En la primavera de 1974 redacté el documento fundacional de una unión de partidos, y personas, que tendría como únicas finalidades: producir de modo pacífico la de la dictadura; conquistar las libertades públicas y la libertad política; formar un gobierno provisional con los institucionales y abrir un período constituyente de la forma de Estado y de Gobierno.

La primera persona a quien pedí la aprobación de ese texto fue . Miembro de la dirección del y hombre de integridad moral a la vieja usanza. Nos veíamos en el Hotel Alcalá cada vez que venía a Madrid para tratarse de un cáncer. Yo había sido su abogado en un conflicto civil. Persona realista y de enorme sentido común.

Comprendió mi estrategia para lograr la unidad de la oposición y compartía mi obsesión por el orden cronológico de integración de los partidos. Cuando le anuncié la inmediata reunión en París, me aconsejó que antes de proponer el texto allí, procurase la adhesión de la Asamblea de Cataluña, y que en las conversaciones telefónicas usáramos una letra del alfabeto para nombrar a cada miembro. «Pues te toca la A porque eres el primero».

Le pedí un nombre para la organización y me sugirió el de «Unión por la ». Conocía los problemas internos de la Democracia Cristiana, y me vaticinó que la única dificultad la encontraría en la intransigencia de Gil Robles con toda forma de alianza con el PC. Dada la postura negativa de P. Castellanos, le pedí que se lo propusiera a y lo invitase para representar al Partido Socialista en la reunión de París. Días después me dijo por teléfono que «Nico» aprobaba todo, pero que no podía ser miembro porque no tenía pasaporte, por lo que sugería que se lo propusiera a uno de los dos sevillanos.

La segunda persona que se integró fue , en nombre de Ezquerra Republicana y de la Asamblea de Cataluña. Me lo había presentado años antes, en París, Areilza. Era persona generosa, dada al compromiso y poco amiga de las sutilizas. Lo que buscaba en realidad era la unidad formal de toda la oposición aún a costa de hacerla inoperante. Valiente, astuto y de una inteligencia optimista que le incapacitaba para la comprensión objetiva de las situaciones. Mentalidad de patriarca bonachón y protector. Era indiscreto y maniobrero. Y de más atractivo humano que político. Un hombre de otro tiempo. No percibió la originalidad política del documento fundacional. Lo consideró como lo que deseaba que fuese, un mero pacto unitario de la oposición para crear una alternativa de gobierno.

Traté de explicarle las diferencias que lo distinguían del y de la Asamblea de Cataluña. No es que careciera de capacidad para comprenderlas, pero sí de interés mental para intelectualizarlas y sensibilidad política para valorarlas. Había sufrido mucho en el exilio y no confiaba ya más que en el arte de la mediación. Podía cumplir funciones de casamentero político o amigable componedor, pero no las de un dirigente de la oposición. Cosa que no pretendía. Pero le encantaba hacerlo parecer, figurar.

Nuestras relaciones fueron siempre cordiales. Incluso cuando Joan Raventós y me informaron de que Andreu nunca había dicho a la Asamblea de Cataluña que la estaba representando en la . No lo culpé a él, pues eso era previsible, sino a mí por haberlo elegido para una función tan delicada. Fue el único y gravísimo fallo de la Junta. Retrasó dos años cruciales su entendimiento con la Asamblea. Y cuando lo logré tuvieron que entrar en juego factores que no eran problemáticos en el momento de creación de la Junta.

En la acción clandestina, los errores personales son siempre errores políticos.

LA RAZÓN. LUNES 14 DE AGOSTO DE 2000


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