Subsocialismo, subfascismo, subnacionalismo

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

Todavía no comprendemos bien lo que ha sucedido en Italia*. Tampoco parecen saberlo los italianos. Aparentemente, las cosas de la política son sencillas de entender. Una lucha por el poder en el Estado entre distintas ambiciones. De personas, de clases, de categorías sociales. El asunto se complica cuando intentamos averiguar el sentido que tiene, para la sociedad, esa competencia entre individuos concretos, apoyados en ideas abstractas y grupos sociales indefinidos, por ocupar los cargos del Estado. Que sigue siendo la fuente primordial de seguridad social para muchos, de represión para bastantes, y de honores o riquezas para algunos. Si miramos lo que pasa en Italia, desde esta lejana perspectiva, tal vez no lleguemos a percibir el refinamiento íntimo de las situaciones locales, pero al menos no cometeremos el error de atribuir significados anacrónicos a fenómenos nuevos. Como hacen los medios de comunicación, al reducir el caso italiano a un resurgimiento de las ideologías que intentaron orientar, en sentidos divergentes, el desarrollo industrial y el crecimiento económico.El hecho de anteponer el prefijo «neo» a viejas denominaciones, además de no explicar en qué consiste lo nuevo, delata la dificultad que entraña entender lo que pasa en el presente con simples referencias a las ideologías del pasado.

La Liga Norte impulsa los tradicionales sentimientos de superioridad de la Italia continental sobre la peninsular, en sentido inverso al que produjo, con Cavour, la unidad italiana. No se trata pues de un nacionalismo expansivo que pueda degenerar en fascismo, sino de un movimiento de retracción defensiva ante la ruina moral y material del Estado de partidos. Por ello es de carácter conservador y «subnacionalista». Y guardaría una cierta semejanza con el subnacionalismo catalán si no fuera porque éste, a diferencia de aquél, necesita para crecer aumentar la debilidad del Estado de partidos, sin destruirlo. El partido ex comunista tiene la originalidad de ser un subproducto interesante de los dos procesos de rechazo social, del comunismo y de los partidos estatales, generados en Italia con la disolución de la guerra fría. Sus administradores profesionales han tenido la habilidad de cambiar de nombre comunista y de apellido partitocrático, para entrar en la Internacional Socialista y salir del ruinoso Estado de partidos en el último minuto. Con esta doble renuncia, por su doble «ex», se ha presentado ante los electores como el partido de (no del) Estado capaz de interpretar la necesidad histórica de su reforma democrática.

Lo que ha triunfado en las urnas no es un producto ideológico neosocialista para la reforma social, sino un instrumento «subsocialista» para transformar el Estado de partidos en un Estado democrático. Y en esto se diferencia de la IU española. Operando en sentido paralelo y opuesto, también ha sucedido algo parecido con el nostálgico Movimiento Social Italiano que ha canalizado, como hizo la espontaneidad del «primer tiempo» del fascismo de 1922, los sentimientos populares de frustración ante la impotencia parlamentaria del Estado de partidos, frente a la corrupción de la política por los magnates del Norte y las mafias del Sur. Sin acción directa, sin doctrina orgánica, sin jefe carismático, sin clase media miserable, sin miedo al obrerismo, es abusivo hablar del resurgimiento de un neofascismo en Italia, como lo sería en España respecto al Partido Popular, por el hecho de que millones de votantes hayan utilizado la única plataforma, fundada, eso sí, por fascistas, que podía frenar la victoria de los subsocialistas «rojos». Pero sería una torpeza no comprender el carácter reaccionario de este movimiento «subfascista», frente a la partitocracia, que no tiene el Partido Popular porque está instalado en ella. La ausencia de alternativa demócrata al Estado de partidos ha producido la paradoja de que tenga que ser suplida con subsocialismos, subfascismos y subnacionalismos. Veremos.

EL MUNDO 13/12/1993

* En estas fechas era noticia la corrupción en Italia fruto de la Tangentópoli y el  cambio de ley electoral proporcional por una mayoritaria así como la aparición de otros partidos, herederos del dominio de la democracia cristiana anterior. 


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Gonzalo

En España no hay alternativa política,hay alternancia administrativa.El Estado de partidos es una inconmensurable bestialidad contra la la libertad política de los que contribuyen con su dinero a la cosa pública y contra la democracia en la forma de gobierno.

321dmr

Dónde pone “meo”, lea “neo” 🙂

Esta columna sí resulta difícil de leer al estar descontextatualizada. No me acuerdo ahora de lo que ocurrió el 13/12/1993, no es la primera llegada de Berlusconi al poder? En mi opinión, Berlusconi resulta aún peor que la partitocracia.

Lo que ahora ocurre en Italia es ciertamente interesante, y no parece que se deje leer como hace 20 años.

En España, en cambio, sí parece que estamos repitiendo y ahondando la crisis política que vivimos entonces.