Cataluña garantiza a España

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ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

España no es una comunidad en busca de reconocimiento foráneo de su identidad nacional, como si fuera una recién llegada a la vida internacional. Ni tampoco es un país que esté poniendo en peligro la paz de sus vecinos, como los de la extinguida Yugoslavia. Sin embargo, sus altos dignatarios viajan a las metrópolis europeas, con los hábitos blancos de colonizados que les impuso la consigna de la homologación, para exhibir modales de indianos del Imperio y comportarse, ante quienes al fin y al cabo sólo son sus colegas extranjeros, como si el problema de Europa fuese la estabilidad de su colonia hispana y ésta dependiese de la voluntad de sus gobernadores provinciales. El asunto no es de orden menor. Para comprender que su verdadera dimensión rebasa la del ridículo de nuevo rico, basta con imaginar la situación inversa. Si el jefe del Gobierno francés o del land bávaro viniesen a España para asegurar al Rey, Aznar o Pujol que ellos les garantizaban la estabilidad política de Francia o de Alemania, sería inevitable pensar que esos dos pueblos están a punto de romperse o que sus gobiernos piden apoyo al español para mantenerse.

La gran noticia que ha merecido los titulares de primera página consiste en que Pujol ha garantizado a Chirac la estabilidad política de España. Pero lo que produce curiosidad, no exenta de inquietud, es la razón de que sea noticia. Porque, ¿quién es Pujol para dar tal garantía a un jefe de Estado extranjero? Y, ¿quién es Chirac para demandarla o recibirla? Desde un punto de vista formal o protocolario no tiene explicación plausible. Claro es que la estabilidad del gobierno Aznar depende de la voluntad de Pujol. Pero, aparte de que esa estabilidad gubernamental no se puede confundir con la del país, no hay la más pequeña novedad en la actitud política de Pujol. La noticia no está pues en lo que ha dicho, sino a quien lo ha dicho. Pero, ¿por qué es tan importante que Pujol diga en París lo que no se cansa de repetir en Madrid y Barcelona? ¿Tal vez dudaba Chirac de la honorabilidad del Honorable? Y ¿qué nos importaba a nosotros esa duda? ¿Acaso se había hecho saber a Pujol que Francia cambiaría su política respecto a España si dejaba de sostener a Aznar? Estos simples interrogantes no agotan las sospechas que levantan siempre las diplomacias heterodoxas.

Tan seguro y arrogante en su comarca, y tan servil y obsequioso en París, Pujol busca siempre el gesto nacionalista que prefigure o suponga un poder internacional para Cataluña. Porque lo que de verdad le importa a él no es el ingreso de España en el núcleo fuerte de la Unión Monetaria, sino el de Cataluña en la comunidad internacional. Aunque prefiere subordinar el interés catalán al condicionamiento del marco del Banco alemán, antes que al de la peseta del Banco de España, su pasión dominante no está, contra lo que pueda parecer, en la economía o cultura catalanas, que a la postre son pasiones nacionalistas de orden instrumental, sino en los símbolos de que Cataluña esté siendo reconocida, en los ámbitos deportivos y políticos de la comunidad internacional, como entidad nacional propia. Por muy ridículo que nos parezca, el gesto de Pujol ante Chirac tiende a crear la imagen de que su poder no es el de un pequeño partido regional que sostiene con unos pocos diputados al partido gobernante en España, cosa normal en otros países, sino el de una nación que está en condiciones de garantizar internacionalmente a otra más grande. Pujol crea la ilusión catalanista de que España no garantiza la estabilidad de Cataluña, sino Cataluña la de España.

(3/1/1997)

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Gonzalo

La ley fundamental del Reino borbónico de 1978 fué una regla que reguló el pasado con el presente y se necesita una norma que aprendiendo del pasado en el presente se hiciera para el futuro.Ninguna sociedad puede vivir sin un ideal que la inspire y un conocimiento claro de los principios que guian su organización.Los principios importantes de la civilización son aquellos en los que estas dos condiciones se cumplen.¿Quo vadis Cataluña?.