Es antigobierno de coalición

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

La coalición del socialismo con el nacionalismo quedó inscrita en el registro nocturno del resultado electoral. Pero la voluntad política de inscribirla en el Parlamento ha tropezado con unas dificultades que la opinión no comprende. Sobre todo cuando son explicadas, en un mundo sin ideales, como obstáculos ideológicos a la integración de la derecha nacionalista con la izquierda españolista. Sin negar la importancia de esos aspectos externos de propaganda y de imagen, el problema de la fórmula catalana (la vasca es un remedo) está en la oposición de los intereses en juego. El Sr. Pujol está procurando la racionalidad económica de la hegemonía del capital industrial sobre el capital financiero. Su pertinaz insistencia en la autonomía de la gestión fiscal y financiera responde a esa exigencia de la derecha moderna.

El Sr. González representa una irracionalidad económica que conserva la primacía de la clase financiera sobre las clases industriales. Su credo monetarista, su anatema sindical, su exaltación de la economía especulativa a costa de la productiva, su socialsubvencionismo, su papanatismo ante «los grandes», cimentan la identificación del populismo felipista con los intereses de una derecha antigua, que interpreta la Banca y apoya el mundo de la cultura oficial y de las regiones atrasadas. Sin embargo, esta oposición profunda entre los intereses financieros del Estado y los intereses industriales de Cataluña y País Vasco, es fácil de adormecer por el enorme peso de los elementos comunes que determinan las fórmulas compuestas de gobierno en el Estado de partidos. La inestabilidad de un puro equilibrio parlamentario, la necesidad de mantener oculta la corrupción de los partidos, la ilusión de repetir una forma histórica fracasada de integración del catalanismo, la atracción hacia una Monarquía de Estado mínimo (gobernada por el Banco Central Europeo y la Generalitat), son factores que continúan empujando a la coalición de las conciencias inconscientes como nueva expresión del consenso constitutivo del régimen de poder que padece España.

Los elementos de contestación interna cooperan a la tranquilidad social de la fórmula catalana. El izquierdismo verbal de Guerra y el derechismo centralista de Roca prestarían, a su pesar, la coartada nacional a tan particular combinación de poder, ante los ilusos electores de izquierda y los empíricos centros financieros de Madrid. Queda por saber cuál sería el poder de decisión -y sobre qué materias- de tal coalición, y cual sería el efecto de un nacionalismo de Estado. Una creencia muy extendida considera, y éste es el error del honesto Anguita, que los gobiernos de coalición se fraguan sobre coincidencias programáticas. Pero está demostrado que las «mayorías concurrentes» se conciertan sobre un equilibrio de poderes negativos, capaz de impedir las acciones de gobierno no deseadas por cada partido de la coalición. Un Gobierno estatalnacionalista no se concibe para tomar decisiones por mayoría, ni para conceder autonomía (sinarquía) a los Ministerios. Tampoco es posible cohonestar los programas particularistas de CiU o PNV con el generalista del PSOE. Sólo queda la unanimidad, es decir, el recurso al derecho de veto, al consenso.

La minoría «extensa» españolista tendría el poder de decisión que le tolerase la minoría «intensa» nacionalista. Que no obtendría las ventajas que podría lograr con una colaboración parlamentaria. La conservación del poder explica las actitudes renuentes de los actores ante una fórmula de coalición que perjudicaría al nacionalismo moderado, en beneficio de los partidos españolistas de oposición y del radicalismo independentista. Quienes encontrarían la oportunidad de respondes, dentro y fuera del Parlamento, a un antigobierno que tomaría por escudo de su impotencia el factor nacionalista. No se debe olvidar que el nacionalismo autonomista encuentra la razón de su existencia en la oposición al Estado. Incorporado a él, no salvaría su brutal contradicción con simples alardes de «imperialismo casero», como el de imponer a la trágala su programa particularista. Semejante antigobierno de coalición, cuya negatividad ha sido afortunadamente presentida por Pujol, daría coherencia a otra alternativa industrial de la oposición al felipismo financiero, a la que un nacionalismo inteligente, en este momento de aguda crisis económica y política, no podría dejar de apoyar. Pero aún falta la consciencia de esta necesidad.

EL MUNDO 02/07/1993


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Gonzalo

Las Autonomías promueven los nacionalismos independentistas o segregadores,por lo que tienen que ser equilibradas incorporándolas a la forma presidencial de Gobierno.Las Autonomías promueven gastos públicos estériles,por lo que sus competencias susceptibles de ser municipalizadas tienen que ser traspasadas a los Ayuntamientos.