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Se suele hablar de "los mercados", en esta crisis global que todo apunta a que va a ser aún más grave que la de la década de los 30 del pasado siglo.   Pero no es correcto el término. "Los mercados" hace alusión a una pluralidad sobreentendida que degenera en redundancia. Yo prefiero el término mercado, pero esta preferencia es subsidiaria de la primacía de lo que estimo que es el término más adecuado: el poder económico, que se desgrana y diversifica -eso sí- en una pluralidad de instancias. Pero si afinamos más, se puede establecer que el poder económico se instrumentaliza en herramientas que adquieren vida propia, aunque no por ello independientes de ese poder. Me refiero sobre todo a las agencias de intermediación, por un lado, y por otro a las agencias de calificación. Son las verdaderas piezas de infantería en el frente de batalla que se está librando en la crisis global que no sabemos muy bien a donde nos puede llevar.   Las operaciones bursátiles y monetarias ya desde hace años han adquirido una característica que hace tiempo -no mucho- no existían. La celeridad y relativización de los tiempos en que se argumentan las operaciones hace que lo que conocemos por volatilidad se entronice en los reinos de la "tierra media" del imperio monetario. Así, se están empezando a regular las operaciones a corto, porque su carácter especulativo -ya de por sí naturaleza del mercado de cambios- se eleva a la enésima potencia. Y las operaciones de futuro se relativizan y dependen más de parámetros inmediatos que se suceden constantemente.   El intermediario financiero Soros es un exponente de las operaciones de especulación a gran escala, sobre todo por la capacidad, gracias a tecnología informática transnacional, de retirar o comprar ingentes cantidades de activo nominal (no moneda que sea la contraparte de economía real, sino mero apunte contable).   Y ahí radica el problema de fondo: que cada vez ha ido tomando más poder la economía financiera frente a la real, es más, esta última, la economía real, productiva, está casi en su totalidad sometida a la especulación de un mercado -diversificado sí, pero mercado- donde las partidas de operaciones son mero papel o mero apunte en el registro de los formularios informáticos, pero no se corresponden a un valor real que tenga su correlato en lo realmente producido, en la economía real y productiva de los países. Y esto se ha desmandado, va a toda velocidad, va a más… y puede descarrilar, si es que no ha descarrilado ya.

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