Inteligencia artificial

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

A medida que la humanidad avanza en comodidad de vida, con el uso laboral y doméstico de la técnica, retrocede el valor social de la experiencia general y de la inteligencia individual. Donde la tecnología reina, la indocta juventud presenta sus credenciales al mando y la sabiduría jubilada se retira a los asilos. Esta regla no ha cesado de manifestarse en toda época de revolución de las costumbres. Y ahora nos induce a creer que la inteligencia artificial terminará por ganar, a la experiencia, la partida de la organización social y política. Fascinados por la brillante apariencia de vida inteligente que la tecnología comunica a veces al mundo de las cosas, propendemos a dejarle también entre sus manos el de los hombres. Muerto el utopismo de racionalidad en las relaciones entre personas, la esperanza de impulsar la vida de la razón se puso, al instante, en la relación entre las cosas. Tras el fracaso de la fraternidad revolucionaria, el sansimonismo sembró los sueños del socialismo con semillas racionales para que naciera, en campos industriales, el gobierno de las cosas. Y allí germinó la utópica idea de un gobierno mundial de proletarios.

La falta de comunicación con sentimientos y pensamientos ajenos, causada por los límites naturales de una imaginación personal incapaz de trascender los de su propia experiencia individual, fue suplida con los ideales colectivos de las grandes ideologías. Agotada la función integradora de esos credos políticos, como la de los mitos y religiones, la falta de comunicación inteligente entre personas se suplanta con relaciones inteligentes entre las cosas. La inteligencia artificial produce la ilusión de que resuelve problemas humanos de manera autónoma y universal, como si ella no fuera causada por la inteligencia personal, y los problemas no tuvieran su origen en oposición de intereses. Esta ilusión coloca a la juventud informatizada en una situación anacrónica. Frente a un ordenador o a un edificio inteligente, el raciocinio del joven usuario dimite ante el caso particular o lo imprevisto, como sus mayores hicieron antes en el mundo moral, frente a las máximas universales de la experiencia.

Si prescindimos del valor puramente instrumental o informativo de la cibernética, y la usamos como criterio de acción personal, la inteligencia artificial de un ordenador no se diferencia en calidad y función de la comunicada por la experiencia universal que traducen los refranes. Sancho Panza creía dominar por medio de proverbios, aunque se contradijeran los unos a los otros, el mundo real que se escapa de la fantástica imaginación de un idealista caballero. No es muy distinto lo que acontece cuando se acude a las conclusiones apodícticas de las ciencias morales, acumuladas en el archivo de un ordenador con inteligencia artificial, para resolver cuestiones particulares de la vida económica o jurídica, por ejemplo. Para los modernos agiotistas y los jóvenes abogados, la sabiduría de sus viejas profesiones ha pasado, desde el cálido rincón del hogar refranero de sus abuelos, a la fría tecla de sus portátiles ordenadores.

La calculadora pone fuera de circulación la intuición personal de los números. El ordenador, la creadora memoria subjetiva de ideas y acontecimientos. La inteligencia artificial, las bases analógicas e imaginativas de las que surge la posibilidad del razonamiento lógico. La realidad virtual, el caos de la fantasía. En la minoría estudiosa, ningún otro invento anterior le ha sido tan indispensable para potenciar su trabajo. Pero si toda la juventud enhebra su educación con estos fríos hilos electrónicos, ¿de qué lianas naturales se enredará el sentimiento de la poesía? ¿De qué brote orgánico podrá emerger un rayo de la razón que llegue a las estrellas? ¿De qué manantial emotivo manará la belleza de una teoría de la acción para todo el género humano? ¿De qué pozo instintivo beberá una genuina vocación política o religiosa? ¿De qué oscuro limo saldrán las flores del arte?.
LA RAZÓN 8 DE MARZO DE 1999


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Gonzalo

Durante épocas se ha renunciado y desdeñado la inteligencia y la actitud iniciadora,separándolas de las instituciones de enseñanza,del Estado y de los partidos políticos,por lo que esas capacidades personales han de ordenarse para que tenga presencia en la sociedad civil.La parte más despierta de la sociedad civil ha de apoderarse de la libertad política colectiva para traer la democracia a España.

Jacobo Fitz-James Stuart Fernández de Castro

Cuando leí el libro de Roger Penrose “La nueva mente del emperador” vi confirmada mi intuición de que la Inteligencia Artificial, al menos tal y como se desarrolla actualmente, nunca podría emular el pensamiento humano.
Y sin embargo la fantasía cibernética retorna una y otra vez como un fantasma.
Muy interesante este análisis sobre el efecto anestésico de la utopía tecnológica.
Algo análogo ocurre con las redes sociales, que ingenuamente son consideradas como una garantía de libertad de pensamiento y democracia.
Si bien la máquina es un producto del ingenio, desgraciadamente es también hermana de la pereza.