Pasión de corromperse

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

Sería interesante conocer el «sino» de las aventuras del corazón en la historia de los pueblos, al modo como conocemos el de las aventuras del pensamiento. Sospechamos, pero no sabemos, que los sentimientos elementales del ser humano cambian, como las ideas, al compás de los cambios en el sistema político y al ritmo de las modificaciones en la estructura social. Por aventuras del corazón entiendo, aquí, no solamente las correrías del amor, sino las de todas las pasiones individuales. Aunque haya dos, las ganas de comer y de dormir, las más animales de nuestras apetencias, que se han mostrado inmutables en su comportamiento biológico y en sus avasallador imperio sobre las otras, incluida la sexual. Y por «sino» entiendo el sentido de esas mutaciones en la capacidad de emocionarse y apasionarse. Los cambios producidos en las pasiones de poder y de gloria, a consecuencia de la transformación de la dictadura en oligarquía de partidos, sin alterar la estructura social, han provocado una marea reaccionaria en la manifestación sentimental de casi todas las demás pasiones. Y nada nos dice si esos cambios en el edificio anímico de los españoles son sólo de fachada social o, también, de interior instintivo. Ni sabemos si las pasiones predominantes en los gobernados son, como sus ideas, las de la clase dominante.

Es inútil acudir, en busca de respuesta, a los sabios filósofos del XVII. Ellos miraron las pasiones como médicos biólogos del alma sensitiva o como ingenieros mecánicos de los sentimientos. Descartes escribió su «Tratado de las Pasiones» para tratar la propensión a la melancolía de su amiga, la Princesa Elisabeth. La moderna sociobiología tampoco ha respondido a las esperanzas de sus fundadores y apenas ha superado las intuiciones de Comte, quien derivó los sentimientos de la predisposición genética, del gesto fisiológico de la emoción que precede a las pasiones y de la conducta social que las moldea en el medio familiar. Como es de suponer no me propongo hacer frente a un problema que sólo la ciencia podrá resolver. Pero se puede contribuir a esclarecerlo, sin abrumar a los lectores con erudición inoportuna, si limitamos la reflexión a definir, en varios ensayos, la idea primordial de las emociones y pasiones que antes se sentían en la vida del alma -honor, orgullo, dignidad, soberbia, vanidad, amor propio, amor de sí, pereza, miedo, envidia, ambición, codicia, aburrimiento, frivolidad, juego, amor, placer, venganza, libertad, justicia, verdad y poder- para relacionarla con los sentimientos actuales.

Hay que estar ciego para no ver que esos mismos sentimientos se manifiestan ahora de forma diferente. Pero esa no es la materia que interesa. Lo que trato de saber es si también se sienten de otro modo, si han cambiado de naturaleza íntima, si los ha mudado el cambio de valores morales y sociales de la transición, si el cambio se ha producido en la fase de la emoción que desencadena las pasiones, en la del temperamento personal que las exacerba o amortigua, o en la fase duradera del sentimiento que las sigue y manifiesta. Otra vez aquí se echa de menos un Stendhal o Balzac de la transición española.

Como el temperamento no puede cambiar en un período tan corto y tan poco intenso de sensaciones reales, el cambio en las pasiones corrientes ha debido ser orientado por un «sino» anestesiador de la sensibilidad para las emociones y propulsor de repentinos bandazos en la ideología de los corazones. Porque los cambios de chaqueta insensibilizan los cuerpos débiles, del mismo modo que las imprevistas oportunidades para la escalada del demérito mudan súbitamente las aventuras del corazón para guarecerlo, bajo otras pasiones de poder y avaricia, de los anteriores sentimientos de inseguridad y miedo. El «sino» hacia la indiferencia moral, que caracteriza el cambio sufrido en las pasiones tradicionales, está en la índole, moral y socialmente igualitaria, de la nueva pasión de corromperse.

LA RAZÓN. LUNES 13 DE DICIEMBRE DE 1999


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Gonzalo

La clase política de esta Monarquía parlamentaria y borbónica,dentro de un Estado de partidos, no habría llegado a ser tan descarada en el disparate ni tan atrevida en su disparate olvido,sino no tuviera por descontado la colaboración partidista de unos tribunales y unos medios editoriales CORROMPIDOS por la estructura de designación y priviligio.En España está raptada la libertad política de la sociedad civil con la exclusiva constitucional de la acción política en manos de los partidos instalados en el Estado.