Claro

Oscuro

 

El Diario de la República Constitucional y Radio Libertad Constituyente expresaron públicamente su condolencia a la familia del fallecido actor, Juan Luis Galiardo durante su emisión de hoy. En los informativos radiofónicos, el abogado Antonio García Trevijano desveló que Galiardo “murió con la alegría de haber sido elegido locutor de la República”, pues el MCRC le ofreció ser la voz de referencia de su cadena radiofónica.

 

El letrado y notario republicano contó como Galiardo aceptó encantado y feliz el ofrecimiento, pero se produjo en el momento en que le comunicaban su enfermedad y le daban tres meses de vida. Le pidió entonces a Trevijano que postpusiera su nombramiento hasta comprobar si su salud experimentaba un cambio de evolución, algo que desgraciadamente no se produjo.

 

Todos los medios de comunicación españoles recogen en sus informativos el fallecimiento de Galiardo, cuya familia tenía relación de amistad con la de Trevijano en San Roque (Cádiz), localidad de donde era oriundo. Particularmente significativas fueron sus declaraciones en las que se confesaba “harto” de PP, PSOE, CiU o IU y reclamaba un cambio de régimen y de valores que modificara ampliamente los cimientos de la política española, algo que sólo podía ofrecer la República.

Creative Commons License

Este trabajo de Redacción está protegido bajo licencia Atribución Creative Commons-NonCommercial-NoDerivs 4.0 Internacional Los permisos mas allá del ámbito de esta licencia pueden estar disponibles en https://www.diarioerc.com/aviso-legal/
Si desea recibir notificaciones cuando nuevos contenidos sean publicados en el Diario Español de la República Constitucional, siga este enlace y suscríbase para recibir los avisos por correo electrónico.
0 0 votos
Valoración
Suscripción
Notificar si
1 Comentario
mas antiguos
nuevos mas valorados
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
la verdad del pajarito

LA FACHADA

Hace mucho tiempo, cuando yo tenía menos años de la mitad de los que hoy tengo, el actor y productor Juan Luis Galiardo publicó en un diario extremeño un artículo en el que, ya por entonces, me calificaba de ‘ignorante’ y ‘don nadie’. El motivo de los exhabruptos fue un artículo previo en el que le acusaba, a él y a su productora llamada ‘Penélope’, de saquear dinero público extremeño aprovechándose de su amistad con altos cargos y en beneficio de producciones de ínfimo nivel, que él producía junto a cineastas socios y colegas como Giménez Rico, García Sánchez o Mercero. Nunca dejó de acudir al reclamo, décadas después arañó lo que supo de ‘Marca Extremadura’ para seguir con sus aires de grandeza. Tiempo después de aquel artículo, fue uno de sus fieles quien, durante la celebración de un mercado audiovisual en Catalunya, nos obsequió, ya personalmente, con las mismas o parecidas calificaciones, dejándonos para la posteridad frases del calado siguiente: “Yo me acerco a Extremadura a pegar unos tiros con Juan Carlos (sic) y consigo más que vosotros en vuestra puta vida”. No lo dudamos, ni en su momento, ni siquiera ahora. La lección aprendida entonces (después vendrían amenazas de demanda de otros ‘grandes’ del cine español, por muy parecidos motivos, su uso de esta región como caladero económico a expensas de la inmoralidad y la ignorancia de sus gobernantes) está bien presente aún: de hecho, seguimos siendo unos ‘don nadie’, tras veinticinco años de profesión, pero jamás fuimos ignorantes, y menos por conveniencia. Así, la muerte sorprende a todos por igual. Hasta llegar a ella, unos eligen durante su vida presumir de haberse follado todo lo que se movía a costa de prometer el oro y el moro, de ser siempre de allí donde deja su sombrero a la hora de acostarse, de haber disfrutado de un talento de sacamuelas y haberlo ejercido en lo alto de un bandera, de haber empleado todos los resortes para trepar por encima de cualquier hombro, de no haber desfallecido en seguir adelante siempre con la misma cantinela. De ofrecer un rostro y ser el contrario. Era un estilo. A mi, personalmente, esos modos nunca me parecieron ni siquiera respetables. Y aunque pase el tiempo y solo quede el recuerdo, lo volvería a escribir. Al fin y al cabo, yo también me voy a morir. Y de todo eso, no quisiera presumir.