Claro

Oscuro

No siempre ha sucedido como ahora. No se trata sólo del proceso degenerativo de los valores que engendra la competencia empresarial por el lucro. El lenguaje repetitivo de la prensa y la inanidad del discurso público son una y la misma cosa. La noticia suplanta a la reflexión. Y es un hecho característico de nuestra época que el manoseo de palabras sustantivas, adecuadas en su origen a otras situaciones y experiencias, su repetición en tiempos donde nada significan, las ha terminado por convertir en tumbas de las ideas nobles y de las cosas bellas. No hay crisis autónoma de la novela, el teatro o la poesía, como inútilmente se discute en espacios selectos, entre editores, escritores y críticos. Eso no deja de ser un trámite requerido por el sistema para dar apariencias de libertad a su simulacro, y un síntoma menor de la ausencia de valores originales que trae consigo la falta de ideales estéticos y morales en la vida social. La belleza y la sinceridad están reprimidas en el mercado del arte y del pensamiento. La originalidad es una ofensa al pensamiento único y a los cánones mercantiles de la producción artística o intelectual. Entre miles y miles de artículos de opinión, en las sucesivas oleadas de ensayos y libros de éxito comercial, ni el azar permite que se deslice algo interesante para la liberación de la mente personal, o que sea vital para el enriquecimiento cultural de la sociedad. La ecuanimidad de esta afirmación puede ser confirmada en la intimidad de las conciencias sensibles.

Basta con que cada uno responda con sinceridad a la cuestión de si algo de lo que ha leído lo conmovió hasta el punto de no poderlo olvidar en su corazón, o mereció ser incorporado al equipaje de las ideas sobre las que basa su actitud vital hacia sí mismo o los demás. Lo que no es digno de recuerdo tampoco lo es de ser experimentado.

Los escritores creen saberlo todo y no leen. Los lectores no dudan de nada y escriben. En el espacio de la noticia tremenda, el chisme sorprendente y el entretenimiento vulgar no hay lugar para la creación de lo valioso. Entre tantas experiencias insípidas como puede fantasear la infancia, los escritores se apasionan con las que creen haber vivido con intensidad. Y sin experiencia de la sociedad ni del mundo, las cuentan a los demás, no porque sean interesantes para los que no las vivieron, sino porque son las suyas. Y lo que sólo se tolera en las memorias de un genio llega a ser el estilo intimista de la literatura de la impotencia. Varias generaciones culturales han sido agostadas y resecadas por acontecimientos políticos que segaron la libertad. Y en el silencio sepulcral donde yacen enterradas no florecen siquiera las flores violáceas del recuerdo.

La dictadura y el consenso, mismos enemigos mortales de la diversidad, que es la fuente germinal de la creación genuina, las mataron. Pero no las enterraron. La función de sepultureros la confiaron a la popularización de la palabra muerta de gentes incapaces de llenar hasta los vacíos de sus propios anhelos. Nadie puede ser enterrador de lo que promete refinamiento intelectual, excelencia estética o elevación moral, si antes no ha enterrado su alma en la palabra aduladora de las potencias materiales. Afortunadas las generaciones que despertaron a la vida de la razón y del arte por la vitalidad de las palabras que oyeron, las lecturas de que dispusieron y el aire cultural que respiraron. Esto no quiere decir que todo en ellas fuera favorable a lo excelente.

Los poderes del Estado y del dinero siempre han impuesto lo mediocre. Pero son dichosas las sociedades donde las fórmulas convencionales de sus falsos cantores permiten al menos vislumbrar con esperanza los majestuosos ideales que alguna vez las realizaron. Cosa imposible si la mediocridad cree que lo superior está en ella.

LA RAZÓN. JUEVES 7 DE FEBRERO DE 2002

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