El sueño patriótico de Dante

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

No hay empresa intelectual más incesante, y más vana, que la de fundar las relaciones de poder en la vida de la razón. Cuanto más evidente es el fracaso de ésta para explicar la política, más se acentúa la pueril insolencia de justificarla con ella. Lo cual no significa que sean tan inconciliables entre sí como el agua y el aceite. Porque, vista su relación desde el punto de vista de la historia, no hay causa que haya dilatado tanto el espíritu humanista y el ámbito geográfico de la política como el impulso de la razón. A la pasión política le sucede como a la amorosa. Confinan la razón en los sótanos de la vivienda donde habitan los sentimientos que las nutren. Y reclaman su presencia en el salón de las desavenencias tan pronto como, mudos ya esos sentimientos, tienen que justificar, en causas objetivas, su predisposición a cambiar de pareja o de camisa, para volver a enajenarse con mayor amplitud de miras y de conciencia.

La razón certifica las causas de defunción de los sistemas de dominación irracional que operaron en el pasado. Las dictaduras. No la irracionalidad de la dominación presente. Las oligarquías. Pues la razón actúa a las órdenes del sentimiento preponderante. Y mientras éste no sea racional, por no brotar de las emociones universales de libertad e igualdad, aquella seguirá morando en las catacumbas de la ciudad. Cuando emerge de ellas, su doloroso fracaso nos deja al menos la indeleble huella de su emocionante designio. La racionalidad política fracasó como motor del Estado de un solo país, en Francia y Rusia, y triunfó como ideal de la humanidad. Las derrotas de la razón alfombraron, con humus negro de los campos de batalla, los caminos de la historia nacional que ensanchó y elevó nuestro instinto de animalidad territorial. La geografía cedió a la historia nacional su imperio sobre nuestras almas paisanas. Y ahora, acudiendo a ese instinto de conservación de la vida, la ecología se toma la revancha. Las historias de las naciones ceden su protagonismo a las geografías continentales que darán paso al nacimiento de la conciencia planetaria.

La historia universal no sigue los recursos de un destino. Pero sí los de sus causas. Y una de ellas, con seguridad la más profunda, es la rivalidad por los recursos naturales. El Estado de la Vieja Ciudad basó la esclavitud -con agricultura de regadío, navegación a vela, paganismo y filosofía natural- en la maestría técnica del uso directo de la energía solar. Los imperios del Estado nacional fundaron su hegemonía -con industria extractiva, fabricación de máquinas, cristianismo y economía mercantil- en el dominio de la energía solar acumulada en los bosques y entrañas de la tierra. La última guerra mundial dio el poder a los Estados Unidos -con su organización racional de la herencia europea- por su adelanto en la domesticación física de la energía solar con fines bélicos. El control cibernético de las fuentes de energía está dando lugar a Estados continentales que, sin fuerza muscular (paro) y cultura neutra (Dalmacio Negro), monopolizan los recursos del planeta.

¿Qué porvenir tendrá el patriotismo aldeano o nacional en esta proyección planetaria de la vida? Salvo en brutos irremediables el apego al paisaje y la familia de nuestra infancia, queridos porque son únicos, no porque sean los mejores, abre de par en par las puertas de la lealtad hacia las querencias más libres, y por eso más nuestras, de la madurez. Sin esta apertura no se podrían compaginar los cariños a los vínculos del pasado (padres, patria, Chica, tradición) con los amores a las fuentes de la felicidad futura (hijos, patria grande, libertad). Cuando la energía que mueve el esfuerzo social ya no es la muscular, ni la del carbón, el sentido primordial de la patria no puede arraigar en la piedad que carga sobre sus espaldas la tradición agrícola (Eneas), ni en la ambición de poder que la entierra en progresos industriales (Fausto). La frontera patriótica de la comunidad nativa encogerá y ensanchará el horizonte de las sinrazones históricas, hasta que la geopolítica de la vida inteligente haga del planeta la patria chica de la razón universal. El mejor sueño de Dante.

LA RAZÓN. LUNES 18 DE ENERO DE 1999

 


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