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Rara vez puede gozarse en Madrid de un retazo de cultura humanista digno de este acogedor apellido renacentista. La presentación del último libro de Carlos París, editado por Alianza Editorial, propició la ocasión de vivir dos horas de exquisito regocijo espiritual en el centro de la urbe bulliciosa. Pues además de prender y prendar al nutrido auditorio, lo divertía. El tema no podía ser más atractivo ni más rompedor de los valores actuales. Y los presentadores nos regalaron los oídos del alma. Don Quijote, Odiseo y Fausto ante la fantasía y la razón. Tres concepciones del mundo y tres cualificados presentadores. Esto requería atención.

Santesmases, un buen profesor de filosofía de la razón, trazó con precisión el marco intelectual que encuadraba el libro dentro de la extensa producción del autor. El Nobel Saramago, un creador de racionalidades de la imaginación, se decantó enseguida por un Alonso Quijano que tuvo que fingirse loco para que la sociedad le permitiera salir de aventuras en pos de la justicia.

París, un tallador de pensamientos salidos de la aventura con nostalgia del reposo familiar (Ulises), de la loca fantasía en busca de hazañas contra las apariencias monstruosas de la modernidad técnica (Alonso Quijano) y de la acción por la acción (Fausto).

Odiseo, cuya astucia no sobrevoló a la de un pícaro, no salió bien parado. Pobre Homero. Hasta sonó el eco de que la Odisea había sido escrita por una mujer. La ideología feminista no puede respetar los mitos machistas y patriarcales. Sean del tiempo que sean. Necesita reivindicar a Penélope y Telémaco. La anacronía de ver machismo en Ulises es un subterfugio del patriarcalismo actual. El héroe se aburre en casa. La vida cotidiana le hastía.

En realidad, no necesita de la familia. Otros narradores le prepararán una muerte más acorde con su vida. Volverá a huir de la tranquilidad de su casa, hasta hundirse definitivamente en el mar.

El Quijote ganó merecidamente por goleada. Y Sancho recogió buena parte del triunfo de la utopía. Que ya no es lo irreal, sino lo difícil de realizar. Alonso Quijano se levantó contra la modernidad. Y hay más razón en su utopía que en la realidad, más sensatez en su locura que en la aparente cordura de la normalidad. No hay diferencia de naturaleza entre imaginación y fantasía. Nada importa que el arte se quede sin fuente genuina. Pues ambas potencias son productos de la razón. El mundo necesita ser poblado de Quijotes. Parecía que estaba oyendo a Giordano Bruno cuando proponía a los dioses la reforma del Olimpo.

Fausto produce cierto terror a los intelectuales. Confluyen en él tantas energías vitales, y tantos desasosiegos de la inteligencia, que es muy difícil reducirlo a la simpleza que requieren todos los mitos. Sin Mefisto está incompleto.

Le falta la inspiración. Pero un buen ensayista, Berman, ha comprendido por fin a Fausto. Ni sabio insatisfecho de la ciencia y de la magia, ni amante culpable. Solamente, desarrollista, ingeniero, constructor, expropiador de terrenos familiares en beneficio de la comunidad. Como si no le hubiera decepcionado el aparatoso sueño de ponerle diques al mar. Como si finalmente su salvación no hubiera venido de la mano de Margarita.

Pero qué refrescante y agradable velada, qué grata compañía de ideales y personas, qué encanto produce la audiencia pública de voces sinceras. Y qué formidable contraste con mis ideas y valores. Gracias, señores Santesmases, Saramago y París. Como atento oyente, lo mejor que puedo decir del insólito acto cultural que habéis desarrollado, sin ser desarrollistas, es que yo entré a escucharos después de haber leído el libro de mi querido vecino de columna y salí de vuestra charla con las ganas y el propósito de volver a leerlo.

LA RAZÓN. JUEVES 31 DE ENERO DE 2002

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