La vuelta al Sudán francés

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MARTÍN MIGUEL RUBIO.

     El entrometimiento militar francés en la crisis que sufre el estado fracasado de Mali supone una pretendida autoridad moral que parece tener aún la antigua potencia colonial, que con el grande e irrepetible De Gaulle se esforzó por crear en África “La Comunidad Francesa”, que debía resultar una especie de Mercado Común y Ayuda Mutua de toda la francofonía colonial. Sería el francés y la cultura francesa, y una especie de tolerancia de corte liberal, y no la religión, los que debían vincular a las antiguas colonias. Pero si miramos las fronteras de Mali, líneas rectas trazadas a tiralíneas, demasiado rectas para no ser arbitrarias, en seguida nos percatamos de la artificialidad absoluta y caprichosa de dicho estado. Y nos llega la sospecha inmediata de que Mali es un invento europeo, sin ninguna justificación histórica, producido sólo por los cruces matemáticos de meridianos y paralelos en los despachos de la metrópoli. Mali fue siempre un estado fracasado por su propia artificialidad, ajena por completo a los que habitan Mali, que esos sí que no son artificiales. La inteligencia francesa hoy es tan aguda que fácilmente puede ella misma cortase con la navaja de su afilada inteligencia: en la actualidad bombardea a los mismos que armaba en la lucha contra Gadaffi. Con frecuencia los intereses materiales de las naciones obligan a quebrantar su discurso ideológico o ético. Lo malo es que el resto de Europa y los EEUU también se corten. La realidad cruda es que Francia armó a unos salvajes en Libia para matar a Gadaffi y así controlar el petróleo libio y salvar la Banca de Francia, y ahora bombardea a otras gentes para mantener el control sobre el uranio del Sahel que alimenta sus centrales nucleares. A la grandeza del gran De Gaulle, que tanto hemos alabado en estas páginas, le ha seguido una ristra de enanos mezquinos. Desde luego Francia siempre ha seguido unos principios en la política internacional que fueron expresados por el gran americano Alexander Hamilton de la siguiente manera: “Foreign policy should be based on self-interest, not emotional attachment; the supposed altruism of nations aften masked baser motives; individuals sometimes acted benevolently, but nations seldom did” ( La política exterior debería fundarse en el propio interés, y no en el apego emocional; el supuesto altruismo de las naciones a menudo ha enmascarado motivaciones más viles; los individuos algunas veces han actuado con benevolencia, pero raras veces lo han hecho las naciones ).

La independecia de las antiguas colonias francesas, cuyas fronteras trazó el tiralíneas rectísimo del socialista Gaston Deferre, nunca fue verdadera. Han seguido siempre en manos de los intereses de Francia, que quita gobiernos y gestiona la riqueza natural de los territorios, manteniéndoles siempre en una deuda pública que los encadena a la Metrópoli. África aún no se ha emancipado.

Pero África no necesitó nunca de Europa en su búsqueda de la felicidad. En la época en que Pericles mandaba a Fidias dirigir las obras del gran complejo del Partenón, aparecía en el oeste africano, en el Sudán occidental o francés, una gran cultura que conocía como ningún otro pueblo en aquella época el trabajo del hierro, la cultura Nok, que se asentaba sobre pueblos de lenguas bantú, que se extendió al sur y al este de África, y que entró en un rápido declive aún difícil de expresar, pero que en todo caso revela una civilización y tecnología muy superiores a las que entonces existían al oeste de Europa. La cultura Nok impide hablar ya de la superioridad de la raza blanca sobre la negra.

El actual Mali no corresponde exactamente con el gran Imperio mandinga de Melle o Mali, al que llegó en el año 37 a. C., el general romano Cayo Suetonio Paulino, y del que sabemos que dio una descripción que, aunque no ha llegado hasta nosotros, fue utilizada por Plinio. Es más que probable que la propia Cartago sostuviera relaciones comerciales a través del Sahara con la nación mandinga. Pero, en todo caso, en el territorio de Mali se han superpuesto en estratos perfectamente identificables diversas culturas y pueblos que deben tener cabida en la historia política cotidiana de Mali. Los tuaregs, desplazados por los diversos sultanes de Marruecos, se instalaron en Mali desde la Edad Media, y su cultura y mundivisión tienen todo el derecho de ser protegidas por el gobierno de Mali. Su aportación en el desarrollo del poderoso reino comercial de Tombouctou, hoy bombardeado por aviones franceses de lo que se avergonzaría Charles De Gaulle, es incuestionable, con sólo leer la “Descripción de África”, hecha por León el Africano ( Leo Africanus ), que enviado por los sultanes de Marruecos a Tombouctou, acabó siendo amigo del Papa León X, quien él mismo bautizó con el nombre de Juan León. Los portugueses fueron los primeros europeos en penetrar en el Imperio mandinga, con la intención de encontrar a su rey Preste Juan, que reinaba sobre un país en donde el oro se creía existía en abundancia. Los annales del Sudán mencionan una embajada portuguesa cerca de Sonni Alí, que precisamente iba a extender el reino de los shongai a expensas de Tombouctou y del antiguo imperio mandinga de Mali.

Los viajes del inglés Mungo Park a finales del siglo XVIII a Mali y sus descubrimientos en el Níger habían producido gran sensación en Francia, en donde se interesaban particularmente por Tombouctou, y la “Sociedad de Geografía de París” instituyó un premio destinado al primer viajero francés que llegara a Tombouctou. Y el premio recayó en Renato Caillié, quien inoculó en Francia tal pasión africana que la construcción del Sudán Francés viene de entonces.

No hay duda alguna de que hoy falta en Mali un Modibo Keita ( derrocado por los militares del coronel Monssa Traore ), que sepa unir de nuevo las distintas culturas y etnias del antiguo Sudán francés – en donde se juntan el desierto y la sabana, la aridez de las montañas y los bosques impenetrables de los valles – en una meta ilusionante y esfuerzos comunes, en un objetivo que sea la felicidad y el bienestar de todos los pueblos que habitan en Mali, no perjudicando a unos en beneficio de otros. Pero también falta en la misma Francia hombres como Raymond Jannot y Jacques Foccart, que conozcan en profundidad los asuntos africanos, de suerte que nunca se dé lugar a pactar con el diablo ( Al Qaeda ) las justas reivindicaciones étnicas. ¿Hasta la propia Francia estará sufriendo una bajada de nivel intelectual de su Administración, otrora crema de la intelligentsia y tecnocracia europeas? Porque a menos nivel intelectual, más motivaciones viles y egoístas. Más estúpidas bombas y sufrimientos. Bombas y sufrimientos que nada solucionarán, salvo quizás enquistar un odio antifrancés que dilapidará las buenas cosas que sin duda Francia llevó a cabo en aquella región. Con cada sufrimiento injustificado – sólo justificado por mezquinos intereses económicos – que genere Francia y, en general, Europa, al mundo árabe,  el terrorismo islamista crecerá, se alimentará y tendrá su razón de ser ante el pueblo árabe.

Como decía el buen católico Chesterton con muy amarga ironía: “Hoy en día es algo generalmente aceptado, con gran alegría y buen humor, que una de las principales características de la paz que disfrutamos en Occidente es el asesinato de un considerable número de seres humanos inofensivos.”

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