Libertad como negocio

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

(A Jesús Cacho)

Las libertades sólo pueden ser un negocio lucrativo cuando son apariencias de libertad. Las libertades de la democracia miden su rentabilidad en grados de potencia de la nobleza de alma. La Constitución conserva, más que constituye, un poder oligárquico que usa las libertades como mercancía de los negocios de Estado. A los que sólo pueden acceder los chulos de los gobiernos y de los partidos estatales. Todo conocedor de la relación histórica entre la oligarquía en las instituciones y la corrupción en las costumbres, podía haber escrito «El Negocio de la Libertad» antes de que empezara el proceso narrado en esta primera Historia Real de la Transición. Pues, al decir de Homero, sólo los tontos se instruyen con el acontecimiento. Pese a la diversidad de asuntos tratados, Jesús Cacho desarrolla, como en la tragedia griega, el destino inexorable de un Rey: la fatalidad de que (sin un proceso constituyente de la democracia y con la codicia y la ambición de poder desatadas) confluyeran en la vida emocional de un Monarca las figuras que más se destacaran en la pasión de corromperse que se despertó a la muerte del Dictador.

No era fácil reducir a basura, en tan poco tiempo, las ideas y los comportamientos tradicionales de la izquierda, la banca, la prensa, la magistratura y la alta cultura. Tal empeño requería la concurrencia de audaces líderes de la degeneración en cada una de las manifestaciones del civismo y la educación. La transición a la «postmodernidad» los produjo en todos los sectores sociales. Y un mismo imán los atrajo al centro de poder fáctico donde se desahogan las pasiones de la frivolidad al calor de la segura irresponsabilidad. Allí los ha sorprendido Jesús Cacho, llegando desde distintos sitios de mérito al lugar de la catástrofe común. Pero hace 22 años, «El Negocio de la Libertad» no podía incluir, como ha hecho ahora, el índice de nombres de la Acomodación a la Monarquía financiera. Salvo el Rey, Adolfo y Felipe, que eran invariantes en la quiniela de 1978, los demás partidarios de la desventura nacional, del crimen de Estado, del negocio de la libertad y del pensamiento rasante, han tenido que ganarse, con las deslealtades y desmanes que aconseja siempre la impunidad, los célebres nombres propios que jalonan, junto a los Magistrados del Príncipe, el sórdido sendero de las repentinas fortunas y delitos políticos de la transición monárquica.

Cacho ridiculiza a los oficiantes de la Santa Transición. Sobre todo a sus intelectuales. Contra lo que pueda parecer, la acción dramática principal no es la de Jesús Polanco, sino la del propio Rey Juan Carlos. A partir de la irrefutable investigación del honesto periodista (en la parte vivida por mí su veracidad es absoluta), se seguirán diciendo las mismas bobadas sobre el papel del Rey en el 23F, pero a sabiendas de que son exactamente contrarias a la terrible verdad. Lo cual no debe ser motivo de satisfacción para nadie. Un moderno republicano no debe rechazar el régimen monárquico por sus vicios o escándalos (la publicación del «Negocio de la Libertad» provocaría la caída del Régimen en cualquier otro país europeo), sino por la única razón de que sus reglas de juego no son democráticas. Los negociantes de la libertad sitúan los signos del progreso en el enriquecimiento del monopolio de su «pirámide del miedo». No les basta con tener un Rey impuesto por el Dictador. Tienen que hacerlo además, en tanto que árbitro entre ricos oligarcas, riquísimo. Me admira mucho el sentido de la realidad con el que el autor ha podido llegar, a partir de unos indicios equívocos, al desvelamiento de la verdad. No menor debe ser nuestra gratitud hacia Ramón AKAL. Quien, como hábil ariete de la libertad de expresión, ha metido una goleada de escándalo al tricéfalo cancerbero del infernal negocio de la libertad del poder.

LA RAZÓN. LUNES 31 DE ENERO DE 2000


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Gonzalo

La clase política de esta Monarquía parlamentaria y borbónica dentro de un Estado de partidos no se habría presentado tan descarada en la corrupción,ni tan brusca en su corrupción abandonada,si no tuviera por deducido el amparo partidista de unos tribunales y unos medios editoriales corrompidos por la organización de designación y asignación.La flor y nata de poder han transformado tanto la indecencia política de las clases gobernantes como la enfermiza amoralidad de las multitudes desmenuzadas,en un modelo para la vida de fama además de una representación violenta de la frivolidad de la corrupción,la falsedad y la indecencia.Por su causa estatal y por su misión arbitral entre partidos estatales,la Monarquía borbónica está sustentada en España no tanto por un arrebato monárquico,sino por un arrebato monarquista de los partidarios del Rey actual.