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Si los Partidos socialista y comunista sacrificaron la República, la libertad y la democracia en el altar de las elecciones de listas de partido, es decir, si la Transición ha consistido en el paso de la dictadura de un partido estatal a la oligarquía de varios partidos estatales, por medio de elecciones de cuotas de partido, son los propios partidos quienes reconocen así que el talón de Aquiles de esta Monarquía está en el sistema electoral, o sea, que el punto vulnerable del Régimen monárquico está en la falsedad representativa de su sistema electoral.

Esta confesión de los partidos estatales nos indica que la mejor táctica para cambiar la Monarquía por una República Constitucional, consiste en evidenciar el fracaso del sistema electoral, es decir, en promover su rechazo masivo mediante una abstención sistemática en todas las convocatorias, sean municipales, autonómicas o generales.

En España, a diferencia de Bélgica, nadie está obligado a votar. Allí, el voto blanco o nulo es la única forma de expresar el rechazo del sistema electoral. Aquí ese rechazo solo puede manifestarse por medio de la abstención. El voto blanco desprecia todas las candidaturas, pero aprecia el sistema electoral por listas de partido. La abstención, que no rechaza las personas candidatas, sino el modo autoritario y partidista de meterlas en un parlamento ficticio e innecesario, no atenta directamente contra la forma del Estado, sino contra el sistema electoral.

Dejar de votar no es, por ello, un privilegio de los republicanos, sino un derecho de las personas coherentes, sean republicanas o monárquicas, que no quieren votar sin elegir, ni ratificar partidos irresponsables sin escoger representantes responsables; que no pueden verse como menores en una representación legal, sino como mayores en una representación voluntaria; que les repugna participar en una farsa electoral cuyos resultados jamás serán representativos de la sociedad civil; que no serán cómplices de un fraude que otorga apariencias de representación a lo que solo es doble presentación de los partidos en el Estado; que no quieren financiar con sus impuestos a los partidos adversarios de su ideología personal; y que no aprueban que los partidos estatales se repartan el poder según las cuotas obtenidas en las urnas.

Cuando es consciente de su naturaleza activa y de la negatividad que expresa, la decisión de no acudir a las urnas constituye un acto colectivo de gran trascendencia política y de un gran valor cívico. Pues lo consciente tiene mayor calado que lo simplemente voluntario, y la negatividad crítica, si no es actitud permanente como en el anarquismo, es un requisito indispensable de la creación o innovación política.

La abstención es el enemigo esencial de los partidos de integración de las masas en el Estado. Pero no lo es de los partidos de representación, como en EEUU, Gran Bretaña y Francia. Pues mientras que en estos países una pequeña participación electoral no priva a los partidos de su carácter representativo, en España una participación inferior al 50 por ciento del censo electoral, priva a todos los partidos estatales de su potencial integrador de las masas, en virtud del cual se justificó su conversión en órganos permanentes del Estado.

Diga lo que diga la propaganda masiva de los medios de comunicación, sea cual sea la capacidad de la clase dirigente para vivir de espaldas a la realidad política, los partidos estatales que no logran elevar la participación electoral por encima de la mitad del censo, dejan de ser necesarios al Estado y útiles a la Sociedad. Aunque sigan viviendo de las rutinas o inercias de su pasada identificación con las masas, están heridos de muerte en su razón de ser. No se trata de que pierdan legitimidad, pues esa condición social nunca la tuvieron, sino que dejan de ser eficaces. Lo peor que le puede suceder a una maquinaria. Hemos de civilizar a los partidos sacándolos del Estado y devolviéndolos al seno de la sociedad civil.

Como me aburre repetir lo escrito en otros lugares, una vez anunciada aquí la diferencia de naturaleza de la abstención en los sistemas mayoritarios o proporcionales, me concentraré en dos aspectos de la abstención que no han sido tratados por la doctrina. Uno, de carácter teórico, se refiere a la capacidad creadora de la negatividad inherente a la abstención transitoria, y otro, de carácter práctico, a la autocondena que implica para un Régimen atribuir el éxito de la abstención a factores extrapolíticos.

El aspecto filosófico de la abstención, a pesar de su importancia social y política, no ha merecido la atención del pensamiento. Pero no era necesario esperar a Hegel para saber que la negatividad es un elemento constitutivo de toda realidad. La maravillosa fábula de Tácito ilumina la filosofia positiva del NO. Un pueblo asiático no podía salir de la tiranía porque en su idioma no existía la partícula NO. La resistencia del miedo a decir no a la vigencia de realidades políticas desagradables, explica que los dictadores mueran en la cama y que sus herederos oligarcas gobiernen con servidumbre voluntaria. Pero sin el poder de la negatividad nada estaría determinado. “Omnis determinatio est negatio” (Spinoza).

La abstención es una de esas negatividades, como la ausencia o las preguntas sin respuesta, a las que Sartre no consideró nadas sino partes integrantes de la realidad. La abstención electoral es una privación que pide ser colmada tan pronto como la libertad política y un sistema electoral de sentido común permitan votar en conciencia, y elegir entre opciones electorales diferentes. Sin potenciar hoy la abstención, la incompetencia de los partidos seguirá mañana decidiendo por nosotros en cuestiones vitales.

Y llego por fin a la estupidez de todos los gobiernos que, sin conciencia de la autoinculpación en que incurren, culpan al Sol, al mar o a la lluvia de los altos porcentajes de abstención que vienen padeciendo la Monarquía, el Estado de Partidos y las Autonomías.

Tienen que reconocer que los gobernados prefieren cuatro horas de sol a participar una hora cada cuatro años en unas elecciones insignificantes. Si esto fuera verdad, sería la prueba del fracaso absoluto de la finalidad integradora de las masas en el Estado, que asumió esta Monarquía de Partidos, según palabras textuales de la Constitución, así como la comprobación definitiva de que estas Autonomías del gasto suntuoso y de la vanidad nacionalista no le interesan más que a los que viven de ellas.

El significado profundo de lo que nos dicen los gobiernos, para quitar importancia a la abstención consciente, es que la indiferencia de los gobernados hedonistas no moverá un dedo para salvarlos, en el caso de que la parte más inteligente y decidida de la sociedad civil se movilice para sustituir la Monarquía de los Partidos por la República Constitucional de la libertad y la democracia política.

Pero la abstención no es la sola manera de provocar la deslegitimación popular de la Monarquía de Partidos, sino una más de las variedades de resistencia pasiva, desobediencia civil y objeción de conciencia, a las que recurrirá el MCRC para conquistar la libertad de elegir al poder ejecutivo y, en elección separada, al representante de cada distrito electoral o mónada republicana, o sea, para llegar a la democracia mediante la instauración de la República Constitucional.

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