Estoy tratando de comprender las raíces profundas de la crisis de impotencia vital que padecen desde hace años todas las capas sociales de la población argentina. Procuro leer lo que se publica allí y aquí sobre lo que le sucede a ese país tan cercano en sentimientos interiores y tan alejado en realidades externas al nuestro. Y ni aquí ni allí encuentro nada que merezca ser retenido en la memoria de las emociones o de las ideas, como descripción sincera del extraordinario fenómeno de decadencia o como reflexión genuina sobre la naturaleza de las causas que lo mantienen y aceleran. La situación parece única en el mundo internacional y sin precedentes en los tiempos modernos.

Una nación se desvanece. Un pueblo se arruina. Una sociedad se desintegra. Una cultura se envilece. Una economía pierde con los ahorros hasta su nombre. Y a los peleles que el vendaval de la corrupción y de la incompetencia ha puesto en primera fila de un Estado en quiebra, no se les ocurre nada mejor que pedir la unión de todos los argentinos a la causa peronista que, junto a la dictadura militar, los ha quebrado o diezmado por sistema.

No soy yo quien simplifica así el problema. Lo hacen todos los que no se recatan en decir que la única salida de la situación está en un pacto social de apoyo sin fisuras no a un programa de reformas institucionales democráticas, que sería lo coherente, sino a un gobierno cualquiera. Sea al neoperonista actual, como quiere el Presidente de la compañía Jazztel, el argentino Martín Varsavski, sea a otro de unidad nacional, como preconiza Felipe González, en la vulgar charla de casino que mantuvieron con Jorge Valdano en El País del día 13 de enero. Menos mal que el futbolista no quiso entrar en esa trampa y recordó tanto los 150 mil millones de dólares que la clase dirigente, por llamarla de alguna manera decente, tiene en el extranjero, como el oscuro papel que en estos momentos juega el peronista Menem. Al parecer, un hombre tan inteligente que incluso entendió a Felipe González cuando le dijo que había gobernado bien para Argentina y que ahora tenía que hacerlo bien para ¿los argentinos!

Aparte de aportar nuevos términos populares al vocabulario político (cacerolazo, corralito, corralón, etcétera), la crisis de Argentina está conociendo, con su espantosa bajada a los infiernos del nacionalismo peronista, que esta doctrina no tiene otro fundamento que el apoyo demagógico a las ambiciones personales de poder de los que, careciendo de ideologías de clase o de sentimientos universales, gobernaron para su gloria (dictaduras), su beneficio (oligarquías), o ambas cosas a la vez. La crisis radical se produce cuando, esquilmada la riqueza, ese beneficio se hace ya imposible y la gloria no puede retornar.

Todo nacionalismo, en tanto que pretensión de una identidad particular en la universalidad del hecho nacional, supone una mezcla grandilocuente de provincianismo y soberbia. Y en tanto que apropiación por unos pocos de algo común a todos, implica privilegio y produce corrupción. El nacionalismo democrático en sentido estricto no deja de ser una contradicción en los términos, y en sentido figurado, la forma civilizada de gobernar la oligarquía nacional.

La llamada a la unidad de los argentinos en torno a su actual gobierno neoperonista indica que el nacionalismo argentino ha dejado de existir en las conciencias y quiere pervivir en las voluntades. La inteligencia calla. La sensibilidad se embrutece. Y, perdida la ilusión de ser gobernadas con decencia y competencia, las masas orquestan su desesperación con cacerolas, hasta que la humillación y la propaganda les hagan ver que sus males vienen del extranjero. El Fondo Monetario y las empresas españolas son ya firmes candidatos a desempeñar la función de judíos de Argentina.

LA RAZÓN. JUEVES 17 DE ENERO DE 2002

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