Irresponsabilidad Absoluta

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Diario Español de la República Constitucional

PEDRO M. GONZÁLEZ

Vestimentas rasgadas y rechinar de dientes ante otra decisión judicial. Esta vez la sentencia absolutoria por el desastre medioambiental del Prestige. Y de nuevo confusión, mucha confusión y nada inocente, en ninguna de las banderías políticas.

Cuando los poderes del estado no están separados resulta imposible distinguir entre la responsabilidad política y la responsabilidad penal de sus actores. La politización de la Justicia y la judicialización de la política son las consecuencias de esta inseparación. El control de los titulares de la jurisdicción mediante la designación de sus órganos de gobierno y puestos más relevantes en la curia pone luego en la arena judicial la discusión política. Así, los partidos tienden a dirimir judicialmente cuestiones de orden estrictamente político resultando imposible distinguir entre responsabilidades penales y responsabilidades políticas.

Otro ejemplo es la Andalucía chavista. Los escándalos económico-familiares de D. Manuel durante su largo mandato en esta comunidad autónoma han enrocado a éste en una posición defensiva que aprovecha esta imposibilidad de discernir entre ambos tipos de responsabilidades para mantenerse impertérrito en el machito. Así Chaves rehúsa cualquier responsabilidad en el orden político desafiando al planteamiento de acciones judiciales a una oposición, que enlodada en el mismo juego partitocrático y clientelar, como el caso Gürtel, les sitúa en idéntica inopia.

No es sólo cuestión de pobreza intelectual y moral de una casta política. La corrupción es de orden institucional e impide discernir la responsabilidad penal de la política en estos asuntos. La responsabilidad política deviene por sola de la designación de inútiles, golfos, nepotes o zurupetos en puestos de confianza “por ser vos quien sois”. Es de orden objetivo. Mientras, la responsabilidad penal deviene de la comisión del delito por dolo u omisión. Es de carácter subjetivo.

La posibilidad de  detección y depuración de las responsabilidades políticas es inversamente proporcional al grado de separación de poderes. Mientras que en USA los casos Watergate y Lewinski aún sin responsabilidad penal de los Presidentes afectados los puso en la picota de la responsabilidad política, en España se eludió el procesamiento del jefe del ejecutivo por delitos de asesinato con la excusa de su estigmatización pública. Que mayor muestra de la confusión entre responsabilidades políticas, nunca asumidas, y las penales, que confundiéndose en una sola, avalan a fin de cuentas la irresponsabilidad absoluta de los titulares de un poder único, solo dividido funcionalmente.

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Ricardo García Nieto

Hace diez años que no juego al ajedrez. Me apasionó desde mocoso, cuando mi padre me enseñó que la decencia de una partida era semejante a la de la vida. Es curioso… Ahora que lo pienso, creo que jamás le gané, ni siquiera cuando tuve la petulancia de ejercer como profesor de ajedrez durante dos años. El genio natural de mi progenitor se imponía a toda estrategia. Y sí, tenía razón: el ajedrez se parecía demasiado a la vida. Las aperturas (abiertas, semiabiertas, cerradas o de flanco) eran la forma que tenían los contendientes de salir de su útero para encontrarse; los sistemas de defensa o ataque, una actitud ante el mundo; el medio juego, una madurez a la que se llegaba con demasiadas heridas; el final, una agonía que se podía retrasar o un golpe de gracia que, inexorablemente, habría de darse. Jaques, sacrificios, celadas… Y la soledad de un rey que, de tanto sospechar, intuir o ver, perdía algo más que su prestada corona. ¿A quién queríamos matar? ¿De qué huíamos? El ajedrez era una suave aflicción, una vacuna contra el dolor luminoso de los días y el oscuro desconsuelo de las noches. A diferencia de los naipes o la política, en el ajedrez no se puede ir de farol. Los dos contendientes saben lo que hay o lo que puede venir. No se mienten. Y llegados a cierto nivel, las malas artes son un indicio de flaqueza que se termina pagando con la vida. En la vida pública española faltan ajedrecistas y sobran trileros. La posición de las piezas se esconde tras sonrisas innobles, se permiten jugadas ilegales y se engaña por hábito. La mentalidad de un jugador de ajedrez ya no sirve para sobrevivir en nuestra sociedad. Hace diez años que no juego al ajedrez. Su significado último se impone sobre cualquier otra consideración. Borges lo tenía muy claro: También el jugador es prisionero (la sentencia es de Omar) de otro tablero de negras noches y de blancos días. Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías? Si somos el sueño de un dios que, a su vez, es soñado, ¿quién no nos dice que, en nuestros sueños, somos responsables de otros universos? ¿Quiénes mueren y quiénes triunfan, quiénes aman y quiénes odian en nuestra trama onírica? ¿Nos mirarán, nos… Leer más »

José Conde

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Felipe González también la cagó con el Fletán. Nadie se acuerda?