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En la antigüedad, con las primeras civilizaciones, los hombres se comprometían a observar sus pactos o a observar las normas de la comunidad por medio de un pacto rubricado con su propia sangre. El ritual consistía en practicar una incisión en un dedo para que, manando la sangre, ésta cayese sobre el documento que firmaban y así, con ello, aceptaban la responsabilidad de cumplirlo incluso con su propia sangre.

Ese ritual que simbolizaba la responsabilidad por el cumplimiento de los pactos y las leyes, incluso con la propia vida en caso de que se incumpliera, es lo que dio lugar a la idea de sanción, de sancionar un pacto, o una norma.

Sanción viene del latín sanctio, que hace referencia a lo más sagrado, y lo más sagrado debía ser incluso observado con la propia vida.

El término sanción aparece vinculado no sólo al mundo del derecho y de la ley, sino sobretodo de la moralidad, la sanción al referirse a lo sagrado, se refiere a aquello que goza del más alto valor moral, y de ahí que la observancia, el respeto de lo sancionado, de aquello que es sagrado, gozase de la más alta estima moral, y su lesión o desconocimiento conllevase una repulsa por transgredir las normas de la moralidad, del buen orden.

En última instancia, sancionar significa aprobar algo, convalidarlo, respaldarlo.

La filósofa norteamericana de origen ruso, Ayn Rand, en su obra cumbre, la novela, Atlas Shrugged, (literalmente Atlas se encogió de hombros), traducida al español como La Rebelión de Atlas, acuñó el término “sanción de la víctima” para identificar el acto inmoral por el cual una persona acepta como bueno el despreciable mal de la auto- inmolación, es decir, acepta como buena su propia destrucción, o se labra su propia ruina convalidando las ideas o las acciones de aquellos que quieren destruirlo y, en consecuencia, haciendo posible o proveyendo a otros de las armas con los cuales ser destruido.

Ayn Rand describe del siguiente modo dicho concepto:

“Si deciden tratar con la gente por la fuerza, háganlo, pero descubrirán que necesitan la voluntaria cooperación de sus víctimas en muchos más aspectos de los que pueden imaginar por el momento. Y sus víctimas descubrirán que es su propia voluntad, una voluntad que no pueden forzar, la que hace posible la existencia de ustedes.” ( La Rebelión de Atlas)

La sanción de la víctima implica aceptar la opresión y hacerla posible por negarse a combatirla.

En España, tras la muerte del general Franco y la aprobación en plebiscito de la Constitución de 1978, que consagra el actual régimen de monarquía de partidos, los españoles se encuentran en la posición de víctimas que sancionan el mal negándose a identificar la verdadera naturaleza del actual sistema, y aceptando sus reglas, siendo el acto en donde sellan su ruina, el de acudir a las urnas a convalidar los actos de opresión que sobre ellos se ejercen.

No saben que tienen una posibilidad, negarse a incurrir en la sanción de la víctima, absteniéndose de participar en reglas del juego político hechas contra ellos.

Para ello tienen que identificar la verdadera naturaleza del régimen, a saber, que es anti- democrático, que en las votaciones no eligen nada, solo ratifican las elecciones hechas por otros, los Jefes y los aparatos de los partidos políticos, las oligarquías del poder político que rigen el Estado español.

Pero para acabar con eso, lo que tienen que hacer es identificar la verdadera naturaleza del enemigo, Estado de partidos oligocrático y anti- democrático, y dejar de hacerles creer que apoyas su sistema llamándolo democracia y acudiendo a las urnas como si realmente eligieses. Y así, en palabras de Ayn Rand:

“Comprendí que llega un punto, en la derrota de todo ser virtuoso, en que su consentimiento es necesario para que el mal triunfe… y que ningún tipo de daño que le hagan los demás puede tener éxito si él decide negar su consentimiento. Comprendí que podía poner fin a sus atropellos pronunciando una simple palabra en mi mente. La pronuncié. La palabra es: ‘No’.”

Todo español debe pronunciar esa palabra en su mente, un No al Estado de partidos y actuar en consecuencia, negándose a falsear la realidad de la oligarquía que nos gobierna en modo alguno. Ni en el campo del intelecto, identificando claramente que esto es oligarquía y no democracia, ni en el campo de la acción, es decir, evitar sancionar el mal por medio de un voto inútil en las urnas, y abogando por la abstención activa hasta que sea posible tener una verdadera República Constitucional y una democracia formal representativa basada en el ejercicio de la libertad política colectiva.

 

 

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