Sentido de la vida

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

Todo lo que conocemos y sentimos proviene de un libro que tardó miles de millones de años en diseñarse y que aún tiene páginas inéditas. El Libro de la Naturaleza no fue escrito sólo para los humanos, sino para todos los seres de existencia real o virtual en el Universo. Durante un corto tiempo de ilusiones infantiles, pareció que tal obra había sido concebida para nosotros, porque sólo con el hombre, al que adiestró en inteligente curiosidad, se permite jugar al escondite. Reto tan apremiante que, con los primeros signos de lo desconocido, y para asegurarse el dominio en ese juego, lo humano creó las reglas de la magia, la religión, la técnica, el arte, la sociedad, la economía, el Estado y la ciencia. Con cada invento creyó haber descubierto el modo de controlar las fuerzas ocultas. El libro de la Naturaleza, nada paciente con los errores humanos, nos parece perfecto porque ha borrado de sus páginas las huellas de sus monstruosos fracasos. Y la belleza de sus éxitos nos distrae del derroche de energía que emplea en producir una criatura. Dios no puede ser autor de este modo tan caro de avanzar por ensayo y error.

Pero sí parecen divinas las lecciones de la Naturaleza sobre el sentido y el ritmo de la vida en las especies y los individuos. Estos nacen de ellas para hacerlas crecer, y mueren también por ellas. Por esta fidelidad absoluta a la primacía de las especies, el sentido de la vida personal no puede hallarse en los momentos cruciales donde se une, con el nacimiento y la muerte, al sentido de la especie animal. Lo humano sólo puede estar en el curso de las existencias personales que cumplen, o traicionan, su misión de acrecer y mejorar la humanidad a la que pertenecen. Nacer y morir son hechos de la especie. Como tales, carecen de sentido personal. No preguntemos por qué nacemos y por qué morimos, pues son meros hechos de existencia que, como en el mito de Parsifal, responden a preguntas no formuladas antes, y parecen obedecer al egoísmo narcisista de las especies. Preguntemos por lo que puede obtener respuestas con sentido personal. Para qué vivimos, cuál es el destino de la persona en la humanidad, cómo procurar a ésta su más feliz sobrevivencia.

La procreación no es la finalidad absoluta de los individuos. Un aumento de población superior a lo que el medio ambiente permite conduciría a la extinción o debilitamiento de la especie. El amor a los hijos de un amor selectivo, y a la Naturaleza vecina, dan un maravilloso sentido trascendente a las vidas personales. Pero el llamado género humano es una especie naturalmente social. Su crecimiento se une al de las sociedades donde se desarrolla. En ellas se define lo que podemos y debemos hacer, según vocaciones y capacidades, para aumentar la potencia de la sociedad humana, mejorándola de calidad. Una vida es tanto más personal y mejor realiza su destino, cuanto más y mejor contribuya al desarrollo social, es decir, a conquistar la igualdad de oportunidades y libertad de vocaciones que lo hacen idealmente posible. Y esto implica la necesidad personal de asegurar la libertad política colectiva y el valor social de la sinceridad, sea cual sea la edad, profesión o situación en que se encuentre el individuo.

Si tuviera que ver de una sola mirada lo único que imprime sello personal a una larga vida de pasiones, agitada por múltiples y variadas experiencias; si estuviera obligado a decir, en pocas palabras sentidas, a dónde conduce la sinceridad, con el paso de la juventud de las pasiones a la madurez de los sentimientos, no dudaría en afirmar que, pese a los aparentes cambios de destino y a la variación de situaciones, la vida de un espíritu inquieto transita, sin darse cuenta cabal, desde la búsqueda de la verdad, a las vivencias de lo verdadero. Y desde las pasiones de conocer, querer, poder y hacer cosas o relaciones realizables en el mundo de la vida, a la pasión de comprender y sentir la vida del mundo.

LA RAZÓN. LUNES 4 DE OCTUBRE DE 1999


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Sergio

Qué decir… Precioso.

Gonzalo

Los seres humanos no nacen iguales en capacidad física y mental,tampoco en condición social por lo que la Sociedad y el Estado tienen que ratificar la identidad de derechos y oportinidades.

Isa

Sencillamente magistral.

Spinoza

Una conclusión a un bello ejercicio, muy espínociana: el conocimiento racional de la naturaleza. “Amor intelectualis dei”

Gracias

Juan Antonio Pérez García

Emocionante descripción del sentido del ser uno con todo.