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No hay comentarios ni análisis que expliquen la actualidad tan bien como la vinculación de los fenómenos particulares visibles a las causas o principios generales invisibles que los producen o fundamentan. Y en la fase constitucional de la Transición, en su consenso antidemocrático, está inscrito casi todo lo que viene sucediendo en el ámbito público. Desde la crisis de personalidad del PSOE hasta el recrudecimiento de la violencia del terror nacionalista. Desde la desaparición de la democracia cristiana y del PCE hasta la mayoría absoluta del PP. Desde la anquilosada burocratización sindical hasta la crisis de la enseñanza y las humanidades. Desde las subvenciones a lo improductivo y a la mediocridad artística hasta el predominio del capital financiero y auge de las privatizaciones. Desde la hegemonía de los medios informativos y las empresas editoriales y de comunicación hasta el empobrecimiento paralelo de la cultura. Desde el triunfo de lo espectacular en los espacios públicos (deportes, impudicia, famoseo y chistes), hasta el desprecio y humillación del talento investigador y creador. Desde la falta de profesionalidad en los oficios civiles, hasta la profesionalizacion del Ejército. Desde la corrupción sistemática de los gobiernos de González, hasta el corrompido sistema de privilegios legales a las empresas afines al Gobierno. Desde el caos competencial y el dispendio financiero de las Autonomías, hasta el deslizamiento a la federación de lo que no está separado. Desde la reducción de la política a lo administrativo, hasta la mecanización partidista del Parlamento. Desde la vacuidad jurídica del TC y la falta de independencia del Poder Judicial a la expulsión y posterior indulto del Magistrado que osó investigar uno de los poderes fácticos.

La Transición ha sido un fenómeno complejo que produjo cambios visibles en el orden político, económico, cultural y moral, y en el de las pasiones sociales. Durante los primeros quince meses de LA RAZÓN reflexioné aquí sobre los cambios producidos en la esfera de las pasiones colectivas. Pero teniendo en cuenta que el factor original de lo causado principalmente por la Transición fue el político, que es además el campo de mi propia experiencia, y dada la intensidad con la que ahora se vive el drama vital del nacionalismo vasco, pensé que era el momento de hacer comprender a lo más culto e inteligente, a lo menos sectario de la opinión, no sólo la naturaleza íntima de la Transición, sino sobre todo la importancia del conocimiento de su proceso para percibir la inevitabilidad de sus consecuencias. Pues la bastardía de aquél fundamenta casi todos los aspectos indeseables de éstas.

Nadie puede comprender lo que hace una bañera en la copa de un pino sin conocer la fuerza de la riada de barro que la puso allí. La ausencia de un cauce democrático en la fase definitiva de la Transición hizo que se desbordara el ímpetu de la demagogia y de las ambiciones de partido, hasta la completa anegación de la moral y la cultura refinada en las instituciones que emergieron fuera y por encima de su ubicación natural. Pues hay dos clases diferentes de emergencia. La del espítitu que brota de la materia como una cualidad nueva y la de la materia oportunista que se encarama en las situaciones de catástrofe. La demagogia y las ambiciones concomitantes a todos los procesos instituyentes de libertades y derechos, sin libertad política, en tanto que son emergencias catastróficas que sobresalen de una materia social sin espíritu, explican mejor la situación que la descripción de los fenómenos de la coyuntura. Así, las causas de la Transición explican lo causado materialmente por ellas: desde la posición subordinada de España en la Unión Europea, hasta la debilidad del lazo nacional y la ruptura del Gobierno de Aznar con el PNV.

 LA RAZÓN. JUEVES 14 DE DICIEMBRE DE 2000

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