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El resultado de las elecciones andaluzas ha demostrado, una vez más, que no hay posibilidad ninguna de reforma desde dentro del régimen de partidos. Ha vuelto a ganar el PSOE y se ha descalabrado el único partido de la oligarquía que podía conseguir la alternancia, el PP. Upyd desaparece del panorama andaluz y Ciudadanos se presenta como la nada, al igual que PODEMOS, el partido que aspiraba a la victoria por encima de todas las cosas para echar a la “casta”. Tanto el partido de Albert Rivera como el partido del círculo son unos órganos estatales incapaces de ofrecer ningún cambio. No cabe regeneración de aquello que está podrido. El actual régimen procede de la traición y de la mentira: el consenso. La “Transición” de 1978 conllevó la reforma política del franquismo, la no ruptura, el reparto entre unos cuantos oligarcas de un poder hasta entonces en manos de un dictador. Dicho proceso postfranquista, dicha traición, se articuló con la corrupción como factor principal de gobierno. Una constitución falsa y redactada en secreto, un pueblo español ignorante en lo político y acobardado con el ruido de sables… Los oportunistas soterraron la ruptura con la ayuda de EEUU y de los alemanes.

 

Cuando la podredumbre del régimen ha salido a la luz, justo en el momento de la mayor crisis que padece España, no sólo económica y política, sino de existencia, aparecen estos nuevos oportunistas que acaban de darse de bruces con la realidad. En su intento de reforma del régimen de partidos, se han dado cuenta de que, al igual que los otrora partidos clandestinos de la Transición, no cabe reforma sin un pacto previo con el poder constituido, con los neofranquistas. PODEMOS ya ha aceptado la monarquía de Felipe VI, ya forma parte de la clase política, que como escribió Gaetano Mosca, se caracteriza porque los partidos estatales anteponen sus intereses de clase política a los ideológicos o a los de sus electores. O hay consenso o hay expulsión. O hay corrupción o hay desaparición, tal y como le ha sucedido a Rosa Díez, esa pobre mujer que ha abanderado la lucha contra la corrupción en un régimen que corrompe por principio, porque te paga a cambio de tu corrupción moral. Y el que paga, manda.

Hace dos semanas conocimos la noticia de que el Tribunal Supremo anulaba la absolución dictada por la Audiencia Nacional el pasado julio para los procesados por el asedio al Parlamento catalán ocurrido el 15 de junio de 2011. Me viene a la memoria la imagen de Felipe VI conduciendo un Seat con el sedicioso de Artur Mas al lado, quien lleva más de dos años cometiendo un delito continuado de sedición, castigado en el código penal con 15 años de prisión, sin que ni el gobierno, ni el Fiscal General se hayan pronunciado al respecto. Han hecho la vista gorda ante un delito que amenaza la misma existencia de España. Y han acusado al Presidente de la Generalitat de delitos menores, necesarios, además, para la comisión de la sedición.

La condena de los manifestantes vuelve a demostrar que la tesis de Don Antonio García-Trevijano y del MCRC es acertada. Siguiendo la teoría de Max Weber sobre que toda sociedad se divide en tres tercios, y que dice que un tercio apoya al régimen de poder en vigor, otro régimen lo soporta más o menos cómodamente, pero no hace nada, y un tercero se opone frontalmente y se rebela, llegamos a la conclusión de que los indignados del Parlamento catalán no fueron conscientes de que todavía no había llegado el momento de tomar la calle. Mientras no se logre una abstención de al menos dos de los tres tercios del electorado, la calle pertenece a los oligarcas. PODEMOS puede pisar la calle porque la oligarquía se lo tolera, porque saben que no pueden, que o entran en el consenso o su fin será como el de UPyD. El resultado de las elecciones andaluzas tiene más trascendencia de la que mucha gente pudiera pensar, porque deja claro, a los hasta entonces crédulos reformistas, que la única alternativa democrática está en la victoria desde la sociedad civil y no en el Estado. Nuestro objetivo debe ser una abstención mínima del 60% en toda elección que determine el reparto de poder de los partidos estatales (no en referéndums autonómicos, esos no cuentan, porque no condicionan el poder). Una vez conseguida ese nivel de abstención, la calle dejará de ser de la oligarquía y pasará a ser nuestra, de la sociedad que, pacíficamente, podrá derrotar al régimen corrompido sin que exista posibilidad ninguna de que haya detenidos. Sin legitimidad, no se atreverán y no podrán evitar nuestra acción. Despertemos. Abstención activa para la libertad política.

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