Agujero negro en la izquierda

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

La izquierda española desciende de la montaña francesa que puso fin al orden feudal. La libertad separó a la Iglesia del Estado, y al poder político de la propiedad inmueble, para que el pueblo, emancipado de la religión y de la herencia, se pudiera gobernar a sí mismo. Pero la libertad hizo insoportable la herida de la desigualdad. El pueblo gritó «vivan las cadenas». Superada la reacción, la izquierda buscó en la igualdad las oportunidades que la libertad no daba. Dividió su acción política según teorías extranjeras sobre las causas de la desigualdad y la miseria. La izquierda liberal las situó en la ignorancia y centró su débil acción radical en la enseñanza pública. La izquierda libertaria, al encontrar el origen de la miseria en la pérdida del modo de producir artesanal, confió todo a una sentencia de la justicia popular: «la propiedad para quién la trabaja». La izquierda igualitaria, al imputar la causa de la desigualdad a la propiedad privada, propuso organizar la economía colectiva mediante la conquista gradual (socialismo) o de golpe (comunismo) del Estado.

Pero ninguna de estas izquierdas tuvo aquí originalidad de acción o pensamiento. Y lo han pagado con el heroísmo sin secuela de la Guerra civil y el oportunismo sin retomo de la Transición. Para imaginar el porvenir de la izquierda hay que desvelar el error capital de su pasado, la causa de su inanidad política actual. Las frustraciones de la historia parecen indemostrables. Por eso arraiga la idea de que el presente de la izquierda era la única posibilidad encerrada en la situación pasada. Curioso determinismo que sólo admite lo posible cuando, realizado, ha dejado de serlo. Pero el texto de la historia es indescifrable si no se revisa como a las mantillas de semana santa. No se percibe la filigrana hasta que, con su despliegue, los huecos explican y realzan el sentido de la trama.

El despliegue de la izquierda descubre, en el tejido de sus hazañas sociales, un agujero negro que las atrapa en la nada política. Los modales democráticos han, invadido el lenguaje y las conductas de la vida cotidiana en la sociedad, mientras siguen invariantes las ideas y hábitos tradicionales de la vida política en el Estado. Ningún pueblo europeo presume así de lo que no tiene. Y nos preguntamos por la razón de esta demagogia. ¿Por qué una cultura socialmente democrática, con predominio de valores igualitarios, no se ha traducido en una democracia política? El pensamiento y la acción de la izquierda, ocupados en batallas sociales que democratizan las costumbres, nunca se preocupó de las reformas institucionales que democratizan el poder.

Esta dolorosa constatación no tiene nada de sorprendente. Las acciones y las ideas que fundaron las cuatro corrientes de la izquierda continental europea nunca pusieron a la democracia en su punto de mira. No lo hizo la izquierda liberal, heredera de la Constitución oligárquica del Directorio, por considerar que el Estado liberal, producto de la reacción, formaba parte del «bloque revolucionario». No lo hizo el anarquismo, por entender que la cuestión no está en mejorar el ejercicio del poder, sino en suprimirlo. Y no lo hizo el socialismo, ni el comunismo. La izquierda actual no quiere recordar que la indiferencia ácrata, respecto a la calidad del poder político, está presente en la teoría y práctica de todos los partidos que traen su causa del marxismo. Marx concibió su teoría social bajo la hipótesis de la disolución del Estado en una sociedad sin clases. ¿Para qué mejorar lo que va a desaparecer? Marx edificó su teoría de la revolución sobre planos levantados por historiadores franceses y padeció el mismo error de la izquierda liberal. ¿Para qué reforzar, con la democracia formal, el arsenal ideológico del Estado burgués?

Marx atribuyó al poder político una naturaleza sustantiva, como aparato estatal y no como relación social. ¿Para qué estropear, democratizándola, una maquinaria de intimidación, que la clase obrera necesitaba intacta para revolverla contra la burguesía? Por estos errores de escuela, la izquierda no tiene una teoría del Estado ni una práctica del poder diferente de la tradicional. Este es su agujero negro. Su fuerza de gravedad es tan grande que haga o diga lo que quiera, renegada o no del marxismo, la izquierda en España, respecto al poder, al Estado y a la política, es de derechas, o sea, no democrática.

(EL MUNDO 23/08/1993 )


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Gonzalo

Fué el temor a la libertad,y no la libertad,el auténtico personaje principal de la transición española de los años 70.El temor ha cumplido una función relevante en el tránsito del Estado de un partido al Estado de varios partidos.El temor de los hombres de la dictadura ha evitado la transición a la democracia.La democracia fué rechazada por el temor de los cabecillas de partidos de izquierad a la libertad política de los que contribuyen a la cosa pública.Fueron los partidos prohibidos de la izquierda los que frustraron el proceso español hacia la democracia cuando estaba en el momento de acabar.