El Mus de Mas (II)

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Diario Español de la República Constitucional

RAFAEL MARTÍN RIVERA.

En dos semanas el Ministerio de Exteriores parece haber aprendido a jugar al Mus, y Mr. Margallo le está levantando todos los faroles a Sir Arthur, a grande y a chica. Camino va el señor Ministro de llevarse la Vaca sin apenas esfuerzo, al descubrir que los «treses» son reyes y los «doses» pitos, y que en todas las manos lleva pares y juego. De la noche a la mañana, se nos citan –aunque sea veladamente– hasta resoluciones de la Asamblea General de Naciones Unidas en materia de «secesión» de Estados. Realmente sorprendente este resurgimiento del Derecho Internacional Público. ¿Habrá leído el señor Ministro nuestro artículo publicado el 6 de noviembre? Sea como fuere, es casi seguro que, por fin, «tout au moins», en Exteriores le han debido echar algunas horillas al manual de Pastor Ridruejo y al de Díez de Velasco. O eso, o han recuperado de algún estante de la Escuela Diplomática el fantástico libro de Mus de Mingote, que a mi entender guarda más enseñanzas prácticas que el tratado «De la Guerra» de Von Clausewitz, y sobre todo es bastante más breve.

Hasta ayer, como quien dice, la cosa andaba entre la Constitución Española, un vago conocimiento del Derecho comunitario, el famoso «punto de vista español» de la docta Comisión Europea y un extravagante «golpe de Estado jurídico» –vaya usted a saber, qué significa semejante «carchuto»– espetado por el señor Ministro. Hoy tenemos en nuestro haber hasta normas de Derecho internacional. Insólito. Lo que digo: el señor Ministro se lleva la Vaca, y Sir Arthur paga el almuerzo y los cafés.

Pues sí, efectivamente, como ha dicho muy bien el señor Ministro, en materia de «secesión», el Derecho Internacional Público sólo reconocería «los casos de pueblos coloniales, ocupados militarmente o en los que los ciudadanos no puedan ejercer sus derechos democráticos», aludiendo –es de suponer– a la práctica internacional, a la doctrina y, sobre todo, a las excepciones recogidas en las Resoluciones 1514 (XV) de 14 de diciembre de 1960 y 2625 (XXV) de 24 de octubre de 1970 de la Asamblea General de Naciones Unidas sobre la «Libre determinación de los pueblos». No obstante, uno se pregunta si no se habrá hecho un poco de lío, el señor Ministro, con lo de «secesión de Estados» y «sucesión de Estados». Vaya, que da la impresión de todavía no tener muy claro lo de los «doses» y los «treses». Pues, mal que le pese a Mr. Margallo, el Derecho Internacional Público no aborda expresamente la «secesión», salvo en los casos muy concretos y excepcionales, como los de Bangladesh (1971) y Kosovo (2008), sino la «sucesión» de Estados, y ahí está realmente la cuestión; pues si bien Cataluña puede declarar la independencia, contra viento y marea, y saltarse a la torera, tranquilamente, el ordenamiento jurídico español y lo que haga falta, es bastante dudoso que dicha «secesión» pudiera encontrar freno, por ejemplo, en el Tribunal Internacional de Justicia de la Haya, y mucho menos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. No quiero ni pensar ya en el disparate que supondría el envío de «cascos azules» a la «zona» como en la provincia de Katanga en 1963.

Por tanto, que Cataluña se independice, y Sir Arthur se convierta en el presidente de la «República Independiente de su Casa» es cosa que probablemente al resto de la Comunidad Internacional le traiga sin cuidado. Acaso no pasará de ser algo anecdótico fuera de las fronteras europeas, o, como mucho, imagino alguna expresión airada, tipo Astérix: «Ah! ces Espagnols sont fous!». Otra cosa bien distinta será el reconocimiento de Cataluña como miembro de las organizaciones internacionales, de las que ahora forma parte por ser española, como la OTAN, la ONU, la OCDE o el Consejo de Europa, por poner sólo los ejemplos más notables, y su vinculación a tratados internacionales como los que vinculan a España a la Unión Europea. No hablemos ya de tratados bilaterales o multilaterales, de toda índole: cooperación internacional en materia económica, financiera, tributaria, comercial, arancelaria, judicial, doble nacionalidad, etc., que lleva suscribiendo España desde hace más de un siglo; ahí, Sir Arthur no tiene absolutamente nada que hacer, pues es harto dudoso, no ya que se reconozca Cataluña como Estado por algún país miembro de esas organizaciones internacionales, o país parte en esos tratados –que también–, sino que se le permita su ingreso en dichas organizaciones, o la firma o ratificación de dichos tratados.

Total «Cataluña año cero», y Sir Arthur no tiene ni una mano en esta Vaca, diga lo que diga.

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