Chochez nacionalista de Pujol

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

Las personas con mucha voluntad de poder político tienen, al parecer, mayor aliciente biológico para prolongar su vida. Es posible que sólo se trate de una cuestión genética. La ciencia hormonal dirá por qué es tan frecuente que la longevidad sea mayor en las vocaciones incesantes. Los artistas, religiosos, científicos, filósofos y políticos suelen vivir más tiempo que las personas de su generación dedicadas a otras profesiones con ley de jubilación social. El fenómeno ha sido visto y comentado desde la antigüedad. Pero no conozco un estudio específico o una reflexión de interés sobre el hecho, también constatable, de que solamente la ambición de poder comparada con las que aumentan la calidad de la obra creadora durante la ancianidad acorta la vida de la razón y del entendimiento en la misma medida en que alarga la vida política en el cargo estatal. La senilidad de la razón, esa triste ley de jubilación biológica que hace buena a la muerte, aparta de su misión en el mundo a los privilegiados que pueden escapar de la jubilación profesional forzosa, menos al político gobernante. Tal vez porque un cierto grado de vejez prematura, en las vocaciones políticas de tantísimas épocas de conservación, ha llevado a tomar por madurez la chochez de los mandamases duraderos.

Traté al Presidente de la Generalitat con afín simpatía, cuando la oposición al franquismo nos hacía idealmente jóvenes. De todos los políticos de aquella oposición, fundamentalmente táctica, a la que llegué a conocer tan bien (Gil Robles, Sainz Rodríguez, Carrillo, Ruiz-Giménez, Calvo Serer, Tierno, Felipe González…), el único con el que podía entretener conversaciones de estrategia, sobre la acción opositora de la libertad en la configuración del futuro Estado democrático, era el inteligente catalanista Jordi Pujol. En los primeros años de su Presidencia no critiqué la estrechez de su nacionalismo, que yo atribuía a un patriotismo egoísta de partido, porque confiaba en el despertar de su sentido de la libertad, para reconducir el catalanismo hacia metas más generosas y universales, a través de España. Pero su apoyo parlamentario a la corrupción y al crimen de Estado, para la «gobernabilidad» de España, mostraba que su envejecimiento en el poder había embotado, en su corazón, toda fibra de sensibilidad moral y, en su cabeza, todo atisbo de inteligencia de la libertad política. Por eso no me ha extrañado que ahora, atrofiada ya su razón en esta insensata transición, llegue hasta el extremo de no renovar la licencia de las emisoras de la COPE, por la tonta extravagancia de que la libertad de expresión no es la libertad para mentir. Sólo la chochez explica, en él, tal disparate.

La dictatorial decisión de Pujol no ha sido sostenida con valor cínico (en Cataluña no habrá lugar para medios de comunicación «españolistas»), ni con hipocresía inteligente (la democracia exige no concentrar las emisoras de radio en grandes cadenas), sino con la vieja dogmática religiosa que reduce la libertad de expresión a la necesidad de decir la verdad, confundiéndola con la libertad de conciencia. Si la libertad es lo contrario de la necesidad, la libertad de expresión en sentido estricto es la libertad de mentir. Una persona veraz no es libre ante la verdad, sino su esclavo. La coacción de la verdad es irresistible. Si las leyes protegen la libertad de expresión no es para defender la verdad contra la mentira, sino para permitir que, sin miedo, se pueda hablar bien o mal de un tipo de poder que, por su propia naturaleza, tiende a premiar la adulación y a silenciar o punir la crítica. En Cataluña no hay libertad de expresión porque hay temor a discrepar de Pujol. Único criterio de la verdad y único ser verdadero, cuya teocracia nacionalista pagana ha silenciado políticamente a la Iglesia, ¡en virtud del octavo mandamiento!

LA RAZÓN. LUNES 17 DE MAYO DE 1999


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Gonzalo

Durante épocas se ha desdeñado y privado el valor y el entendimiento inventor, separándolos de las instituciones de enseñanza,del Estado y de los Partidos por lo que esas aptitudes personales tienen que ordenarse para estar presentes activamente en la sociedad civil.Las Autonomías promueven los nacionalismos diferenciadores y separatistas por lo que deben ser equilibradas incorporándolas en la forma presidencial de Gobierno.

Pedro M. González

Coincido al 100% en su comentario D. Gonzalo