Claro

Oscuro

Todos somos responsables en distinta medida, del deterioro de la Naturaleza. Desde los grandes centros de polución hasta los consumidores de sus productos industriales. Del mismo modo, todos actuamos sin saberlo en la concreción social del poder político, es decir, todos hacemos siempre política. Desde los afiliados en partidos y los que los votan, hasta el más consecuente de los anarquistas o el mendigo que nos asedia en los semáforos, todos contribuimos a construir, en el seno de la sociedad civil, la idea del poder estatal que, luego, la sociedad política concreta como práctica moral, y define como organización formal.

No me refiero a la obviedad de que todos padecemos la acción de la política (de la que nadie puede “pasar”, porque los efectos de la causa política le «sobrepasan» y arrollan, aún más que las leyes punitivas a los delincuentes), sino a esa circunstancia histórica, hasta ahora desapercibida en la teoría política, de que todos somos agentes inconscientes de la idea y clase de poder estatal que nos domina. Bajo cualquier Régimen, la inmensa mayoría aumenta y consolida cada día, con el ejercicio de su profesión, la mentalidad ideológica que se traduce luego, con el poder estatal, en forma funcionarial y política. Sólo una ínfima parte, integrada por trabajadores autónomos, cooperativistas, profesionales libres, intelectuales, humanistas, ecologistas y estudiantes ricos, debilita la poderosa corriente cultural que produce la hegemonía de la opinión, civil y pública, sobre el poder estatal. Todos participamos, pues, en la formación de la idea del Estado y del Gobierno, que es el nivel más profundo de la acción política. Y también el más primitivo e inconsciente.

Para percibir este dato, tan inesperado, no basta con distinguir entre la Política, una acción que se refiere a la ocupación del poder estatal, y la Administración, un medio de conservarlo con la distribución de recursos públicos más adecuada a la naturaleza del gobierno. Además, hay que entrar en la intimidad del poder gubernamental para distinguir, dentro de él, los dos elementos que indefectible y eficazmente sintetiza: el coactivo y represor, constituido por el monopolio de la violencia, común a todas las formas de gobierno; el directivo y promotor, basado en la clara hegemonía de la idea estatal en la sociedad civil, distinta en la dictadura, la oligarquía de partidos y la democracia.

Y es aquí, en la concreción de este espiritual ingrediente civil, donde todos hacemos política y actuamos en la política. Unos de forma directa y consciente, participando en los partidos y en los procesos electorales; otros, de manera indirecta y consciente, comunicando información política en los procesos de formación de la opinión pública; y todos, de modo involuntario, absolutamente inconsciente, desarrollando con el trabajo cotidiano, y el ocio organizado, los elementos de orden privado y disciplina social que constituyen la esencia misma del orden público y la idea del Gobierno en el Estado, según la distinta naturaleza de su Régimen político o, lo que es igual, según el grado de represión que la sociedad demanda al Estado.

Teniendo en cuenta esta circunstancia histórica, incontrolable, las formas más eficaces de actuar en política; si se quiere humanizar la acción del Estado y acomodar los gobiernos a la libertad de los gobernados, serian las indirectas. Aquellas que no consolidan el poder estatal a través de unas prefiguraciones estatales, como partidos, sindicatos monopolios industriales, oligopolios editoriales y otros centros disciplinarios de la mentalidad por medio de consignas, sino que lo disuelven con el cultivo intensivo de la responsabilidad social y la solidaridad horizontal, en todo tipo de Organizaciones No Gubernamentales; o lo mitigan con la influencia, en la sociedad, de opiniones independientes de la que, como si fuera opinión pública, cae en cataratas sobre ciudadanos mentalmente indefensos, desde centros mundiales y nacionales de información. La incipiente reflexión de este artículo nace, a la vez que una RAZÓN de más ambición cultural que política, con la esperanza de que sea entendida y compartida por la juventud iconoclasta de los ídolos y mitos del país oficial.

LA RAZÓN. LUNES 22 DE FEBRERO DE 1999


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