Un día de lección magistral

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

Pocas veces tendremos ocasión tan propicia como el 27-E para demostrar la falsedad social del mundo político. Para tomar la medida a una Constitución de la fantasía donde se garantiza la orientación al pleno empleo y la irretroactividad de las leyes restrictivas de derechos. Para desnudar una sociedad política que legisla, casi en pleno, contra la «sociedad social». Para revelar el grado de aislamiento social de un Gobierno donde prevalece, contra el interés de los gobernados, la ambición de una jefatura de la mediocridad al servicio doméstico de los poderosos. Para ver la pornografía de una oposición que planea el asalto al poder por etapas de crítica o colaboración programadas, contra el orden de apremio de los problemas, según necesidades de imagen. Para comprender, en fin, que la corrupción y la incompetencia de la clase gobernante provienen del juego institucional del Estado de partidos. Es la lección magistral que la sociedad civil puede dar a la sociedad política.

Bertrand Russell decía que Lenin y Trotsky hicieron la Revolución para verificar, en el laboratorio de la historia, el carácter científico de la dialéctica marxista.

Escarmentados por tan cruentas investigaciones con la voluntad de poder, los sindicatos convocan ahora inocuos experimentos con la inteligencia cooperativa de un día de asueto nacional.

Menos perturbador que una huelga sectorial, el experimento social del día 27 intenta dejar en el vacío a las instituciones y ámbitos de poder que no participan en la protesta. Lo que hacen en el País Vasco para aislar a ETA de su base social, tienen que hacerlo los ciudadanos de toda España para que la clase política se cueza sola en su propia salsa podrida. La huelga general de un día, que sólo puede ser eso, un día de huelga, no crea ni destruye empleo. Pero pone al descubierto la razón (financiera) de Estado que impulsa las leyes del desempleo. Los experimentos con la inteligencia social, sin voluntad de poder, no pretenden transformar la realidad. Pero revolucionan el conocimiento social del poder, destruyendo las ilusiones ideológicas que disfrazan las ambiciones. Todo cambio de gobierno, si no trae su causa del conocimiento crítico de la esencia antidemocrática del régimen de partidos, conduce a nuevas frustraciones. Como la que tendrá lugar con la sustitución de González por Aznar. El poder no está, desgraciadamente, en el conocimiento. Pero sí, en el conocimiento de las relaciones de poder y en la ignorancia de todo lo demás. Y un solo día de huelga nacional informa mejor a los ciudadanos sobre esas relaciones de dominio, que la carrera de ciencias políticas o la práctica electoral.

La objeción de conciencia y el propio interés fundamentan el rechazo a la participación en la política de la oligarquía estatal. La abstención, la insumisión, la huelga de celo, el boicot y otras formas de resistencia pasiva han preparado el camino de la huelga nacional de un día. Que sólo tiene de huelga el nombre. Así como se vota por distintos motivos, incluso opuestos, a un mismo partido, se puede participar en la protesta de un día de asueto por razones diferentes a la de sus timoratos convocantes. El tono conservador de una huelga laboral, provocada por el ataque reaccionario del Gobierno a los derechos concedidos a la clase obrera por la dictadura, puede ser superado con la causa común de los ciudadanos. Porque todos tienen un mismo interés democrático, aunque no lo sepan, en quebrar la seguridad ideológica que la oligarquía pone en la falsa idea de la libertad de mercado.

Contra el egoísmo natural de unos privilegiados, la inteligencia cooperativa de todos los demás debe convertir el 27-E en un día de enronquecimiento cultural. En una jornada lectiva para aprender que el poder político no está hoy en la sociedad que levanta el acta de protesto, sino en un tipo de Estado que ampara, con la irresponsabilidad, el impago de las promesas electorales y el daño de los errores profesionales de gobierno.

EL MUNDO LUNES 24 DE ENERO DE 1994


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Gonzalo

Los partidos políticos son propios de la libetad de asociación,pero hay que sacarlos del Estado,donde están colocados,y devolverlos a la sociedad.Mientras no se alcance este propósito preferente,CAMBIANDO la Ley Fundamental de esta Monarquía borbónica y de los partidos,por una Constitución que establezca un Sistema de separación de poderes,y SUSTITUYENDO el sistema electoral proporcional de listas de diputados de partido,por un sistema mayoritario de diputados de listas de distrito a doble vuelta,seguirán los riesgos de CORRUPCION,DESCOMPOSICION,DESPILFARRO y FALSEDAD que produce una sociedad política estatalizada como la que hoy sufre España.