De los recortes en Educación

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MARTÍN-MIGUEL  RUBIO ESTEBAN

Recortar el Presupuesto en Educación Nacional es aumentar automáticamente el déficit público, porque no se ha descubierto nada más suntuoso y derrochador que la barbarie. El estudio de la Historia de la Barbarie confirma esta verdad, y su ilimitada suntuosidad gestiona siempre la miseria. Así, las cortes reales y aristocráticas de la Alta Edad Media tenían una etiqueta mucho más suntuosa y bárbaramente derrochadora que las del Mundo Romano. El otium de la aristocracia civil romana – las fiestas literarias celebradas en residencias rurales bien amuebladas y decoradas con pinturas y frescos, y el decorum de, al menos, algunas cenas festivas imperiales – se sustituyó por lo que parece una cultura de bárbara alegría. Se centraban en ingerir enormes cantidades de carne y emborracharse a base de ingentes cantidades de vino, aguamiel o cerveza, en compañía del propio séquito y, por lo general, en un salón de grandes dimensiones. Las grandes borracheras y los enormes dispendios de carne son un rasgo que aparece en todas las sociedades medievales. Hay una parodia de la Ley Sálica, del siglo VIII, que convierte sus leyes en un juego de bebida, desarrollado entre el señor Fredono, su esposa y sus criados. En Irlanda, las fanfarronadas competitivas de los héroes en estado de borrachera dominan la trama de uno de los relatos en prosa vernácula, el Cuento del Cerdo de Macc Da Thó.

En “La Democracia en América” Alexis de Tocqueville relacionaba la distribución de la educación pública con la distribución de la riqueza nacional: así como un rico ocioso flota sobre las espaldas de muchos pobres trabajadores ( en cuanto que los bienes son siempre finitos ), la existencia de maquinaria formadora de “sabios” presupone el abandono de las masas a la ignorancia. “No es únicamente en las fortunas donde en general hay más igualdad en América que en Europa: la igualdad se extiende, hasta cierto punto, a las inteligencias mismas. No creo que exista país en el mundo donde, en proporción, se encuentren menos ignorantes ni menos sabios que en América”. Y es que así como la dictadura y la barbarie son muy compatibles con la existencia de grandes sabios, la Democracia y las sociedades civilizadas son imposibles en un pueblo de ignorantes.

Somos, los hombres, el ser de conocimiento reflexivo y formalmente generalizador o captador  de realidad por conceptos – nos recuerda el gran metafísico Agustín Andreu -, un ser de ir preguntando, respondiendo y aplicando, todo un escolar “naturaliter”, que se ha ido desarrollando mucho por fuera y complicando su vida por dentro y por fuera, porque es un ser cuyo dentro lleva lo de fuera y cuyo fuera refleja en su ordenación y marcha el pensamiento humano. Eso es lo que esencialmente, es decir, en realidad de verdad, somos: seres metafísicamente creados por la educación, valores adquiridos. El hombre se educa o se maleduca. Su ser no puede andar en el limbo pedagógico. No invertir dinero en educación – público o privado: ésa ya es otra historia – impide el desenvolvimiento del interior del hombre, y lo animaliza en el peor sentido del término. Es casi mejor tener malos caminos con baches ( el exotismo español secular de Don Próspero Merimée ) que obturar el camino que accede a la educación y al espíritu libre y grande.

Otra cosa es los que confunden la Educación con la catequesis de distintas ideologías políticas o credos religiosos. Los que aprovechan la Administración Educativa para imponer sus siempre sectarias mundivisiones políticas. Contra ellos todos los recortes. La Educación Nacional no está para sustituir lo que se enseña en las sedes de los partidos políticos a sus juventudes. Y la religión de la Educación Nacional estará enfocada para entender la gran cultura mayoritaria ( y si es posible las minoritarias ) fundamentada en grandes creencias comunes. ¿Cómo entender, por ejemplo, el Romancero Gitano, de Lorca, sin conocer quién era Santa Olalla, Thamar, Amnón, San José, San Gabriel, San Rafael o San Miguel? Y ya no digo nada de nuestra Literatura del Siglo de Oro, impregnada por completo de cultura religiosa ( católica-erasmista y católica-tridentina ).

Me gustaría creer que los formados ciudadanos que usan las camisetas verdes  sólo tengan el noble afán de fortalecer y engrandecer la escuela pública, única institución que puede garantizar una España con futuro, y no sea una cosa de competencia ideológica entre los que estuvieron y los que ahora están. Porque la escuela es un templo de la ciencia en donde se busca la verdad fehaciente, y no una fábrica que produce ciudadanos-militantes. Amemos con pasión la escuela pública en su sentido metafísico, y no como instrumento político. Porque como diría Antonio Gil de Zárate: “La escuela pública es para todos”.

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