Confesiones y memorias

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

Mientras duren los efectos de la traición de los partidos a la democracia, y no se reconozca que ésta era algo realizable de modo pacífico a la muerte del dictador; mientras continúe la propaganda universal de que esta Monarquía es una democracia y no una oligarquía consitituida en un Estado de Partidos; mientras se siga mintiendo sobre los hechos históricos verificables, que determinaron el secreto consenso monárquico predeterminado por el dictador y la renuncia de los partidos a su compromiso por la apertura de un período constituyente de la libertad; mientras se persista en considerar «legítimo» que unas Cortes legislativas se hicieran constituyentes por decreto de la Autoridad; mientras se afirme como verdad inconcusa la estupidez metafísica de que solamente era posible, entonces, lo que se ha realizado después (cuestión a la que, por su importancia mental, dedicaré otros espacios), yo seguiré escribiendo, sin esperanza de ser oído, la simple verdad. Aunque se sonrían con aires de superioridad los escépticos que no quieren ver más allá de donde les permite su inseguridad vital; aunque mis relatos fidedignos se tomen como una opinión más, entre otras; aunque me ignoren o maldigan los numerosos partidarios de la traición victoriosa, yo continuaré diciendo la verdad de los hechos en que participé como actor principal, y poniendo en solía las falsas opiniones sobre la historia de la Transición.

Durante mucho tiempo me abstuve de escribir sobre unos hechos tan decisivos para la historia de la libertad y la dignidad nacional, como sin duda lo fueron la Junta Democrática y la Platajunta, a causa del papel relevante que desempeñé en aquella prefiguración popular de la democracia bajo la dictadura. Y no porque temiera caer en los subjetivismos y parcialidades que acechan a las Memorias o Confesiones de los que han sido actores o testigos de acontecimientos históricos. Eso lo puede superar el rigor en la narración de hechos, la objetividad en el planteamiento de los intereses en conflicto y de las ideas enfrentadas, y la fidelidad en el recuerdo de los sentimientos colectivos y personales. Pues como dijo justamente Goethe, «¿por qué el historiador no habría de hacer consigo mismo lo que hace con los demás?».

Lo que me atenazaba el ánimo de escribir el relato de mi acción política bajo la última fase de la dictadura era otra clase de temor. Temía que la mera constancia de los hechos protagonizados por la Junta Democrática fuera, o pareciera, una adulación a mí mismo. Temía que el reconocimiento sincero de los errores de la Platajunta pudiera ser considerado como una confesión de culpa, que es una forma sutil y perversa de la vanidad. Las Confesiones, incluso las de San Agustín y Rousseau, pueden estar justificadas como literatura reflexiva, pero son escabrosas como fuente de información. No me parece justo, ni digno, dar valor de juicio universal a lo que pertenece a la esfera de la sensibilidad.

Pese a ser consciente de que la verdad de los hechos históricos había sido sacrificada a la mentirosa propaganda del sistema de poder de la Transición, y pese a que nadie parece tener algún interés en sacarla a la luz, yo estaba dominado por el prejuicio de no escribir mis Memorias, imbuido por la idea de que en este género literario no se espera encontrar la verdad de los hechos, sino la maledicencia, pocas veces irónica, sobre personajes públicos con los que ha tratado el cronista de su propia vida. Pero al releer la «Contribución a la crítica de mí mismo» de B. Croce, me pareció exagerado el prejuicio absoluto contra las Memorias. Que llegan a ser un deber, como lo expresó el pensador italiano, cuando «se cree poder conservar para la posteridad algunas importantes noticias que de otro modo podrían perderse». Y eso es lo que estoy haciendo ahora en esta serie de artículos. Cumplir con un deber.

LA RAZÓN. LUNES 11 DE SEPTIEMBRE DE 2000


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Gonzalo

La honestidad establece la decencia de la civilización,por lo que la sociedad civil tiene que civilizar a los Partidos políticos y organizaciones sindicales,sacándolos del Estado.

Gonzalo

La honestidad establece la dignidad de la civilización,por lo que la sociedad civil tiene que civilizar a los partidos políticos y organizaciones sindicales,quitándolos del Estado.

Antonio Medina Ordoñez

Sr. Trevijano, estos artículos son necesarios por pura verdad histórica. Para contraponerlos a los narrados por los secuaces del poder que no atenderán a la etica de la verdad sino solo a su propio interes. Le aliento a seguir en ello.

Alex

+1000 Antonio Medina

La historia la escriben los vencedores, pero la verdad puede ser revelada por los justos.