fue la apoteosis que, tras tu gran Guerra, los mismos Partidos barridos por el totalitarismo proclamaron, como héroes vergonzantes, el Totalizante Estado de Bienestar y se hicieron sus hijastros a perpetuidad (qué bien supieron refinar las oportunistas técnicas totalitarias de dominio). Y a Sofía, sorda y retirada de los escenarios, le gritaban: ¡Otra!, ¡Otra!, ¡Otra!   Sofía, atormentada y en posición fetal sobre un viejo camastro, pensaba: olvidé el amor; olvidé la libertad; olvidé el amor a la libertad; me entregué al poder; perdí la razón. No, Sofía, deberías anhelar lo que nunca tuviste. Pero tú, Sofía, ¡ay!, tú no eres persona: tú no tienes corazón. Y la razón en que moras ignora lo moral. No fuiste madre de nadie; fuiste madrastra impostora de anfibias lobeznas nacidas en mala hora.

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