Claro

Oscuro

El vallisoletano Onésimo miraba absorto el mar, con la estupefacción propia e inocente de un campesino de Tierra de Campos, y el mar de Espinho era de plata cuando rompía poderoso sobre las playas. Mientras miraba el Océano, casi siempre verde por su infinita agitación de fondo, su cerebro descansaba de la voraz política, que invadía toda su mente y su corazón y que, al fin y al cabo, lo emponzoñaba y, como siempre ocurre, afeaba la belleza de su alma generosa. Hinchaba sus pulmones de aire salado con olor a pescado, y se sentía casi feliz y pletórico de salud. Se encontraba refugiado en Portugal tras el fracaso de Sanjurjo, y el Estado Novo salazarista parecía tratarlo bien con aquella pequeña pensión mensual que le permitía vivir en la habitación de un hotelito barato, comer tres veces al día y pasar el rato leyendo a su adorado Marcelino Menéndez y Pelayo, y su Historia de los Heterodoxos Españoles. Para dormir necesitaba beber tres o cuatro copas de Oporto mientras escribía dando forma a su pensamiento político. Más que nada por no echar de menos en aquella fría cama a su querida y adorada Mercedes, con quien se había casado hacía sólo 18 meses y a la sazón anhelaba su joven cuerpo moreno. El Oporto le calmaba el dolor de su ausencia y le producía un sueño rápido y un despertar sin dolor de cabeza ni dolores de estómago.

Le encantaba Menéndez y Pelayo, porque en él aprendía a demostrar la falsedad del abate Sièyes sobre la soberanía absoluta de la Asamblea, libre de todo mandato imperativo. Y escribía al terminar un capítulo del gran libro del sabio santanderino: “Tan impura es la aberración mítica de la soberanía parlamentaria como la confianza mesiánica en un dictador; y tan propenso al abuso es el Poder, sin fiscalización de un hombre o un grupo, como la omnipotencia de los partidos organizados con arreglo a la farsa parlamentaria”.

Le gustaba madrugar para ver a los pobres pescadores portugueses remendando sus redes y atreviéndose temerarios contra aquel bronco mar verdoso. Veía una sublime dignidad en aquellos trabajadores del mar, vestidos casi con harapos, descalzos siempre, pero de una inmensa hidalguía y, en cierto sentido, se sentía hermano de la belleza moral que brotaba de aquellos quehaceres cotidianos, en donde una absoluta fraternidad del mundo del trabajo era palpable. “Estado popular, justicia social. Nada de Estado conservador, nada de reiteraciones burguesas que hacen del nacionalismo algo monstruosamente farisaico. Estado Nacional y Justicia Social. El nuevo Estado debe asegurar por sí mismo una economía fuerte y ordenada para la Nación y un equilibrio permanente  entre los elementos que en la producción intervienen. El Estado debe responder con su actividad a las necesidades económicas y a los imperativos de justicia social, no a determinadas abstracciones teóricas y a principios impalpables. Sí a la universalización de la escuela y la salud. Escuela y salud obligatorias y gratuitas para todos. Sí, porque cuidar la salud y educarse son deberes nacionales. La edad nuestra pide un Estado organizado francamente para la defensa y protección de intereses concretos por orden de dignidad y necesidad. El primer interés, sin mengua de rebozo sea dicho, es el de los que pasan hambre. Y el que le sigue en orden de dignidad y preferencia es el interés, inapropiable, pero común, de la riqueza nacional”.

Los pescadores le invitaron a unas sopas con vino caliente. Y a Onésimo le supieron a gloria. También echaba en falta a Ramiro, su gran amigo zamorano. A menudo recordaba con creciente angustia el largo, fatigoso pero fortificante paseo que se dio una mañana de hacía ya cinco meses con su amigo Ramiro desde San Cebrián de Mazote, en donde la insólita arquitectura parroquial canta a Jesús con una cadencia de arcos visigótico-mozárabes sin ningún chirrido ni salto histórico, al precioso y empinado pueblo hidalgo de Urueña, desde cuyas altivas murallas, malecones del océano de trigales mecidos de la Alta Meseta, se otea el inmenso mar de Castilla y, allá en el horizonte verdiazul parecen vislumbrarse las fantasmales sombras de las cumbres cantábricas. Los dos jóvenes sudorosos y saludables hablaron durante la frugal comida de aquel día acerca de que las JONS debían estar absolutamente en contra, de forma harto tajante, con el Estado confesional-católico que pretendía instaurar la más rancia derecha para el nuevo Estado Nacional, que habría de llegar sin duda tras el hundimiento de la República.

–         El nacionalismo, Ramiro, no puede ser nunca confesional, porque entonces no podría ser su Estado totalitario al no poder abrazar a todos los miembros de la Nación. Nuestro nacionalismo no puede ser un nacionalismo católico. El pueblo español, en su generalidad, comprendiendo todas las regiones de nuestro territorio, no posee catolicismo militante, aunque la mayoría de los españoles no sean anticatólicos. El nacionalismo va a disputar amplia y rápidamente la hegemonía de la masa obrera a las organizaciones marxistas; y los obreros, en su mayor parte, no son católicos militantes. Nuestro uniforme es el azul mahón de los monos del trabajo y con él debemos ganarnos el respeto y el amor de las clases trabajadoras, que además están hartas del fariseísmo católico de los burgueses españoles. Los católicos no pueden afirmar, con mezquina intransigencia, que esté retirado de Cristo el hombre o el partido que no esté con Él, cuando el propio Jesús afirmó: “El que no está contra vosotros, a favor de vosotros está.” Además, no ser confesional no significa que no abracemos los principios inmutables de Justicia, de Honestidad y de Fraternidad cristianas, regentados por la Iglesia.

–         Absolutamente de acuerdo, Onésimo. Y ahora vaciemos un poco el vino de esta bota de Tierra de Campos.

Tras trasegar durante el tiempo en que se reza un credo una buena pinta del buen vino de la bota gozosamente, limpiarse la comisura de los labios y contemplar con beatitud aquel espléndido paisaje un minuto, Ramiro de repente se entristeció, y preguntó:

–         ¿No estaremos entrando en un juego demasiado peligroso y terrible?

–         ¿Qué quieres decir, camarada? ¿Es un juego acaso la salvación de la patria y la unidad nacional? – dijo entre confundido y contrariado Onésimo.

–         Me refiero, amigo Onésimo, a que se va a liar gorda y miles de inocentes caerán seguro. Desencadenaremos una tragedia.

–         No creo. Si preparamos bien el Pronunciamiento militar y civil, el nacimiento del Estado Nacional no tiene por qué resultar sangriento.

–         Pero si lo fuera, Onésimo, el mismo Dios jamás nos lo perdonaría, y lo que es peor: no me lo perdonaría nunca a mí mismo. Jamás, jamás. ¡Con lo bien que se está aquí contemplando esta paz!

–         ¿Qué te pasa, amigo y camarada? Me tienes confundido…¿Cómo no te va a perdonar Dios algún daño colateral si lo haces por la patria y hasta por Él mismo?

–         Hacer la guerra por Dios es desconfiar de la providencia de Dios sobre la Historia de España. Es un contrasentido. Además, Dios es Todopoderoso y no necesita ser defendido.

–         Sabes que si no entramos de forma contundente en nuestra historia política peligra la permanencia misma de la patria. Tú mismo lo has dicho cien veces.

–          Y objetivamente puede ser cierto. Pero me aterra el hecho moral de la guerra.

–         Supongo que estos desfallecimientos morales no los comunicarás a otros camaradas.

–         ¡Claro que no, Onésimo! Pero si no te los expreso a ti, ¿a quién se lo voy a decir?

–         Te agradezco la confianza. Y confianza por confianza, a mí no me aterra la sangre, que muy posiblemente sea la mía la primera, sino la falta de seguridad a la hora de elegir el frente: ni la izquierda en el fondo es mi enemiga, ni me entusiasma demasiado proteger la cartera de los burgueses y señoritos.

–         Quizás la propia guerra clarifique los frentes si falla el Pronunciamiento.

–         Bajemos ya a San Cebrián, antes de que caiga la noche.

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