EL Símbolo del Desmoronamiento Calatrava

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MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN

Según ya descubriese el genio catalán españolísimo Eugenio D´Ors, la arquitectura está muy lejos de obedecer a leyes aisladas, propias y exclusivas suyas, sino que está programada por la sociedad en la que vive, y si la arquitectura tiene como cliente a la Administración, con toda seguridad estará programada por las fantasías y delirios de la sociedad política. Además, siempre obedece a ciertos ritmos, a ciertas estilizaciones colectivas, a mundivisiones concretas. De lo cual resulta de forma axiomática que las formas arquitectónicas de una época dada de la Historia existen en función de las formas políticas en las que brotaron como dehiscencia artística. Por otra parte, los vanguardismos, además de artísticos, han sido siempre fenómenos políticos partidarios. Los vanguardismos han devenido agentes de la reacción o la revolución.

La Arquitectura es producto de tres esferas muy bien delimitadas desde el Mundo Clásico:

–         La esfera técnica, que se restringe al propio oficio de construir, y comprende la “utilitas” y la “firmitas” clásicas, y que tanto Vitrubio en el Mundo Romano como Alberti en el Renacimiento, consideran la “condicio sine qua non” de la Arquitectura ( aún no había llegado el minimalismo deshumanizado ). Aunque la utilidad asistió al nacimiento de la belleza artística, la arquitectura modernitaria ha conseguido construir artefactos sin utilidad ni belleza.

–         La esfera estética, que concierne a la “venustas” o “gracia y belleza”, que cierra la tríada vitrubiana, y que ha sido la palanca fundamental de estilos y movimientos, y que convierte al arquitecto en artista. Esta esfera de la Arquitectura sería, de acuerdo a la opinión del renacentista Alberti, la matriz de la pintura y de la escultura, subordinadas a aquélla.

–         La esfera política, que se centra en asentar un sistema de correspondencias entre las formas arquitectónicas y la representación política de la sociedad que las sustenta. La belleza o fealdad de la Arquitectura, así como su solidez, consistencia, funcionalidad y utilidad, están directamente relacionadas con las virtudes y vicios del sistema político para quien trabaja. Este es un sistema político  ( la monarquía juancarlista ) que hace aguas por todos los sitios, del mismo modo que se desmoronan y se arroñan las obras más representativas del Régimen, como son las del infumable Calatrava, fabricante de artefactos inútiles, fantasmagorías de lo insubstancial, en lugar de nuevas expresiones estéticas de intuiciones de vida, o le salen gusanos a los productos obsolescentes del chistoso Barceló, otro artista representativo de este agónico sistema político que vive España.

Una Monarquía que concede Premios y otorga honores a mierdas pinchadas en un palo nos está diciendo mucho más acerca de ella que cuando pronuncia sermones de moralina cívica.

Hay formalistas rusos y rumanos que vieron la arquitectura románica en la estructura narrativa de cada milagro de “Los Milagros de Nuestra Señora” de Berceo, y que, a su vez, vieron tanto la arquitectura románica como esa literatura balbuciente española como expresiones estéticas que respondían a las relaciones amorosas entre la Dama y el Caballero (precedente del “amour courtois”, “militia amoris”, etc ), y, a su vez esta estructura amorosa compaginaba perfectamente con la que fundamentaba las relaciones sociales entre vasallos y señores. Es decir, el sistema sociopolítico alumbraba una estructura arquitectónica a la que servían las demás artes con la misma estructura devenida del mundo sociopolítico. La escultura, la pintura y la arquitectura pueden ser vehículos ideológicos equiparables a la literatura.

Los grandes edificios administrativos españoles desde el siglo XVI hasta mediados del siglo XX fundamentaba la tríada vitrubiana en los ideales de eternidad de aquellos regímenes ( incluido el de Franco ) que, aunque obviamente no han sido eternos, la propaganda, que emanan sus piedras sillares aún hoy, lo pretendía. El Régimen de Juan Carlos I ha levantado edificios que ajenos al verismo moral se caen, que tienen que caerse, que son esencialmente obsolescentes, como obsolescentes son siempre los frutos de la codicia, el ansia por ganar dinero en seguida y la mentira institucional. Este régimen no puede levantar “capolaboros”. Y es imposible dejar de atribuir a sus mamarrachadas arquitectónicas un significado político. Los ideales de perfección están reñidos con la inversión de tiempo de estudio en el alma codiciosa y frívola. La razón de nuestra arquitectura contemporánea se ha refugiado en la abstracción amoral y el experimento alógico. Los sueños de nuestra arquitectura han resultado una verdadera pesadilla para los ideales de los valores estéticos y del sentido común.

Los modernitarios arquitectos actuales, “como el estadista que gobierna con secretos de Estado” – apunta Antonio García Trevijano -, reclama para sí riqueza, respeto social y admiración cultural, por la secreta belleza de un arte que sólo sus colegas, críticos y compradores, fingen entender. Y se han unido al poder político en una vasta empresa de dominación cultural a través de la ignorancia. Cuanto menos inteligibles son sus mamarrachadas arquitectónicas, mayor es la dimensión de su poder político.

La propaganda igualitarista ha sepultado la idea prístina de autoridad ( “auctoritas” ) intelectual o estética, bajo los escombros feísimos y deleznables del totalitario Estado de partidos.

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